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jueves, 18 de abril de 2024

> Moliniás, las viñas del olvido



Aquel invierno no fue el más duro, ni siquiera el más frío ni el más inclemente, pero definitivamente iba a ser el último que Antonio y Rosita pasarían en Moliniás. En los tres asentamientos habitados originales -Mariñosa, Moliniás y El Mediano- sólo quedaban ellos dos como únicos residentes en las 210 hectáreas de finca situada a los mismos pies de la Peña Montañesa, la sierra con forma de mujer dormida que protegía y protege ese rincón del Sobrarbe de los vientos y los temporales del norte. 


Durante mucho tiempo las familias que vivían en aquellos terrenos situados a casi 900 metros de altitud -en realidad un gran coluvión formado por los derrumbes rocosos de la Sierra Ferrera- se ganaron la vida no sin esfuerzo, con sus ganados y sus cultivos, actividades tan exigentes como poco rentables, máximo exponente de una economía autárquica y de subsistencia. Fue a principios de los años sesenta cuando comenzó la despoblación de una manera inexorable, no sólo de Moliniás sino de toda la comarca, con la emigración de sus moradores a las ciudades, dada la dificultad para ganarse el sustento en una zona tremendamente difícil para la agricultura. Se estima que en unas pocas décadas la comarca del Sobrarbe pasó de contar con 26000 habitantes a tan sólo 4000. Al final en Moliniás sólo quedaron Antonio y Rosita, hasta que no pudieron aguantar más. El viernes 15 de Mayo de 1964 metieron sus escasas pertenencias en una maleta, cerraron definitivamente la puerta de su casa y pusieron rumbo primero a Monzón y más adelante a Barcelona, con el anhelo de un futuro más prometedor y menos exigente.



Durante años la finca permaneció deshabitada y desatendida. Las zonas de cultivo fueron invadidas por la maleza, las tormentas y las escorrentías destruyeron numerosos muros y los tejados de las bordas comenzaron a deteriorarse hasta provocar algunos derrumbes. Sin embargo, la adquisición de la finca por parte de un acaudalado doctor barcelonés, supuso un hilo de esperanza para el resurgir de Moliniás. Contrató a un matrimonio de la zona -Manuel y Olvido- a quienes concedió derecho de residencia en una de las casas, para que realizaran labores de guarda y mantenimiento. Lamentablemente la salud no acompañó al doctor y tras su fallecimiento, la propiedad quedó como un apunte contable más en su testamento, fue adquirida por un grupo inmobiliario sin interés alguno en reflotarla, y así durmió durante décadas en los libros de registro. Mientras tanto, el tiempo seguía transcurriendo lentamente, sin que nada sucediera. Manuel y Olvido, continuaron viviendo en la misma casa de siempre sin rendir cuentas a nadie, cuidando de su huerto y de sus animales, realizando pequeñas reparaciones y convirtiéndose en algo así como unos okupas involuntarios. Años más tarde falleció Manuel y Olvido se trasladó a la cercana localidad de La Mula desde la que en los días despejados aún puede divisar las casas de Moliniás donde tantos recuerdos se le quedaron.

Rebeca y Nicolás

El cambio de siglo fue para Moliniás como un soplo de aire fresco. Por pura casualidad, en el año 2001 surgió la oportunidad de que la finca fuera adquirida por seis familias residentes en la zona de Aínsa y otras poblaciones cercanas, de manera que tras varias décadas, la propiedad regresó a manos sobrarbenses. Nicolás -enólogo de profesión e hijo de una de las familias- y Rebeca -su media naranja- finalmente arrendaron la propiedad en 2019 con la idea de iniciar un proyecto a mitad de camino entre la agricultura y el turismo rural. Se plantaron varios campos de frutales, truferas y viñedo, con la idea de construir una bodega -Casa Vinícola Moliniás- aprovechando las antiguas naves agrícolas y el plegamiento natural del terreno o tal vez en una de las bordas de mayor tamaño, curiosamente en el mismo lugar donde años atrás hubo lagares, toneles y prensas. 





Repartidas en las dos primeras bordas rehabilitadas -El Pajar y El Tozal- se construyeron seis casas rurales con todas las comodidades y capacidad máxima para 28 personas. Cuentan incluso con una coqueta y pequeña ermita. Al frente de la gestión de los alojamientos se puso Rebeca, especialista en marketing y comunicación, responsable a su vez de una honda labor de investigación, ampliamente documentada, a través de la cual ha demostrado que en el pasado hubo hasta 4 hectáreas de viñedo en la finca de las que se obtenían una media de 11000 litros de vino cada año, cifra muy próxima a las estimaciones productivas calculadas por Rebeca y Nicolás.


Así que de repente y sin haberlo buscado, todo cobró sentido. Donde antes hubo vida, volvería a haberla. Donde antes hubo viñas que se olvidaron, volvería a haber viñas con las que elaborar vinos para recordar. No parece casualidad que en el cercano Monasterio de San Victorián -Beturián en aragonés, fundado en época visigoda en el siglo VI, probablemente el monasterio románico más antiguo de España- exista un registro documental de transmisiones patrimoniales de viñas en la comarca del Sobrarbe nada menos que desde el siglo X. Siempre hubo viñas en esas tierras orientadas al sur, protegidas por las sierras de los temporales de nieve y con más horas de sol que favorecían la maduración. Existen numerosos documentos que lo confirman, detallando viñas en localidades meridionales del Sobrarbe como Arcusa o Santa María de Buil, también en Sarvisé, Oto o Broto -poblaciones mucho más al norte- pero todas ellas con la característica común de su orientación hacia el suroeste. La vid formaba parte de los cultivos para la subsistencia de sus habitantes y en muchas ocasiones las viñas se vinculaban -mediante donaciones y herencias- órdenes religiosas para las cuales disponer de vino siempre fue imprescindible para la celebración del culto.



Como en cualquier comienzo, los trabajos iniciales fueron arduos y costosos. Se reconstruyeron numerosos muros de piedra seca, arrasados por el paso del tiempo y las lluvias, se limpiaron y nivelaron antiguas fajas, adaptándolas para la plantación de viña y se recuperaron varios senderos ancestrales. El suelo pedregoso y desigual, con guijarros y grandes rocas, procedentes de los derrumbes de la Sierra Ferrera se convirtió en la gran preocupación para Nicolás y Rebeca. Ante la imposibilidad de excavar las zanjas de plantación se optó por la realización de pozos individuales para cada cepa y se diseñó una conducción en eje vertical, colocando postes de castaño impregnados con brea para evitar putrefacciones, a medio camino entre una espaldera y un cultivo en vaso. Después de intentar sin éxito labrar ese suelo pedregoso tan complicado, recientemente se ha cambiado la forma de laboreo, sustituyendo el labrado superficial por un regreso al pasado, asumiendo los principios de la denominada "agricultura regenerativa", consistente en preservar la cubierta vegetal a la que se añade un aporte de materia orgánica procedente del pastoreo, con la inestimable colaboración de un rebaño de ovejas en acogida. De ese modo se intenta preservar la microbiología del suelo y llegar a entenderlo como un ecosistema en sí mismo. El recubrimiento o "mulching" persigue proteger las cepas de las heladas, aumentar su disponibilidad hídrica y a la vez contribuir a acoger microorganismos e insectos. El material utilizado es paja, después del intento de emplear restos de serrería donde proliferaban unos nematodos de sabor absolutamente irresistible para los jabalíes, con el nefasto resultado que fácilmente se puede deducir. 


Las variedades plantadas en la actualidad son Macabeo, Garnacha Blanca, Garnacha Tinta, Cariñena, Moristel y Parraleta, así como un pequeño número de cepas de Tempranillo y Mencía, estas dos últimas con la finalidad de ver su comportamiento en estos suelos y a esta altitud. Por otro lado, dentro del proyecto del Gobierno de Aragón de recuperación de variedades experimentales, dos de ellas fueron seleccionadas por Nicolás para su plantación en Moliniás.  Cepas de Greta y Beturiana fueron plantadas en 2020, aunque casi la mitad de ellas murieron por falta de adaptación, obligando a una nueva plantación en 2022 cambiando el tipo de portainjertos. Tampoco la gran presión cinegética de la zona -jabalíes, corzos y numeroso pájaros- ha puesto las cosas fáciles, aunque al igual que con las piedras y en palabras de Nicolás, se debe "aprender a convivir con ellos".



Sin embargo, a diferencia de otras zonas, el objetivo de Casa Vinícola Moliniás no es buscar la identidad de cada variedad de uva. En realidad se trata más bien de todo lo contrario. Su obsesión es llegar a embotellar el paisaje, porque consideran que el entorno, el suelo, el clima, incluso los jabalíes son tan importantes como las propias uvas. Tienen bien claro que cada añada será diferente y abogan por elaborar vinos sinceros, sin maquillaje, capaces de transmitir sensaciones e incluso recuerdos. Las décadas de historia que tiene Moliniás son de una potencia descomunal y a poco que se araña la superficie, afloran experiencias vitales en cada rendija. Muros datados en el año 1500, inscripciones en puertas y ventanas, paredes con aspilleras o saeteras, todo ello invita a pensar que en algún momento esas construcciones tuvieron una finalidad defensiva. Con total seguridad quedan muchos secretos por descubrir.


Desde el punto de vista geológico, el lugar es de una belleza inusual y tiene una energía telúrica que invita al visitante a conectar con el entorno. Tan atractivo es un brumoso amanecer en invierno -con las nubes bajas enroscadas entre los árboles y la ermita- como un resplandeciente atardecer en verano, cuando el sol incendia las laderas de la Peña Montañesa. Y por supuesto, pocas experiencias puede haber comparables a disfrutar del cielo nocturno de Moliniás. En ese sentido, aprovechando dos gigantescas rocas extraídas del suelo, se decidió construir una plataforma de observación astronómica -conocida como El Catacielos- certificada por la Fundación Starlight y que se ha convertido en la imagen icónica de Moliniás,  un excepcional punto de visualización de estrellas gracias a la limpieza de la atmósfera y a la nula contaminación lumínica. Astroturismo y enoturismo -todo en uno- con la realización de catas de vino en los atardeceres durante los meses de verano, mientras se observa la cúpula terrestre. Sencillamente delicioso.


Hasta el momento en que las viñas plantadas en Moliniás comiencen a ser productivas, Rebeca y Nicolás han explorado el territorio persiguiendo viñedos olvidados. Así contactaron con los hermanos Aniés -Ramón y Andrés- propietarios de unas viñas en la cercana localidad de Abizanda, situada aguas abajo del río Cinca. La avanzada edad de los Aniés y la falta de descendientes que se hicieran cargo de sus tierras, les habían abocado prácticamente al abandono de sus dos viñedos mestizos, con variedades de uva entremezcladas, algunas conocidas, otras no tanto. Una de las viñas se plantó en 1920, la otra en torno a 1950. Con aquellas uvas adquiridas a los hermanos Aniés, se elaboraron Diaples Blanco 2022 -Macabeo, Alcañón, Garnacha Blanca- y Diaples Tinto 2022 -Garnacha, Moristel, Parraleta, Parrel y quién sabe qué más. En la actualidad las viñas de los hermanos Aniés han sido arrendadas por Moliniás y ya está en marcha la añada 2023 de ambos vinos, con algunas diferencias en relación a sus antecesores, no sólo en viticultura sino también en vinificación y crianza. El nombre de los vinos no deja de ser peculiar, pero también tiene su razón de ser. Según la tradición altoaragonesa, los diaples son pequeños duendes burlones, diablillos traviesos que acostumbran a gastar bromas, como cambiar las cosas de sitio o provocar pequeños accidentes. En recuerdo a ellos y tal vez con la intención de tenerlos contentos, se ha bautizado con su nombre a las primeras botellas comercializadas por Casa Vinícola Moliniás. Sin embargo hay otro guiño al pasado en las etiquetas: la imagen impresa es la de un portainjertos de vid americana -gracias a la cual la viticultura en Europa fue capaz de superar la plaga de filoxera de finales del siglo XIX- aunque hay quien observa en dicho grabado una cara de macho cabrío, representación tradicional del diablo o diaple en aragonés. Cada botella de Diaples se entrega con una tarjeta que reproduce por un lado una publicación del año 1900 en el Diario de Huesca relativa a la plaga de filoxera y por el otro las firmas de los hermanos Aniés. Un bonito detalle.




El primer vino elaborado íntegramente con uva procedentes de Moliniás llevará por nombre El Huerto del Olvido, en memoria de la última mujer que habitó la finca. Garnacha, Cariñena, Syrah y Beturiana en porcentajes sin precisar, con crianza en barrica y huevo de hormigón. Vino de parcela muy prometedor, que todavía tardará unos cuantos meses en estar disponible, ya que la bodega apuesta por largos periodos de crianza aunque estrictamente en materiales respetuosos con la fruta. Un curioso capricho del destino ha querido que esa parcela de viña ocupe la misma ubicación donde Olvido cultivaba sus hortalizas, convirtiendo el pasado y el presente en un bucle espacio-temporal de un precioso paralelismo.



Acaba de ver la luz y ya se ha hablado largo y tendido del logo de Casa Vinícola Moliniás. Llama la atención que con la belleza paisajística que tiene el lugar, se haya elegido una imagen aparentemente triste y tétrica como es una cruz caída. Sin embargo, todo en Moliniás tiene su razón de ser y hunde sus raíces en el pasado. Además de viviendas y ermita, Moliniás tuvo su cementerio y allí todavía reposan los restos de algunos de sus habitantes, gentes que entregaron los últimos años de su vida en una lucha desigual contra un medio hostil y desfavorable. Hemos sido testigos de situaciones similares en Jánovas y en San Martín de la Solana, cementerios discretos y escondidos que albergan el recuerdo de algunos de sus vecinos que sus descendientes no pudieron -o no desearon- recuperar y decidieron olvidar para siempre. Moliniás no fue una excepción y en su cementerio se localizó una cruz de piedra desprendida de una lápida fechada en el año 1953. Con todo el cariño y el máximo respeto se adoptó como logo de la bodega, en un claro gesto de recuerdo y admiración hacia todas aquellas personas que décadas atrás trabajaron esas mismas tierras. 


Hace unas semanas, a modo de presentación en sociedad, Moliniás acogió el panel anual de cata de Vignerons de Huesca, tres exigentes jornadas a lo largo de las cuales se evaluaron los vinos presentados por las bodegas pertenecientes a esta exitosa iniciativa que llega este año a su séptima edición. En la última de las catas, fueron analizados los vinos de Casa Vinícola Moliniás, tanto la añada disponible 2022 como la siguiente 2023 de Diaples Blanco y Diaples Tinto, así como el tinto El Huerto del Olvido que saldrá dentro de un tiempo y que promete convertirse en el vino emblemático de Moliniás. Las atenciones que nos dispensaron durante aquellos tres días no pudieron ser mejores, de modo que queremos dejar constancia de nuestro más sincero agradecimiento.


Concluimos aquí nuestra crónica acerca de este interesante proyecto enológico y de vida en este rincón del Sobrarbe hasta hace poco absolutamente desconocido para nosotros. Estos lugares con tan elevada carga histórica y emocional, sin olvidar la belleza paisajística del entorno y la segura proyección futura de sus vinos, son los que dan todo el sentido a la necesidad de escribir sobre ello.

Nicolás y Rebeca, gracias por permitirnos formar parte de un capítulo de vuestra historia.


miércoles, 24 de noviembre de 2021

> Batán de Salas Moristel 2020 by La Corona de L´Ainsa




Hace algo más  de  dos meses, nuestra habitual tranquilidad dominical se vio interrumpida por el aviso de llegada de un mensaje por whatsapp. El remitente del mismo era Javier Buil, responsable de la tienda especializada La Corona de L´Ainsa y promotor del proyecto Vignerons de Huesca del que en tantas ocasiones hemos hablado. Hombre de pocas palabras -y por lo visto también de pocas imágenes- su mensaje se limitaba a una fotografía de su mano izquierda sosteniendo una botella de vino en cuya etiqueta no podía leerse ningún tipo de información, tan solo un trazo continuo enlazando varias veces el signo matemático del infinito. Esperamos unos minutos, con la esperanza de que dicha imagen se acompañara con alguna otra información adicional, pero no se dio tal circunstancia. Incluso nos temimos que no deberíamos haber sido nosotros los receptores de dicha imagen y que todo podía haber sido fruto de una confusión. Pasado un tiempo prudencial, con cautela nos decidimos a responder, pero nos surgió la duda de cómo hacerlo. Finalmente optamos por mantener el misterio y respondimos con otro mensaje también críptico: "Inquietante etiqueta..." Afortunadamente una posterior conversación nos permitió finalmente desvelar el secreto. 


El vino que hoy nos ocupa es el primero de una serie de vinos exclusivos, elaborados por encargo personal de Javier Buil a diferentes productores, fruto de una estrecha colaboración y una estricta selección en bodega. Estos vinos sólo serán distribuidos a través de La Corona de L´Ainsa y no será posible encontrarlos por otros cauces. Dado que no están dirigidos al público en general, es probable que ni siquiera aparezcan en la web y que sea Javier en persona quien los ofrezca a clientes seleccionados, tanto mejor cuanto más exigentes sean. Todos estos vinos serán producciones muy limitadas -en ocasiones tan sólo unas cuantas botellas- y tendrán en común la puesta en valor del producto de proximidad, una elaboración prácticamente artesanal y el indudable protagonismo de las variedades de uva autóctonas, minoritarias y en ocasiones casi desaparecidas. Serán vinos singulares, únicos e irrepetibles, que tendrán defensores y detractores, pero que serán capaces de transportar a quienes los prueben hasta viñedos desconocidos cuando no perdidos. Conociendo el nivel de exigencia con el que acostumbra a trabajar Javier Buil, la calidad de todos ellos está fuera de toda duda. Con toda certeza serán constantes sus visitas a las bodegas encargadas de la elaboración para conversar con cada elaborador y evaluar periódicamente el rumbo que va tomando cada vino hasta obtener el resultado óptimo.


Comenzaremos por tanto con el análisis de este Batán de Salas Moristel 2020 by La Corona de L´Ainsa. Atractiva presentación exterior, con una botella borgoñona de calidad y una etiqueta que hipnotiza. La contraetiqueta aporta algo más de información, pero tampoco demasiada. 100% Moristel, variedad tinta autóctona en vías de recuperación. Crianza totalmente desconocida, tanto en su duración como en cuanto al material utilizado, aunque francamente respetuosa con la carga frutal. Visualmente se muestra de un intenso color rojo cereza de capa media con ribete rubí. En nariz da la bienvenida una pizca de sobremaduración, para dejar paso a frutas rojas en mermelada -fresas, moras, ciruelas- caramelo de café con leche, lácticos y suaves tostados. Flores azules y pimienta blanca recién molida. Carácter férrico y sanguíneo sobre un fondo herbáceo. Marcada acidez, curiosamente detectable incluso en fase olfativa, que recuerda a vinos más septentrionales. Escasamente tánico, cremoso, de astringencia media, cumple con nota en fase gustativa, resultando muy fresco en boca. Longitud media pero suficiente, sostenida por ese leve amargor herbáceo que se intuye en nariz. Algo extraño y peculiar -sobre todo en fase olfativa- características ligadas a una variedad ya de por sí poco conocida. Un vino diferente con un perfil novedoso y moderno, de corte actual, fresco y frutal, muy alejado de las crianzas dominantes e intensas que todo lo invadieron hace unos años. Una rareza escasa, una pequeña joya.

Esperaremos pacientemente el lanzamiento del resto de vinos exclusivos de La Corona de L´Ainsa, con la seguridad de que todos ellos serán merecedores de nuestro interés. Y lo haremos sin prisa, como aquel viejo reloj de sol con el que hace años alguien decoró la fachada de su casa en uno de los numerosos pueblos abandonados que se encuentran desperdigados por la comarca del Sobrarbe.

Tempus fugit, como diría el clásico.



domingo, 29 de agosto de 2021

> Edra Emociones, perfecto equilibrio

 

El pasado mes de Febrero, en el curso del panel de cata 2021 de Vignerons de Huesca, tuvimos ocasión de catar el último vino elaborado por Alex Ascaso en Bodegas Edra. Ya entonces nos pareció una interesante novedad aquel coupage de Ribote y Parraleta -castas autóctonas ambas que incluso hay quien opina que son la misma- con sutil crianza en roble, un vino ligero, fresco, frutal y moderno, que rompía en cierto modo con la tradición propia de Edra de elaborar vinos corpulentos, potentes y de gran expresión. Meses después conseguimos -no sin dificultad- una de las escasísimas 469 botellas que se elaboraron del Edra Emociones y ahora por fin, pasado este prudencial tiempo de redondeo en botella, estamos en disposición de publicar nuestras notas de cata y opiniones acerca del sueño más reciente de Alex Ascaso.

Comenzaremos con la presentación exterior, porque si la cara es el espejo del alma, la imagen de un vino tiene que hablarnos de su carácter. En ese sentido, Edra Emociones deja claro desde el principio su origen artesanal, con una etiqueta sobria que proporciona información del elaborador, el nombre del vino en caligrafía manuscrita y la numeración también a mano de todas y cada una de las botellas, un delicioso detalle de calidad. Gracias a Dios, la tecnología ha acudido en ayuda de las bodegas y por fin han desaparecido aquellos viejos lacres que se hacían añicos irremediablemente y se quedaban adheridos eternamente al cuello de la botella. Las actuales ceras son estupendas, simplemente se perforan al descorchar la botella y se pueden retirar fácilmente de una sola pieza. Así es también en este caso, una cera de excelente calidad recubre el corcho natural clásico de Bodegas Edra.

Edra Emociones con el sello Vignerons de Huesca

Pero vayamos al interior de la botella borgoñona del Edra Emociones. Estamos ante lo que se denomina un blending, una mezcla de añadas, algo bastante inusual en la actualidad pero que durante mucho tiempo fue la solución de los pequeños elaboradores para poder sortear vendimias de escasa producción, calidad mediocre o cosechas perjudicadas por las plagas. La reserva de vino de un año para otro les permitía hacer correcciones antes de embotellar e incluso obtener un perfil constante en sus vinos. En Jerez lo llevan haciendo durante siglos y no parece que les vaya nada mal. En el caso que nos ocupa, se trata más bien de una decisión voluntaria del elaborador, ensamblando Parraleta de 2020 y Ribote de 2019, ambos vinos con permanencia en barrica, buscando una mayor presencia de la fruta y una madera menos presente. Y lo mejor de todo es que lo consigue.

Visualmente el Edra Emociones es de un bonito color rojo cereza de capa media-baja con ribete rubí que insinúa el granate y lágrima pigmentada. En nariz es fragante y directo, con predominio de frutas rojas en licor, guindas, chocolate con leche, mentolados, especias dulces, café molido y un curioso recuerdo vegetal a hoja de tomate. En boca es sabroso y amplio, llena la boca con unos taninos bien domados -casi cariñosos- con una acidez ideal que lo hace fresco, crujiente y lo convierte en un vino de trago largo y numerosas posibilidades de maridaje. Un vino sutil, moderno, actual y versátil. Por su forma de elaboración y por las variedades de uva utilizadas, Edra Emociones es quizás el vino con el perfil "más vigneron" de Alex Ascaso y representa el equilibrio perfecto entre la tradición de siempre y los gustos comerciales de ahora, con una fruta más presente y una barrica que acompaña sin molestar. 

Porque para elaborar vinos de calidad, el equilibrio es imprescindible.

Alex Ascaso en equilibrio sobre sus barricas

domingo, 28 de marzo de 2021

> Vignerons 2021... on the road

 



¡Nunca reblar! 

Hace justo un año, transcurridos pocos días tras la celebración del panel de cata de Vignerons 2020, se nos vino encima una emergencia sanitaria de dimensiones descomunales. Tras la conmoción inicial, nuestro ser interior nos pidió comenzar a escribir y, fruto de aquellos días de incertidumbre y preocupación, vieron la luz dos artículos que pueden repasarse en este enlace.

Doce meses más tarde, nada favorable parecía presagiarse en lo relativo a la realización del panel de cata de Vignerons en el inquietante comienzo del año 2021. La prudencia, las recomendaciones -cuando no prohibiciones e incluso coacciones- sanitarias, la responsabilidad individual y también, por qué no decirlo, el miedo a enfermar, parecían dibujar un panorama triste, negativo, derrotista y un negro futuro para Vignerons de Huesca. Sin embargo, nada puede con el resistente espíritu oscense, capaz de sobreponerse a las situaciones más adversas. 


Un respetuoso silencio en las comunicaciones fue el preludio del plan diseñado por la mente inquieta de Javier Buil para solventar las dificultades. Ansiosos como niños esperamos hasta final de Enero a que nos informara de cuáles eran sus ideas para realizar el panel de cata 2021, como es lógico mucho más reducido que en las dos ediciones anteriores. En realidad fue un regreso a los orígenes, a aquel irreverente proyecto de 2018 que reunió a un puñado de enajenados catadores durante dos días en una bodega subterránea en Aínsa. Pocos fuimos los elegidos entonces y pocos los de ahora, pero el resultado en ambos casos no pudo ser más satisfactorio.

Catadores entre tinajas

Cata en Bodega Clavería Barrabés

Cata en Bodega Estrada Palacios

Para este año 2021 tan inhabitual en todo, el panel de cata y evaluación de los vinos presentados por las bodegas adscritas a Vignerons de Huesca se desarrolló con carácter itinerante a lo largo de cuatro días, es decir, no se centralizó en una única sede como en los ejercicios previos. Se realizaron un total de ocho catas a las cuales asistieron entre tres y cuatro catadores en cada una de ellas. Los lugares elegidos fueron las salas de catas de La Corona de Aínsa y de San Lorenzo Vinos, así como las instalaciones de las seis bodegas participantes, lo cual se convirtió en un esfuerzo adicional para la organización. Las distancias geográficas entre las bodegas, la necesidad de trasladar cartelería y material publicitario, el obligado desplazamiento de los catadores, la preparación anticipada del catering, lo ajustado del tiempo y de las horas de luz, la climatología no del todo favorable y muchas variables más, supuso un reto formidable para todos los participantes. Un auténtico "road-show" que se materializará en varios videos y spots con la firma de The Hiwe Way, gracias al buen hacer y a la profesionalidad de Germán y Agustín, excelentes conocedores del proyecto Vignerons de Huesca desde sus inicios.

Germán y su cámara, en acción

Vinos catados de Clavería Barrabés

En cuanto a nuestra participación este año, fuimos emplazados para evaluar los vinos de dos bodegas. La primera de ellas fue Clavería Barrabés en La Almunia de San Juan y allí acudimos con cierta antelación para poder charlar con Víctor Clavería, su máximo -y podría decirse que único- responsable. Un rasgo que caracteriza a todos los bodegueros de Vignerons es su pasión por el vino y en ese sentido Víctor no es una excepción. Hace algo más de diez años que decidió abandonar su trabajo como economista para embarcarse en un proyecto que le sedujera de verdad y así, sin mucho meditarlo, se lanzó a restaurar la vieja casa familiar -no en vano en su bodega subterránea se han hallado restos árabes datados nada menos que en el siglo  XI- ubicada en La Almunia de San Juan, cerca de Monzón en la zona más meridional del Somontano. Colaboró con varias bodegas, algunas incluso fuera de Aragón, pero no fue hasta el año 2013 cuando comenzó a sentar las bases de su proyecto personal. No cuenta con viñedo en propiedad, pero su carácter afable y conciliador le ha permitido establecer estrechas relaciones con varios viticultores de la zona que le proporcionan cada año uvas de calidad contrastada. Incansable investigador de las vinificaciones, sorprende cada año con vinos muy diferentes. Por conocidos, nos sorprenden algo menos sus tintos fermentados y criados en tinajas de barro, elementos que ya forman parte de su imagen corporativa. En 2019 rompió los esquemas de muchos de los asistentes con un blanco Zinca D´oro añejado en damajuanas de cristal y en 2020 a nadie dejó indiferente su tinto Zinca D´Odre criado en pellejos de cabra. En esta edición presentó dos novedades: Zinca Fudre, un monovarietal de Cabernet Sauvignon con una delicada crianza en fudre de roble -versátil y amable como pocos vinos de esta variedad- y una Garnacha Blanca elaborada en tinajas de barro de gran porosidad, convirtiendo su Zinca D´Anfora Blanco en un blanco expresivo y diferente, muy alejado de los estándares comerciales, como bien nos tiene acostumbrados Víctor Clavería.

Vinos catados de Bodega Edra

Exigencia y concentración durante la cata

Nuestro destino para la cata de la tarde fue Edra en Ayerbe, una bodega bien conocida por nosotros y en la que siempre somos deliciosamente recibidos. Alex Ascaso es su responsable, un enamorado del territorio y defensor acérrimo de las variedades autóctonas, aunque sus vinos top se siguen elaborando con Syrah, Merlot y Viognier, variedades foráneas que -en palabras de Alex- a fuerza de pasar el tiempo ya son como de la familia. En lo últimos años Edra ha ampliado su catálogo y sorprendió al mercado con rosados arriesgados y complejos, aunque donde ha destacado ha sido en la elaboración de vinos con cepajes autóctonos en recuperación. Así vieron la luz un monovarietal de Garnacha Gris, una Garnacha Tinta y una Parraleta, todos ellos con producciones muy limitadas en cuanto al número de botellas y, por consiguiente, exclusivos y difíciles de conseguir. La novedad para este año fue un coupage de Ribote -otra casta autóctona casi desaparecida- Parraleta y alguna otra variedad -no seremos nosotros quien la desvelemos- con sutil crianza en roble, dando como resultado Edra Emociones, un vino ligero, fresco, frutal y moderno, rompiendo en cierto modo con la tradición propia de Edra de elaborar vinos corpulentos, potentes y de gran expresión. 

Cata en Bodegas Alodia

Vinos de Bodegas Sers

Vinos catados en Bodega El Vino del Desierto

Las fechas de celebración del panel de cata de Vignerons juegan siempre en contra de algunos de los vinos que se presentan, particularmente aquellos más jóvenes o sin crianza. Algunos de los vinos que se presentaron llegaron a la cita sin terminar de hacerse, con muestras obtenidas directamente de depósito, recién embotellados o pendientes de su necesario redondeo. Todo ello se traduce en una dificultad añadida para los miembros del panel de cata, porque algunos vinos catados en Febrero alcanzarán su plenitud quizás en Junio, de manera que obligatoriamente deberán ser reevaluados en unos meses. En el momento de escribir este artículo, todavía se están perfilando las decisiones finales del panel de cata, si bien estamos en condiciones de adelantar que este año los estándares de puntuación han sido elevados significativamente, siempre con el objetivo de que el sello Vigneron suponga un añadido de excelencia y calidad a los ya de por sí magníficos vinos de cada bodega. Indudablemente, el examen organoléptico y las posibilidades de maridaje han sido los ejes fundamentales sobre los que se ha asentado la decisión final, aunque las dificultades que este año ha habido para efectuar el panel de cata, lejos de suponer una relajación en los análisis y evaluaciones, han supuesto un mayor rigor, un incremento en los mínimos exigidos a cada vino presentado, de manera que se han tenido en cuenta factores como la relación calidad-precio y la progresión histórica en añadas previas. 

Cada botella que salga al mercado luciendo el sello Vigneron lo hará con el orgullo de haber superado el que probablemente haya sido el panel de cata más exigente de la corta historia de este proyecto que se afianza cada año y que se consolida firmemente en el panorama vitivinícola de Aragón.

Esta primavera Vignerons de Huesca vuelven a ponerse en ruta.

¡Nunca reblar!



jueves, 9 de julio de 2020

> Vignerons de Huesca 2020




Parece que hace una eternidad, pero fue a finales de Febrero cuando se celebró en Aínsa el panel anual de cata de Vignerons de Huesca, integrado en esta edición 2020 nada menos que por 26 expertos catadores. Los elegidos se distribuyeron en tres mesas de cata separadas y diferenciadas por sectores para reducir la influencia entre sí y de esta manera conservar todas las valiosas opiniones de cada uno de ellos. Una primera mesa integrada mayoritariamente por enólogos se centró en el análisis técnico de los vinos y en su elaboración. La segunda mesa se diseñó pensando en el análisis sensorial de los vinos y para ello se contó con sumilleres y con titulados WSET, dando a la cata estricta todo el protagonismo. La tercera y última mesa fue sin duda la más relajada, conformada con los denominados "disfrutones", aficionados al vino con conocimientos avanzados de cata pero orientando sus opiniones hacia los maridajes y sus vínculos ineludibles con la gastronomía.


Mesa de análisis sensorial

Vinos presentados por las bodegas invitadas

Se presentaron un total de 36 vinos de los cuales 32 de ellos superaron las deliberaciones del panel de cata. Ni que decir tiene que los vinos presentados por los dos Master of Wine -Norrel Robertson y Fernando Mora- presentes como catadores en la mesa de enología, también superaron holgadamente la nota mínima de corte. Ya el año pasado se instauró la figura de la bodega invitada, hasta ahora designada exclusivamente por la organización. Con el fin de hacer esta elección más abierta, este año se preseleccionaron cuatro bodegas candidatas a bodega invitada el año próximo. Tierramaestrazgo (Mas de las Matas, Teruel), Ignius (Almonacid de la Sierra, Zaragoza), Ficaria Vins-Irur (Arenys de Lledó, Teruel) y Augusta Bilbilis (Calatayud, Zaragoza) resultando esta última finalmente elegida en base a las puntuaciones obtenidas por su monovarietal Samitier Syrah 2016, un vino de impecable elaboración y excelente relación calidad-precio, más tecnológico y previsible que sus competidores, con algo menos de pasión aunque mucho más comercial, pues al fin y al cabo de lo que se trata es de llegar a cuantos más consumidores mejor.


Foto de grupo: panel de cata y bodegueros (pre-COVID style) 

En cuanto a las novedades para este año 2020 las hay en abundancia. Algún vino aún no está disponible, tal es el caso del nuevo blanco de Bodega El Vino del Desierto (Lanaja) -su nombre aún no se ha hecho público- del que catamos muestras extraídas directamente de la barrica, salto cualitativo del ya sobradamente conocido Duna, coupage de Garnacha Blanca y Alcañón criado sobre lías. Bodegas Edra (Ayerbe) fue la que incorporó más novedades a su catálogo y presentó tres vinos completamente nuevos. El Edra Ababol 2019 rosado clásico elaborado con Syrah para los amantes del rosado, concesión comercial casi a regañadientes por parte de su elaborador. Resulta frutal y versátil, rompiendo con la habitual política transgresora de la bodega en la elaboración de este tipo de vinos. El Edra Raposa 2008 es una deliciosa excentricidad ideada por la mente inquieta de Alex Ascaso. Advertencia para quien no termine de creerlo: no hay ningún error en la añada. Vino naturalmente dulce proveniente de uvas de la variedad Merlot vendimiadas con sobremadurez en el mes de Noviembre, vinificadas como vino tinto sin agotar su contenido en azúcares y criado durante más de una década en barrica. Una rareza magnífica, con enormes posibilidades de maridaje. Probablemente irrepetible. Por último y de nuevo con un nombre peculiar, el Edra Volada D´Aire 2019, ensamblaje infalible y exitoso -Garnacha y Syrah- muy extendido en otras zonas geográficas y sin embargo bastante original en tierras oscenses. Ponderado y equilibrado, magnífica complementación de una casta con la otra, tanto en cata técnica como en maridajes. Vino comodín, para no fallar.



Desde Adahuesca Bodegas Alodia presentó dos vinos nuevos. El Alodia Único Cabernet Sin Sulfitos 2019, técnicamente perfecto, supone en nuestra opinión una arriesgada elección de variedad para elaborar un vino sin crianza que sin embargo no deja indiferente a nadie. Muy gastronómico, su destino parece ser la armonización con carnes, embutidos y guisos. La segunda novedad es en realidad la reedición de un vino que Bodegas Alodia sólo elabora en las mejores añadas. En este sentido, el Cruz de Los 2016 -Syrah, Cabernet Sauvignon, Moristel y Parraleta- es el vino top de la bodega. Fermentaciones y crianza por separado de cada variedad y selección de barricas antes del coupage final hasta completar 12 meses de crianza en roble francés. Concentrado, potente, inmenso, con gran potencial de guarda y mucho recorrido en botella. Tal vez el vino con la botella más bonita de todos los presentados, aunque lamentablemente tenga su repercusión en el precio final. Para darse un homenaje.


La última novedad para 2020 la presentó Bodegas Sers (Cofita). En nuestra opinión, sabia decisión de la familia Canales al eliminar de su catálogo las referencias de Reserva y Gran Reserva -un tanto trasnochadas- para fusionarlas en un nuevo producto más comercial -Sers G.R.18 2016- con el nombre de la ruta senderista que une Fonz con la Ribagorza. Ensamblaje de variedades internacionales tintas -Cabernet Sauvignon y Merlot- destinadas a largas crianzas en barrica de roble americano, en este caso durante 18 meses. Elegante y entretenido en cata técnica, hará las delicias de aquellos comensales a quienes les gusten vinos maduros y complejos. Granate de capa media con menisco ladrillo. Ciruelas pasas, higos secos, chocolate negro y caja de puros. Balsámico y elegante. Redondo y equilibrado, con taninos bien domados. Tiene de todo y nada le sobra. Excelente vino clásico del Somontano con indudable influencia bordelesa.


Tintos jóvenes

Blancos

El año pasado se presentaron varios vinos bajo la etiqueta de Vinos Únicos Vignerons -tan sólo disponibles a través de los establecimientos autorizados- que se convirtieron casi de inmediato en absolutos éxitos de ventas. Es el caso del blanco más extremo de Vignerons, nos referimos al Zinca D´Oro, Garnacha Blanca y Alcañón con crianza oxidativa en damajuanas de cristal elaborado por Clavería Barrabés Viticultores (La Almunia de San Juan) en 2019 por primera vez, repitiendo en esta edición con igual éxito. Una producción limitada que durará poco en las estanterías, con infinitas posibilidades de maridaje y una diversión sin límites en cata técnica, un parque temático de aromas que regresa gracias a esta elaboración casi olvidada y recuperada de la memoria atávica de nuestros antepasados. Enhorabuena. Lo mismo puede decirse del Alodia Moristel MC,  divertida interpretación de esta variedad de uva autóctona en recuperación. Elaborado mediante maceración carbónica, transmite fruta y frescura con generosidad. Un vino alegre, más para disfrutar por copas que para acompañar una comida completa, aunque su versatilidad lo pondrá sobre muchas mesas. Nos atrevemos a afirmar que es el Beaujolais Nouveau de Vignerons. Algo más serio aunque sobradamente versátil es el Sers Unico 22417, Merlot y Syrah de la añada 2017 con crianza durante 8 meses en barrica de roble americano. Impecable semicrianza que fue uno de los vinos más exitosos el año pasado. Bodegas Sers repiten ensamblaje y tiempo de barrica para reeditar este vino con el nombre del código postal de Cofita. No forzosamente gastronómico, acompaña satisfactoriamente a cualquier plato. Y terminamos este repaso a los vinos únicos Vignerons con algo más delicado y femenino, el Vispius Rosado de Bodegas Estrada Palacio que tomando como base la Moristel,  obtienen este rosado moderno y afrancesado, de capa tenue y gusto actual, más con alma de blanco que de rosado. Técnicamente perfecto, competirá con los rosados de la Provenza en las terrazas del Pirineo durante la temporada primavera-verano.


Tintos crianzas

Tintos robles y semicrianzas

Paralelamente, otro grupo de vinos Vignerons podrían calificarse como "éxitos de siempre", por su trayectoria sostenida en el tiempo, por su histórico de puntuaciones y por las opiniones favorables de los consumidores año tras año. Es el caso de Sed y Duna de Bodega El Vino del Desierto, la gama completa de Vispius y el Sentif de Bodegas Estrada Palacios, la gama completa de Sers -impecable el trabajo de la bodega de la familia Canales en los vinos presentados en esta edición- los originales tintos con crianza en tinaja de barro Zinca D´AnforaBin de Ric de Víctor Clavería, sin olvidar los monovarietales de Alodia -Alcañón, Moristel y Parraleta- así como su espumoso, apuestas comercialmente arriesgadas que sin embargo se afianzan cada año y los vinos consolidados de Bodegas Edra -Blancoluz, Xtrasyrah, Sol y Grullas de Paso- con algunas sutiles variaciones entre añadas pero siempre en una línea constante no sólo en cuanto a calidad sino también en aceptación por parte del consumidor final.

En resumidas cuentas, los visitantes de tierras altoaragonesas tendrán este año mucho donde elegir en materia enológica. El sello Vignerons de Huesca está visible en los catálogos de cada vez un número más amplio de restaurantes y tiendas especializadas, dando significado al esfuerzo de todas aquellas personas comprometidas con la elaboración de un producto de gran calidad, que apuestan decididamente por el territorio y que dan continuidad a las labores tradicionales que ya desempeñaron sus antepasados.

Vignerons de Huesca, la grandeza de lo pequeño.