lunes, 25 de abril de 2022

> Cata en primicia: nuevos monovarietales de Daroca Bodega




En las últimas dos décadas la despoblación y el abandono del viñedo han ido de la mano en la Comarca del Jiloca. Verdaderamente se trata de una misma realidad aunque observada desde dos perspectivas diferentes. De manera paralela, el gradual envejecimiento de la población y la falta de relevo generacional, han conducido al cese de actividad en muchos sectores y lamentablemente la viticultura no ha sido una excepción. Se calcula que sólo en las últimas dos décadas se han perdido más de 20 hectáreas de viñedo cada año, tanto por abandono como por arrancamiento. En el año 1980 había aproximadamente 3400 hectáreas de viñedo, superficie que se ha ido reduciendo gradualmente hasta las 150 hectáreas de viña en producción a día de hoy, según las estimaciones más optimistas. Y lo más grave de todo -dejando al margen la edad de dichas viñas, muchas de ellas centenarias- es que la velocidad de destrucción parece acelerarse, sin que las administraciones hagan nada al respecto. Este patrimonio agrícola y cultural del Aragón ancestral más desconocido, parece a día de hoy condenado a la desaparición. 


En general se trata de viñedos mestizos, mayoritariamente Garnacha, aunque con plantas de Juan Ibáñez, Provechón y Macabeo. Sin embargo cada variedad suele ocupar una ubicación en concreto según la orientación, la exposición al viento y el drenaje del terreno. Tradicionalmente todas esas uvas se vendimiaban conjuntamente y se llevaban a la Sociedad Cooperativa Santo Tomás de Aquino -ahora rebautizada como Daroca Bodega- donde se introducían en alguno de los 200 depósitos de cemento construidos a final de la década de los años 50 para elaborar vino a granel. Así fue durante años, un negocio muy poco rentable para la cooperativa y todavía menos para los viticultores, una actividad escasamente lucrativa que sin embargo les permitía disfrutar de los magníficos atardeceres en la viña. Pero pasaron los años, muchos viticultores tuvieron que dejar de trabajar el viñedo y nadie de su familia les cogió el relevo. Sin poda, saneamiento ni limpieza, algunas vides comenzaron a sufrir, casi a agonizar. 


Un interesante proyecto de recuperación de viñas semiabandonadas y a punto de desaparecer diseñado por la Asociación Paisajes del Jiloca nació a mediados de 2020 con la meta de volver a poner en producción viñedos en vías de desaparición. El primer paso fue la creación de un catálogo de viñas en situación de emergencia, la mayoría propiedad de viticultores de avanzada edad o de sus herederos. A través de diferentes mecanismos de cesión, apadrinamiento, crowfunding, micromecenazgo y realización de trabajos no remunerados, se persigue devolver la alegría a algunos de esos viticultores mayores. No será labor de un año ni tarea fácil de ejecutar, pero es más que probable que con la uva de esas parcelas ahora a medio recuperar, se elaboren vinos de calidad que además incorporarán la generosidad y la colaboración de personas anónimas. Serán vinos conseguidos gracias al esfuerzo de muchos, pero serán sin duda vinos de la Ribera del Jiloca.


A la espera de los vinos procedentes de viñedos recuperados Daroca Bodega comenzó en 2019 una nueva andadura para elaborar vino embotellado, incrementando los estándares de calidad y el valor añadido. Su objetivo es la búsqueda del prestigio y los ingresos económicos necesarios para pagar más por cada kilogramo de uva a los viticultores que en la actualidad aportan su cosecha en cada vendimia, así como atraer nuevos socios y aumentar el grado de satisfacción de los actuales. Bajo su supervisión técnica hay viñas de cuatro variedades -Garnacha, Juan Ibáñez, Provechón y Macabeo- y disponen de cuatro vinos en el mercado agrupados en dos marcas comerciales, Daruqa y Marqués de Daroca. Recientemente se ha iniciado la presentación comercial de una tercera línea de vinos denominada Laderas del Jiloca, interesantes monovarietales que protagonizan el presente artículo y que a nadie dejarán indiferente.


Detallaremos a continuación nuestras notas de cata técnica, evaluación y comentarios en primicia de los nuevos monovarietales de Daroca Bodega.


LADERAS DEL JILOCA MACABEO 2020
100% Macabeo. Sin crianza. Viñedo de 40 años de edad. 700-1000 metros de altitud. Producción 5000 botellas.
Amarillo verdoso con ribete dorado de capa media. Poco expresivo en nariz, frutas de pepita (pera, manzana) hinojo y anisados, aunque cuesta encontrarlos. Acidez media plus. Algo cálido en boca, estructurado incluso con un punto de tanicidad. Ligero amargor final un tanto secante que le aporta longitud y lo sostiene en el postgusto. Mejor en boca que en nariz, con amplias posibilidades de maridaje y un pellizco casi picante que recuerda al jengibre. Vino serio, austero, de lenta apertura, aunque sincero y con carácter, muy aragonés.
Puntuación: 72


LADERAS DEL JILOCA JUAN IBÁÑEZ 2020
100% Juan Ibáñez. Sin crianza. Vino de parcela. Viñedo de 40 años de edad. 900 metros de altitud.
Rojo cereza de capa media con ribete azulado. Intensa nariz de frutas rojas y regaliz rojo sobre un fondo herbáceo. Marcada acidez muy refrescante. Lineal, directo, fresco y muy agradable. Versátil y jugoso. Perfecto para disfrutar por copas o para acompañar comidas ligeras. Perfil muy "todos públicos". Un acierto total su denominación como "Juan Ibáñez", marcando esa diferenciación territorial con la Moristel de la provincia de Huesca.
Puntuación: 82


LADERAS DEL JILOCA GARNACHA 2020
100% Garnacha. Sin crianza. Viñedo de 40 años de edad. 750-1000 metros de altitud. Producción 15000 botellas.
Rojo cereza de capa media plus con ribete violáceo que se insinúa granate. Frutas rojas y lácticos en nariz, yogur de  moras, tarta de queso con arándanos y un peculiar aporte de hojas de menta. Agradable, fresco, cariñoso y muy redondo. Tal vez algo falto de centro de boca, un poco más de volumen y estructura le vendrían bien. En cualquier caso una garnacha sabrosa, impecable y bien elaborada a la que nada le falta, con equilibrio perfecto entre acidez y contenido alcohólico. Paisaje embotellado.
Puntuación: 85


LADERAS DEL JILOCA PROVECHÓN 2019
100% Provechón. 12 meses de barrica usada. Viñedo de 70 años. Uvas procedentes de una sola parcela. Vendimia manual.
Rojo picota de capa alta con ribete granate. Frutas rojas y negras acompotadas con recuerdos vegetales ligeramente pulverulentos, casi terrosos. Secante y rugoso en boca, algo cálido y astringente, con un amargor final que ensombrece el conjunto. Tal vez la variedad o tal vez la edad de la barrica empleada, le transmiten dificultad al vino. Vino rústico y rural que transporta a tiempos pasados. Complicado en cata técnica, quizás con el maridaje adecuado se consiga otro resultado.
Puntuación: 70


LADERAS DEL JILOCA ORANGE WINE 2020
100% Blanca de Daroca (antigua denominación de la Macabeo en esa zona). 30 días skin-contact con bazuqueos diarios. 12 meses de crianza en barrica usada de 300 litros. Viñedo 40-70 años de edad.
Dorado de capa media-alta. Corteza de cítricos escarchados, caramelo, piña madura, orejones y un recuerdo ajerezado. Complejo, maduro, largo, pleno en su paso por boca, con volumen y estructura. Excelente trabajo, especialmente por el aporte justo de barrica. No recuerda a otros orange-wines extremos, resultando más comercial e incluso gastronómico. Muy original y diferente.
Puntuación: 89


Muchas más sorpresas nos va a deparar esta bodega con sesenta años de experiencia a sus espaldas. Vinos de variedades tradicionales poco conocidas -como la Provechón o la Juan Ibáñez- vinos de parcelas recuperadas, con nombre, apellidos y una historia que contar, vinos actuales pero con la esencia de los vinos de antes, todos ellos frutales y frescos, gracias a la altitud de más de 900 metros y a los suelos de pizarra. La nueva dirección técnica, el ambicioso programa de recuperación de viñedos olvidados, las excelentes condiciones de la zona para el cultivo de la vid y la reciente ampliación de la DOP Calatayud -incluyendo municipios como Daroca, Murero, Manchones, Orcajo y Villafeliche- son garantías para un seguro éxito.


jueves, 3 de marzo de 2022

> Visita a Celler Cal Menescal


La comarca tarraconense de Terra Alta es geográficamente una pequeña meseta situada en el margen derecho del río Ebro, que limita al oeste con Aragón y al sur con la sierra prelitoral de Els Ports. Zona históricamente alejada de las rutas comerciales y sin apenas actividad industrial, tradicionalmente ha basado su economía en la explotación de cultivos  clásicos de secano como el olivo, el almendro y la vid, obligada por su climatología continental con marcada vocación mediterránea. Todas las localidades de la comarca tienen numerosas bodegas y almazaras, algunas familiares, otras agrupadas en cooperativas, como señal inequívoca de la importancia que estos productos han tenido en el devenir histórico de la zona. La DO. Terra Alta es una denominación de origen joven que agrupa a numerosas bodegas situadas en doce municipios. Predomina el cultivo de variedades tradicionales, destacando por encima de todas la Garnacha Blanca -no en vano se calcula que en Terra Alta se encuentra el 75% del viñedo nacional y el 30% del viñedo mundial de dicha variedad- que si bien resulta algo neutra en nariz, es capaz de transformarse en vinos cremosos y untuosos, magníficos acompañantes de no pocas elaboraciones gastronómicas. Otras variedades blancas cultivadas son la Macabeo y la Parellada. Entre las castas tintas cabe destacar la Garnacha Tinta, la Garnacha Peluda, la Cariñena y una variedad autóctona de la zona conocida como Morenillo con la que se elaboran vinos frutales y ligeros con crianza corta en barrica, no demasiado poderosos, muy adecuados para acompañar la gastronomía local.



A partir de 1950 el desarrollo de nuevas infraestructuras de transporte, en especial la construcción de vías de ferrocarril, permitió una mejora en la distribución de vinos y aceites. De manera paralela, la adquisición de los primeros utilitarios en el seno de las familias de clase media de las ciudades, fue un nuevo impulso para el atractivo turístico de esta región. Finalmente con el inicio del siglo XXI se acometieron numerosas reformas en la  mayoría de las bodegas de Terra Alta. Aquellas instalaciones hasta entonces casi artesanales, dieron paso a las modernas tecnologías y aparejaron inversiones económicas grandes así como numerosos créditos por pagar. Se abandonó la elaboración en volumen destinada a la venta a granel y se orientó el nuevo modelo productivo hacia los vinos de calidad, en sintonía con las modas, gustos y corrientes del momento. Aquella renuncia a sus orígenes como elaboradores de vinos de pueblo -dicho esto con todo el respeto y el máximo reconocimiento- supuso un nuevo revés para las bodegas de Terra Alta, incapaces de poder competir en precio y distribución con los grandes elaboradores de vinos comerciales a escala casi industrial. Lamentablemente fue la puntilla para algunas pequeñas bodegas. Sin embargo, algunos arriesgados visionarios decidieron volver a mirar al pasado y mantenerse fieles a sus raíces. Sin llegar a abandonarlas del todo, arrinconaron las elaboraciones más comerciales y regresaron a las vinificaciones tradicionales con levaduras indígenas, las fermentaciones espontáneas, el contacto con pieles en los blancos, los vinos sin filtrar y las crianzas en barro o en recipientes de maderas distintas del costoso roble francés. Una clara voluntad de marcar diferencias para no ser un elaborador más en un mercado hipertrófico y gigante. Y lo mejor de todo es que lo consiguieron.


Tal es el caso de Celler Cal Menescal (Bot, Tarragona) al frente de la cual se encuentra Josep Bosch, enólogo y propietario de la bodega, quinta generación de la familia en esta aventura que comenzó en 1783 con un antepasado suyo de profesión veterinario -menescal, en catalán- dedicado al cuidado de los équidos por vocación así como a otras actividades agrícolas por necesidad. Siguiendo la premisa de hacer cosas diferentes si no se quiere que suceda siempre lo mismo, Josep decidió en 2010 regresar a su propio pasado y volver a elaborar los vinos como los hacía su abuelo. Y no sólo eso, también optó por ignorar la distribución a gran escala y apostó decididamente por abrir las puertas de su bodega-museo al enoturismo -le avalan sus cifras de 5000 visitantes sólo en el año 2021- actividad que le permite el trato directo con el consumidor final para así estar en disposición de explicar su amplio catálogo de vinos que contiene algo más de una veintena de referencias. De esta manera, la mayor parte de sus ventas se realizan a la conclusión de las visitas, cuando el enoturista ha interiorizado por completo la filosofía de Cal Menescal.


La producción media de la bodega es de unas 20000 botellas al año, divididas en dos grandes familias. En primer lugar están los vinos más convencionales generalmente elaborados con levaduras seleccionadas y que se comercializan con la precinta de la DO. Terra Alta. Por otro lado están los vinos experimentales, en cuya elaboración es donde verdaderamente disfruta Josep mientras recuerda a sus antepasados, pequeñas producciones con fermentaciones espontáneas, levaduras autóctonas, crianzas alternativas y sin filtrado. Mención aparte merece la producción de vinos dulces, vinos rancios, vermut y vinagre balsámico, todos ellos considerados elixires mágicos, porque algo de misterio hay siempre en su elaboración.


Detallaremos a continuación nuestras notas de cata y opiniones acerca de los vinos que tuvimos ocasión de probar.


OKO BAIX 2021
100% Garnacha Blanca. Elaboración exclusivamente en inoxidable. Fermentación con levaduras seleccionadas. Vino de entrada de gama de la bodega. Fruta de pepita. Acidez presente. Fácil, alegre, correcto y comercial.

LO NEO 2021
100% Garnacha Blanca. Vino en rama, directamente extraído del depósito. 90 días en inoxidable en contacto con las pieles. Fermentación con levaduras salvajes. Boca explosiva y moderada astringencia que se pulirá con el filtrado previo al embotellado, aunque probablemente pierda parte de su potencia en boca. Con más identidad que el anterior.

MARETA MEUA 2020
100% Garnacha Blanca. Fermentación con levaduras salvajes. Crianza de 5 meses en vasijas de barro. Manzana asada y tiza. Persistente y largo. Intenso y poderoso. Bastante diferente a sus predecesores, especialmente en boca.


DE NIT 2020
100% Garnacha Blanca. Uvas vendimiadas a mano durante la noche  y selección grano a grano. Fermentación en barrica de acacia con  levaduras seleccionadas y posterior crianza en las mismas barricas durante 5 meses. Manzanas asadas, flores secas y caramelo de café con leche. Impecable y cremoso. Sin duda se trata del blanco más elegante de la bodega.

ATARONJAT 202
100% Garnacha Blanca. Orange wine elaborado como si de un tinto se tratara, con 3 meses de contacto con pieles. Cítricos, orejones y un permanente recuerdo a sidra. Violento y descompensado. Resultan muy difíciles para nosotros los llamados "vinos naturales", esta nueva corriente de elaboración en la que cualquier cosa parece tener cabida. No dudamos que tendrá su mercado.


AVUS TINTO 2020
Garnacha y Syrah (70-30). Crianza durante 8 meses en barrica de roble. Llamativas notas de toffee y frutas rojas. Severa acidez y bastante cálido en boca. Tiene buena estructura y posiblemente mejorará en botella, pero ahora mismo resulta algo desequilibrado y falto de redondeo. A reevaluar.

DIJOUS SANT 2020
100% Garnacha Peluda. Crianza durante 12 meses en barrica de roble. Frutal, fresco y amable, con una complejidad de las notas de crianza que acompañan sin estorbar. Excelente. Sin llegar al extremo, la bodega sigue algunos principios biodinámicos respetando el calendario lunar y en ese sentido el embotellado de la primera añada se realizó en Jueves Santo -Dijous Sant, en catalán.



AVUS DULCE 2015
Garnacha y Syrah (50-50). Crianza durante 3 años en barrica de roble. Vino dulce natural, elaborado con uvas sobremaduradas y encabezado con alcohol vínico para detener la fermentación. Mermelada de moras y ciruelas. Cálido y adictivo. Más licor que vino. Para deleitarse sin prisas.

RANCIO DULCE 2000
Garnacha Blanca y Garnacha Tinta. 25 años en barrica. Oxidación llevada al límite. El hombre propone y la  naturaleza dispone. Una extraña rareza que representa a los vinos de siempre, elaborados mediante refresco de esas madres que llevan décadas en el interior de unas barricas que -podría decirse sin miedo- son ya miembros de la familia. Historia enológica, poesía embotellada, recuerdos imborrables de toda una vida que se disfrutan sólo con quien los merece.

Cerramos aquí esta fugaz visita a Terra Alta, una comarca que bien merece más atención de la que habitualmente podemos prestarle. Prometemos regresar a esas tierras más cercanas a las nuestras de lo que nunca hubiéramos podido pensar.




jueves, 3 de febrero de 2022

> IX Salón Peñín de las Estrellas

 

El céntrico Palacio de Neptuno en Madrid se erigió ocupando parte del solar que quedó tras la demolición del ruinoso Palacio del Duque de Medinaceli a principios del siglo XX. Escandalosamente bien ubicado -al lado del Museo del Prado, del Thyssen-Bornemisza y de la Casa Museo de Lope de Vega- el Palacio de Neptuno se ha convertido en los últimos años en uno de los lugares más demandados para eventos y congresos en la capital de España. Dispone de un aforo máximo de 600 personas, repartido en dos plantas, amplios salones, terraza y una llamativa vidriera obra del artista madrileño Manuel Ortega, autor asimismo de las de la Catedral de La Almudena. El famoso Hotel Palace -el más grande de Europa en el momento de su construcción en 1912- y la popular Basílica de Jesús de Medinaceli son los dos edificios con los que comparte el espacio. 


Los últimos diez días del pasado mes de Noviembre resultaron de una actividad febril en cuanto a eventos relacionados con el mundo del vino, todos ellos organizados por la célebre Guía Peñín, probablemente una de las fuentes principales de conocimiento enológico a nivel nacional. Los días 22 y 23 de Noviembre se celebró en IFEMA el XXI Salón de los Mejores Vinos de España, un evento abierto al público en general en el que 350 bodegas nacionales presentaron más de 2000 referencias de vinos con calificación igual o superior a 90 puntos en la Guía Peñin. A la semana siguiente, se celebró en el Palacio de Neptuno la edición 2021 de los International Wine Challenge Merchant Awards Spain, jornada que se inició con unas interesantes conferencias durante la mañana, continuó con un salón de cata durante la tarde y terminó con una cena de gala y la esperada entrega de premios, agrupados en 19 categorías diferentes, que distinguió a lo más destacado del comercio y la distribución de vinos.



El broche de oro a estos diez días de actividades relacionadas con el vino en Madrid, lo puso el IX Salón de las Estrellas que reunió a profesionales del sector en torno a más de 200 vinos todos ellos valorados con 3, 4 ò 5 estrellas en la Guía Peñín de los Vinos de España por su excelente relación calidad-precio. 40 bodegas de  numerosas zonas geográficas desplegaron todos sus encantos para seducir durante las 8 horas que duró el certamen a quienes nos acercamos hasta allí para conocer su trabajo y buen hacer. Brillante e impecable la organización del evento, no sólo en cuanto a inscripción, acceso y aforo, sino sobre todo en lo relativo a la facilidad para poder disfrutar del mismo. Francamente útil el cuaderno de cata que se nos proporcionó, con toda la información necesaria -número de mesa, zona geográfica, nombre de la bodega, vinos expuestos, puntuaciones en añadas previas- absolutamente imprescindible para poder realizar con rigor una evaluación adecuada de cada vino.


Enumerar una tras otra nuestras opiniones acerca de todos los vinos que catamos sería tedioso a la vez que imposible, de manera que detallaremos aquellos vinos que captaron más intensamente nuestra atención. Y no lo haremos por áreas vitivinícolas ni por tipo de vino, sino todo un poco revuelto, una tormenta de ideas vínicas, una galerna de sensaciones, un vendaval organoléptico. Pasen y lean, si es que se atreven...


El teórico diseño de nuestra jornada fue mañana de rosados y blancos, mediodía de cava y tarde de tintos, aunque inevitablemente en algunos momentos el orden de los factores sí que alteró el producto. Comenzamos fieles al programa catando el Montecierzo Rosé 2019 de Bodega Marqués de Montecierzo (DO. Navarra), monovarietal de Merlot, color piel de cebolla afrancesado y moderno, pétalos de rosa y frutas de hueso, cariñoso, femenino y con una botella preciosa. De la misma bodega, más reconocible nos resultó el Emergente Rosado 2020, Garnacha y Cabernet Sauvignon, color rojo fresa, chucherías, grosellas, un rosado clásico "made in Spain", correcto y sin sorpresas. 


Algo parecido nos ocurrió con el Buleza 2020 de Bodega Heredad Morán & López (DO. Bierzo) un rosado de Mencía con fruta roja más bien poco expresiva, algo de verdor, acidez marcada y corto postgusto. Mucho mejor su Heredad 26 2020, blanco de Godello sobre lías, pleno, sabroso y elegante, con su carga frutal y un delicioso recuerdo a crema pastelera. 



Y por no cambiar de zona, continuamos visitando el stand de Bodegas Gordonzello (DO. León) para catar el Kyra 2017, blanco 100% Albarín fermentado en barrica nueva de 500 litros, variedad autóctona poco aromática, algo neutro en nariz, aunque interesante y gastronómico, de presentación en una imponente botella, del mismo modo que otro de sus vinos icónicos, el excelente Gurdos 2020, posiblemente el mejor rosado de toda la muestra, elaborado exclusivamente con Prieto Picudo y que supone año tras año un éxito de ventas, espectacular en nariz pero sobre todo en boca.


El blanco Defensor 2019 de Bodega Cap Andritxol (VT. Mallorca) fue una de las rarezas que pudimos probar. Elaborado con Prensal Blanc -variedad desconocida para nosotros- resultó más bien neutro en nariz, con recuerdos de uva, mosto y frutas de pepita, más divertido en boca, corto pero alegre y refrescante con su acidez media. Curioso. Y continuando con variedades poco habituales, la cata del Salvueros Garnacha Gris 2019 de Bodegas Salvueros (DO. Cigales) resultó bastante sorprendente, rosado piel de cebolla, con recuerdos a frutillos rojos y naranjas sanguinas, marcada acidez y ligero amargor final, elaboración acertada la de este vino único en la muestra. Muy a nuestro pesar -aunque sea adelantar acontecimientos- no nos sucedió lo mismo con sus tintos, algo delgado aunque dócil el Salvueros Crianza 2019, agreste y falto de redondeo el Finca La Guerrera 2019.


La Comunidad Valenciana es para nosotros el gran territorio desconocido en materia enológica. Tendemos a creer que en aquellas tierras sólo de Bobal vive el hombre y no podemos estar más equivocados. Así lo dedujimos tras visitar el stand de Clos Cor Ví (DO. Valencia) y catar tres de sus blancos: un Riesling, un Viognier y un tercer vino fusión de los dos anteriores. Enormemente interesante y muy varietal el Riesling, elegante e impecable el Viognier, dos vinos estupendos por separado y un resultado todavía mejor tras una breve crianza en roble y su ensamblaje final en el Cimera 2019. Sin duda los mejores blancos que tuvimos oportunidad de catar en todo el día, sinceros y bien elaborados, todo un hallazgo después de haber probado bastantes blancos correctos -pero no seductores- y algún que otro blanco ligeramente mentiroso elaborado sin rubor alguno con levaduras seleccionadas.


Nuestra breve visita al stand de Bodegas Dominio de la Vega (DO. Utiel-Requena) nos dio la satisfacción de poder catar los dos únicos cavas expuestos en la muestra. El Brut Reserva Especial 2016 elaborado con vinos base de Macabeo y Chardonnay fue un espectáculo en nariz -galleta, pastelería, fruta en mermelada- y también en boca, cremoso, maduro, elegante, con el carbónico bien integrado, un cava sensacional. Su hermano el Brut Rosé Reserva Especial no llegó a tanto, a pesar de la variedad empleada, esa Pinot Noir que habitualmente nos enamora, pero que en este vino en concreto no alcanza toda su expresividad. Lástima.


La primera hora de la tarde en este tipo de eventos suele ser el momento más difícil para el visitante. Aún con la digestión de la comida a medio hacer, no resulta sencillo reanudar las catas y si hablamos de vinos tintos, el asunto se complica considerablemente. Mas por encima de todo está nuestra profesionalidad, así que reanudamos la actividad dirigiendo nuestra atención hacia tintos más bien ligeros y poco opulentos. Varias bodegas pertenecientes a la DO. Cebreros fueron seleccionadas para participar en este Salón de las Estrellas y en la mesa de Bodega Soto Manrique pudimos catar algunas de sus Garnachas y Albillos. Destacaremos tan sólo La Viña de Ayer 2017, más floral que frutal, con notable acidez, escaso volumen y algo descompensado en alcohol. Un vino afilado, procedente de viñas altas, suelos graníticos y clima frío. Complicadas estas garnachas de Gredos. Atractivo por diferente nos pareció el Panis Angelorum 2019 de Bodega Tierra de Cebreros, 100% Albillo Real con 4 meses en barrica, ligeramente oxidativo, con recuerdos a manzanas asadas, mejor en nariz que en boca por su marcada acidez y breve final. Más peculiar que complejo. Efectivamente, un blanco entre los tintos de la tarde. Nadie es perfecto...



Aún en el Sistema Central, Península Viticultores elabora vinos muy personales, muchos de los cuales se comercializan deliberadamente como vinos de mesa por no adaptarse a las exigencias de las denominaciones de origen y el resultado no puede ser más satisfactorio. Cebreros 2019 y Cadalso 2019 son dos caras de la misma moneda, garnachas modernas, crujientes, delgadas y de capa baja que recuerdan a guindas en licor y flores azules, con ese fondo de Mon Cheri que proporciona la crianza en depósitos de hormigón. Las diferencias entre ambos vienen determinadas por la orientación de los viñedos y la ubicación de los mismos. Resultó instructivo e interesante realizar la cata comparada entre ambos. Algo similar puede decirse del Vino de Montaña 2018 coupage de varias parcelas de Garnacha con las desconocidas para nosotros Rufete y Piñera, equilibrio perfecto entre fruta, acidez y grado alcohólico, posiblemente uno de los descubrimientos del año. Otra cosa muy distinta fue la degustación de Apóstata 2019, un majestuoso vino ya conocido, monovarietal de Tinta del País con 12 meses de crianza en roble, un perfil muy Ribera del Duero que integra uvas procedentes de Cigales (Valladolid), Toro (Zamora) y Villamiel (Toledo). Sencillamente delicioso.



La búsqueda de tintos no demasiado opulentos nos llevó al stand de Vinícola Requenense (DO. Utiel-Requena). Conste que no es la Bobal una de nuestras variedades preferidas, sin embargo nos sorprendieron con vinos agradables, bien elaborados, frutales, frescos y fáciles. Por fin empiezan a despegar los elaboradores capaces de encontrar este perfil a la Bobal, desterrando definitivamente la tanicidad y los verdores de años atrás. Destacaremos su vino de autor Casagrande 2017, fruta roja madura, chocolate con leche, férrico y balsámico, equilibrado, redondo y suave. Los bobales modernos ya están aquí.



Para terminar esta exigente jornada, regresamos a territorio amigo. Vinos de Arganza (IGP. Castilla y León) tienen un extenso catálogo de tintos con protagonismo indiscutible de las variedades más cultivadas de su región. Mencía y Tinta del País -solas o ensambladas- son los pilares que sustentan su trabajo. Elaboran numerosas referencias, en nuestra opinión con más acierto en tintos jóvenes o semicrianzas que en vinos de larga permanencia en barrica. Encanto, Flavium y Lagar de Robla son familias de vinos ampliamente conocidos por nosotros y que nunca defraudan. Fruta roja y negra, lácticos, toffee y suaves tostados son su tarjeta de visita. Equilibrio y amabilidad en boca, siempre con una relación calidad-precio insuperable.

Ponemos aquí el punto final a la crónica de este evento en el que hemos tenido el privilegio de catar vinos exclusivos o de difícil acceso para nosotros. Cierto es que echamos de menos representantes de algunas zonas geográficas y asimismo nos resultó sorprendente el protagonismo de dos denominaciones de origen que prácticamente ocuparon la cuarta parte del salón, pero son decisiones de la organización, con total seguridad fundamentadas. 

En cualquier caso, la experiencia resultó francamente satisfactoria y anima a regresar en próximas convocatorias.

Que así sea...




martes, 18 de enero de 2022

> Caprichitos madrileños



A pesar de la brevedad del trayecto, es inevitable que al viajero que desciende del AVE en la Estación de Atocha, le acompañe cierto aturdimiento. Para los que somos de provincias -como se decía antes- poner los pies en la capital de España requiere de al menos unos minutos de adaptación. De repente todo es demasiado rápido a nuestro alrededor. Si se dispone de tiempo suficiente y el día acompaña, es recomendable salir caminando de Atocha y disfrutar de la grandeza de construcciones como la propia estación, el Ministerio de Agricultura o el Museo Reina Sofía. Y probablemente la mejor manera de adaptarse sea seguir aquella máxima "donde fueres, haz lo que vieres..."


El letrero del Hotel Mediodía es claramente visible para el visitante desde la misma puerta de Atocha y sirve de referencia como un faro en medio del temporal, porque nuestro primer destino del día está situado en los bajos de dicho hotel. No es un museo pero también alberga obras de arte ciertamente efímero. Tampoco es una iglesia aunque se le considera un templo. El Brillante disfruta de una localización privilegiada en plena Plaza del Emperador Carlos V y debe su merecida fama a su mítico bocadillo de calamares. La terraza es grande y a primera hora de la mañana es más habitual ver en las mesas los típicos vasos de café con leche y los churros que el bocadillo en cuestión. Es curioso lo de los vasos, porque en pocos lugares salvo en Madrid el café con leche se sirve en el mismo vaso de vidrio que se emplea para las cañas, en ocasiones incluso llevan la publicidad de la marca de cerveza, si no se ha borrado tras miles de entradas y salidas en el lavavajillas, con ese aspecto opalescente con tendencia al blanco que le da rango y tronío a ese recipiente tan humilde. Pero volvamos a El Brillante. El interior del local es grande, más bien frio, con el mostrador de acero inoxidable y paredes de mármol con espejos. Numerosas mesas funcionales, repisas adosadas con taburetes y una luz blanca nívea cruel como una cuñada. Al contrario que en la terraza, en el interior sí son más habituales los bocadillos a cualquier hora del día. Al parecer es cuestión de decoro. Y no solo de calamares, la carta es amplia y generosa. Decidimos dejar para otra ocasión el de tortilla de patata con callos -quizás una apuesta arriesgada- y optamos por el bocadillo de calamares clásico. Bien asesorados por nuestro camarero, compartimos uno grande en lugar de dos pequeños -más barato y menos pan, nos dijo con acierto- por supuesto en la terraza, porque un día es un día y la vergüenza no va con nosotros. Pan crujiente, enharinado perfecto y con el equilibrio exacto de tostado en los calamares, impecables de sabor y textura. Porque ahí radica la clave del éxito de El Brillante, en el tiempo y la temperatura de la fritura, imprescindibles para no convertir un manjar -sencillo y honrado- en una masa aceitosa incomestible. Evidentemente para poder valorarlo mejor, lo tomamos sin salsa alguna y acompañado tan solo por una caña de cerveza bien suave, en efecto, en vaso de vidrio. Inmejorable.


Un breve paseo mientras disfrutábamos de la soleada mañana de finales del mes de Noviembre nos llevó hasta el corazón del Barrio de Las Letras, un reducto de tradición a escasos metros de las prisas y el tráfico del Paseo del Prado. Sus calles son estrechas,  ligeramente en cuesta, llenas de comercios -algunos con décadas a sus espaldas- restaurantes, terrazas y vecinos que se saludan con una barra de pan bajo el brazo. Hasta el momento, el barrio más literario de Madrid sigue resistiéndose a la entrada de las franquicias y aún es posible encontrar librerías, floristerías, confiterías y negocios de toda la vida. Algo similar sucede con las tabernas tradicionales con sus altos mostradores de madera, sus camareros impecablemente vestidos y sus azulejos de cerámica en fachadas y paredes. Bien es verdad que a lo mejor quien ha cambiado es el público, más dado a lucirse y a dejarse ver, de manera que da la sensación que el envoltorio prima sobre el contenido. Aquella hostelería tradicional, de puertas hacia adentro, que ofrecía platos de casquería para que los parroquianos disfrutaran y compartieran, tristemente ha desaparecido. Se ha ganado en la oferta general de vinos -los tintos indignos de orígenes innombrables ya son historia- aunque por copas se sigue sometido a la dictadura de las tres erres -Rueda, Rioja y Ribera- con alguna honrosa excepción de algún vino de Madrid, aunque por desconocimiento pedirlo sea poco menos que una cuestión de fe.


No obstante, donde la tradición sigue más firme es en la defensa de uno de sus platos más venerables, porque si con algo se pone serio un madrileño es ante un buen cocido. Lo que en tiempos fue comida familiar y de vecindario, guiso de clase media sin muchas aspiraciones, se ha convertido en la actualidad en una de las últimas trincheras frente a la cocina-fusión. Los tres vuelcos históricos del cocido madrileño -sopa, verduras y carnes- suponen la sublimación de lo simple, el arte de lo sencillo, la maestría de dar de comer. Platos llenos, mesas abarrotadas y comensales bien satisfechos. Y para su completo disfrute, no es necesaria la presencia del chef en cada mesa dando prolija explicación de sus elaboraciones ni tampoco sesudas indicaciones acerca de cómo debe tomarse la gallina o los garbanzos. Algunos restaurantes continúan fieles a la costumbre de servir cocido un solo día por semana, ofreciendo otro tipo de menú el resto de los días. Otros en cambio, han optado por ofrecer cocido todos los días del año, y a la vista de la afluencia de público, parecen haber acertado en su decisión. Tal es el caso de La Taberna de la Daniela con cuatro locales distribuidos por la ciudad. Reservamos el día anterior -menos mal que lo hicimos- y tras una breve espera ocupamos una pequeña mesa en un abarrotado restaurante donde todos y cada uno de los presentes pertenecíamos a la real orden de adoradores del cocido. Un plato de guindillas en vinagre y una cesta de pan casero nos dieron la bienvenida casi al mismo tiempo que el jefe de sala -uniformado, con barba, gafas metálicas, cordial, educado, con experiencia y muy profesional- nos preguntaba qué vino nos apetecía probar. Ordenamos un Viña Cubillo de Bodegas López de Heredia (Haro, DOc. Rioja), uno de esos vinos que bien conservados son sencillamente eternos. Esa botella en concreto, aún siendo una añada 2009, estaba en prefecto estado de revista. Sabroso, complejo y maduro, todavía con frescura y sin haber perdido una brizna de elegancia, más bien al contrario. Una gran elección. En cuestión de minutos llegó la sopa, por supuesto en sopera de loza, abundante y bien desgrasada, con fideo fino y el sabor de las horas de cocción de todos los ingredientes. Y un poco más tarde y casi al unísono, la fuente de verduras -garbanzos, patata, zanahoria, repollo- y la de carnes -morcilla, tocino, chorizo, gallina y hueso de ternera. No diremos que sobrara, ni tampoco que hubo que discutir por los últimos garbanzos, más bien diríamos que la cantidad fue perfecta y la calidad superior. Algún valiente incluso tomó postre. Los más cobardes, sólo café.

Con la plena satisfacción de haber rendido sincero y merecido homenaje a dos instituciones gastronómicas de Madrid, nos dirigimos a lo que nos había traído hasta la capital, el IX Salón Peñín de las Estrellas.

Todos los detalles, en el próximo artículo.