miércoles, 2 de octubre de 2019

> Jules Wine, detective privado




La visita sin cita previa no cogió por sorpresa a Jules, apenas nada le podía sorprender después de tantos años trabajando como investigador privado.

Por su despacho habían pasado clientes de todo tipo, desde esposas que sospechaban de la infidelidad de su marido hasta empresarios que no terminaban de creerse las bajas médicas de algún empleado. De manera que cuando aquel elegante desconocido de ojos azules y pelo blanco tomó asiento frente a su mesa, Jules se acomodó en su silla y se preparó para escucharle. El desconocido comenzó pidiéndole mantener en secreto su identidad y continuó explicando que era un coleccionista de vinos, pero no de vinos comerciales, sino de vinos raros, de esos que sólo se encuentran en bodegas antiguas y que nunca salieron a la venta. En realidad no podía decirse que fuera un especulador porque los vinos de su colección nunca salían de su casa, se cataban y disfrutaban en la intimidad, sin ostentación alguna, casi de un modo pecaminoso y egoísta.

- Soy un adorador de vinos y tengo un trabajo para usted, señor Wine -le dijo el desconocido mientras se cruzaba de piernas. Jules entornó los ojos intentando evaluar al extraño personaje a la vez que calculaba cuánto tiempo le iba a robar semejante encargo. Necesito que consiga un vino para mi colección y tenga la seguridad de que sabré recompensarle -añadió el desconocido con cierto engreimiento a la vez que retiraba una invisible mota de polvo de la solapa de su traje. La mandíbula de Jules se relajó imperceptiblemente, al parecer el trabajo iba a ser pan comido. Un par de llamadas, dos o tres páginas web especializadas en vinos, en unos días la botella entregada y la minuta abonada. Coser y cantar, vamos...

- No hay problema. ¿De qué vino se trata? -preguntó Jules, seguro de sí mismo como pocas veces.  
- Ahí radica la dificultad de su trabajo y por eso seré inmensamente generoso. El vino que deseo que consiga, probablemente no existe -respondió con sarcasmo el misterioso visitante. 



El nítido recuerdo de la conversación con aquel extraño daba vueltas por la mente de Jules mientras caminaba resoplando por las estrechas calles del centro de Sanlúcar de Barrameda bajo un sol abrasador. Llevaba días recorriendo tierras gaditanas, visitando las principales bodegas elaboradoras del Marco de Jerez, catando vinos deliciosos, pero ninguno terminaba de ajustarse a las características de lo buscado por su cliente. Las exigencias impuestas por el adorador de vinos habían quedado muy claras y Jules no podía dejar de pensar en la mirada seria, casi dictatorial, de aquellos ojos azules. Debía ser un vino único, nunca comercializado, probablemente todavía en el interior de una bota olvidada en un rincón de una bodega pequeña, desconocida y familiar. Tenía que ser una rareza, una joya al alcance de nadie, fruto de un trabajo impecable y capaz de resistir el paso del tiempo. Naturalmente que las bodegas de renombre lanzaban al mercado cada año ediciones limitadas y exclusivas, pero aquel hombre tan inquietante no iba a conformarse con algo que se podía adquirir fácilmente y lo había dejado bien claro.

- No intente engañarme -había advertido días antes el desconocido desde la puerta del despacho de Jules con un dedo acusador apuntando al cielo. Si mi deseo fuera conseguir un vino caro, lo pagaría gustoso y no estaría aquí perdiendo el tiempo hablando con usted -añadió con soberbia. Soy un enfermo, tengo una adicción sin cura ni tratamiento y no estoy dispuesto a conformarme con cualquier cosa -zanjó el desconocido y abandonó la sala sin darle tiempo al detective para poder replicarle.



De manera que allí estaba un desesperado Jules, buscando el fresco interior de las tabernas que rodean el Castillo de Santiago un sofocante mediodía de principios del mes de Septiembre, ansioso por conseguir algún avance mientras deglutía manzanilla, raciones de mojama y alguna "papa aliñá". En realidad estaba a punto de arrojar la toalla, efectuar una simple llamada de teléfono a su cliente y olvidar el asunto. Dejaría de ganar algún dinero, pero tampoco lo necesitaba. Lo verdaderamente doloroso era asumir el fracaso, porque lo malo de perder es la cara que se le queda a uno. Ya le parecía estar escuchando las carcajadas de su cliente al confesarle que no había sido capaz de hacer el trabajo y esa estocada traicionera en el orgullo herido le hizo daño de verdad. 



Llamó al camarero para ordenar una última copa de manzanilla -porque pedir otra bebida en Sanlúcar es poco menos que un insulto- pero en esa fase autodestructiva por la que todos hemos pasado alguna vez en momentos de zozobra, Jules cambió en el último instante de decisión y le dijo al camarero que le sirviera un amontillado. Sorprendido el muchacho por una petición tan inusual, le hizo un gesto con la cabeza a la vez que se llevaba el índice a los labios en un claro signo de discreción.

- El señor sabe de sobra lo que es bueno -dijo el camarero en un susurro y le sirvió una copa de una botella sin etiqueta que sacó del último rincón de la cámara frigorífica. Jules observó aquel vino color oro viejo con tonos caoba y lo acercó a su nariz. De inmediato le envolvieron los aromas a nueces y orejones, los recuerdos a mueble antiguo y a cáscara de naranja escarchada. Tomó un pequeño sorbo y lo mantuvo unos segundos antes de tragarlo para descubrir un equilibrio perfecto entre el velo de flor y la bota de roble. Poesía hecha vino tras décadas de crianza oxidativa en alguna oscura bodega. 

- ¿Dónde puedo conseguir esta maravilla? -preguntó Jules titubeante al camarero, apenas con un hilo de voz, consciente de haber encontrado el Grial que perseguía.
- Nos lo regala un señor mayor con el que mi jefe tiene amistad. Su local está aquí a la vuelta de la esquina, pero no suele venderlo a nadie -afirmó el camarero mientras se alejaba para atender a otro parroquiano.



Un ligero mareo asaltó a Jules al levantarse de la mesa, en parte por las generosas dosis de manzanilla previamente ingeridas, pero sin duda agudizado por la posibilidad real y palpable de llevar a buen puerto el encargo recibido. No tardó en encontrar el despacho de vinos Las Palomas en la cercana Plaza de Abastos. Bastante más le costó convencer al propietario para que le vendiera un par de botellas de aquel elixir. El aspecto agotado y jadeante de Jules al traspasar el umbral ayudó un poco a ablandar al propietario.

- Mire usted, amable señor -comenzó el detective tragando a duras penas saliva. Mi prestigio y profesionalidad dependen de su vino y de su buena voluntad. No me haga preguntas pero... ¡necesito que me venda al menos una botella de su amontillado!

Sin darse cuenta Jules había levantado innecesariamente la voz y apoyado con ambas manos en el mostrador, hablaba casi con violencia escupiendo las palabras. Tras unos segundos de silencio, en los que sólo se escuchaba la voz rasgada de Camarón proveniente de un viejo transistor a pilas, el asustado encargado del despacho de vinos giró sobre sus talones, cogió una botella vacía de un estante y se dirigió a la trastienda. Un emocionado Jules le siguió hasta la penumbra y observó extasiado la nube de polvo que se levantó al retirar un saco de arpillera que ocultaba una bota oscura como la noche, medio escondida en un rincón entre trastos y mangueras. El hombre abrió el grifo y de nuevo Jules percibió esos aromas de ensueño mientras se llenaba la botella. Sin mediar palabra aquel hombre tapó la botella, se la entregó al detective y extendió la mano para recibir su dinero.




La sonrisa de Jules no se borraba de su cara durante el viaje de regreso. En el interior de su maleta, convenientemente envuelta y protegida por varias prendas de ropa, llevaba la garantía del éxito cosechado. Contaba las horas que faltaban para su cita con el adorador de vinos, aquel tipo estirado que se había atrevido a poner en duda el buen hacer de un bregado investigador privado como Jules. Al día siguiente, se encontraron ambos de nuevo cara a cara en el despacho del detective. Entre los dos, sobre la mesa, esperaban la ansiada botella de vino y dos copas vacías. El extraño personaje del pelo blanco se sirvió una copa y dejó de nuevo la botella sobre la mesa, ignorando deliberadamente la copa de Jules, en un claro gesto de desprecio. Envalentonado por su éxito, el detective se sirvió una generosa cantidad de vino en su copa, la acercó a su nariz y cerró los ojos. Tras varios minutos de silencio, el adorador de vinos se levantó de su silla, se ajustó el nudo de la corbata, cogió la botella y dio dos pasos hacia la puerta. Como la vez anterior, repitió el gesto teatral de girarse hacia Jules antes de marcharse y desde la distancia habló con su elegante voz.

- Enhorabuena por su trabajo, señor Wine -murmuró a duras penas. Como le dije, sabré recompensarle. Soy un escritor de prestigio y le garantizo que usted será el protagonista de mi próxima novela. Espero que con ello quede sellada definitivamente nuestra relación profesional.
- No esperaba menos de alguien como usted. Ambos somos unos caballeros -zanjó Jules incorporándose de su asiento mientras apuraba la copa de vino.
- Un pacto entre caballeros, me recuerda a una canción -meditó el misterioso visitante.
- Yo he cumplido mi parte, ahora le toca a usted corresponder -dijo el detective, acercándose a su cliente.
- No lo dude, señor Wine. Quedará plenamente satisfecho -respondió el extraño adorador de vinos despidiéndose de Jules con un  firme apretón de manos.



Varios meses más tarde, Jules se encontraba de nuevo en su despacho, rodeado por el habitual desorden de papeles sobre su mesa cuando sonó el estridente timbre de la puerta y el sobresalto le hizo derramar la copa de vino que tenía a su lado sobre unos informes. Se levantó mascullando improperios, abrió la puerta con desagrado y se encontró con la cara aburrida de un mensajero.

- ¿Es usted el señor Jules Wine? -preguntó el mensajero con hastío.
- Depende de para qué -fue la agria contestación del detective.
- Traigo un paquete para usted. Firme abajo y es suyo -y se marchó a toda velocidad sin dar tiempo a que Jules le respondiera.

El envoltorio del paquete no proporcionaba información alguna. Un papel recio envolvía un objeto rectangular, sin remitente ni nada por el estilo. Jules sacó un cortaplumas del primer cajón de su mesa y con cautela, por si detrás del envío se hallaba un marido despechado deseoso de jugarle una mala pasada, rasgó delicadamente uno tras otro los laterales del paquete. Extrajo suavemente el objeto y de inmediato supo que aquel elegante extraño adorador de vinos había cumplido su palabra. No pudo reprimir una sonrisa al comenzar a leer el primer capítulo:

"La visita sin cita previa no cogió por sorpresa a Jules, apenas nada le podía sorprender después de tantos años trabajando como investigador privado..."




martes, 24 de septiembre de 2019

> Notas de cata: Hacienda López de Haro Blanco 2017




El mercado de los vinos blancos cada día se polariza un poco más. En un extremo se sitúa el consumidor ajeno a todo tipo de complicaciones que simplemente desea disfrutar con una refrescante copa de vino blanco sin entrar en disquisiciones aromáticas y que apenas exige una nariz atractiva, un paso por boca agradable y una relación calidad-precio acorde al placer que se le proporciona. En el extremo opuesto está aquel enoaficionado que demanda blancos complejos, grasos, con prolongada evolución en copa, más gastronómicos, con más crianza o elaborados con variedades menos habituales. Este segundo perfil está a su vez dispuesto a invertir mayores cantidades de dinero en una botella, convirtiéndose en el teórico cliente ideal para una bodega. ¿O tal vez esta aseveración no es del todo cierta?


Regresan los blancos riojanos, si es que alguna vez se fueron...

La rentabilidad de una bodega -dejando humildemente a un lado cualquier reflexión sentimental- pasa por vender cada año el vino que elabora. Se puede vender pocas botellas a un alto precio o se puede vender a precio más bajo un número considerable de las mismas. Cada productor elige qué quiere hacer, siempre teniendo en cuenta sus costes, márgenes comerciales y demás factores de la ecuación. Como tantas cosas en la vida, en el medio suele encontrarse la virtud, así que excepto algunos privilegiados de renombre, la mayoría de bodegas optan por elaborar -al menos en territorio español- vinos de clase media, resultones y atractivos, con cierta personalidad, cuanto más distintos a los de la competencia tanto mejor, pero sin olvidar que el mercado nacional no está -ni estará preparado en muchos años, nos tememos- para vinos blancos a precios desorbitados.


  

Un claro representante de esta clase media es el vino que protagoniza este artículo. El Hacienda López de Haro Blanco 2017 está elaborado por el Grupo Vintae en Bodega Classica situada en lo alto de una loma sobre un meandro del río Ebro a su paso por San Vicente de la Sonsierra (La Rioja). Ensamblaje de Viura y otras variedades blancas autóctonas -Malvasía y Garnacha Blanca principalmente- con un breve paso de 2-3 meses de crianza por barrica de roble francés. Amarillo dorado de capa media en fase visual, limpio y brillante, en nariz nos recibió con recuerdos de cera de vela recién apagada, dando paso al poco tiempo a manzanas asadas, tomillo y un fondo de taller de ebanistería. En boca se mostró con una acidez media, un paso alegre más bien estrecho y un ligero amargor final con recuerdos a cáscara de limón y pomelo que le confiere más longitud. 

De impecable elaboración, resulta complejo e interesante sin perder un ápice de facilidad en su paso por boca. Si a ello unimos una presentación fácilmente reconocible y una excelente relación calidad-precio, nadie puede poner en duda que es un vino que tiene el éxito garantizado.


Paisaje desde Bodega Classica (San Vicente de la Sonsierra)


viernes, 6 de septiembre de 2019

> De vinos -y algo más- por Granada



Desde el punto de vista turístico, visitar Granada siempre resulta excitante. Su poderoso pasado histórico y cultural -representado por el majestuoso conjunto monumental de la Alhambra y el Generalife, sin olvidar la imponente Catedral de la Encarnación y la Capilla Real de los Reyes Católicos- justifica plenamente una escapada a la capital granadina.


Exterior de la Capilla Real de los Reyes Católicos

Vista del Albaicín desde la Alhambra

Restaurante-cueva en el Sacromonte

El peculiar urbanismo de ciertos barrios también tiene su atractivo. Es el caso del Albaicín, erigido siguiendo el trazado de un antiguo asentamiento musulmán sobre la colina que domina la margen derecha del río Darro, con esas cuestas empedradas, laberínticas e imposibles de memorizar para ningún turista. Lo mismo puede decirse del barrio del Sacromonte, cuna del pueblo gitano de Granada, donde las casas son mitad construcción y mitad cueva excavada directamente en la montaña y en el interior de las cuales se puede asistir a espectáculos de flamenco bajo los mismos techos de piedra que vieron nacer este arte folclórico tan apreciado dentro y fuera de nuestras fronteras.


Patio de la acequia en el Generalife

Flores en los jardines de la Alhambra

Granada indudablemente tiene un magnetismo único, fruto de esa mezcolanza de culturas y religiones que un siglo tras otro han ido dejando su huella en las costumbres y en la gastronomía. Pasear por la ciudad es un constante estímulo visual pero también olfativo. En los jardines de la Alhambra y del Generalife cada rincón desprende el aroma de una flor distinta, en especial a primera hora de la mañana, con la tierra todavía húmeda, cuando los primeros rayos de sol inciden sobre las plantas aún frescas por el rocío de la noche. 

Interior de una tienda en la Alcaicería
Especias

Al mediodía los aromas más interesantes se pueden percibir en la Alcaicería, antiguo mercado de estrechas callejuelas al lado de la Catedral y del Palacio de la Madraza, donde las tiendas dedicadas al repujado de la piel y a la antigua artesanía de taracea se intercalan con los comercios de venta de especias. Estos últimos no son los más numerosos, pero su presencia aromática es notoria en cada callejón y traslada olfativamente al visitante a tierras exóticas y lejanas. 


Hammam antiguo de la Alhambra

Imágenes aromáticas en El Patio de los Perfumes

La tarde es el momento idóneo para el acicalado y el cuidado corporal, así que puede ser una buena opción dirigirse a alguno de los baños árabes que ofrece la ciudad para recrear el antiguo rito del hammam, donde las sensaciones olfativas van de la mano de las tactiles e incluso de las auditivas. Otra alternativa, más seca y menos costosa, es dar un paseo por la orilla del río Darro y disfrutar de algunos comercios dedicados a la elaboración de perfumes. Alguno incluso ofrece la posibilidad de acceder a los patios interiores, al taller del perfumista y a un museo del perfume.



Una noche en el Albaicín: té, dulces y narguile

Siempre nos ha llamado la atención el modo en que cambian las calles durante la noche, pero esta circunstancia nos ha parecido todavía más acusada en Granada. Hay comercios cerrados durante el día, ocultos por una persiana o unas tablas de madera, que cuando se pone el sol vuelven a la vida. Es el caso de las teterías de las calles bajas del Albaicín, pequeños locales decorados con sumo gusto donde es posible disfrutar de un té y unos dulces árabes mientras se comparte una pipa de agua, también denominada narguile, shisha o cachimba. Son lugares donde el visitante debe acostumbrarse a detener el tiempo, a hablar en voz baja y deleitarse con sabores, aromas y evocaciones que recuerdan a tiempos pasados, a países lejanos, y que sin embargo es posible disfrutarlos a día de hoy en el centro de Granada.


Patio de los Leones, imagen icónica de La Alhambra
Patio de los Arrayanes

Sin embargo, la ciudad de la Alhambra no es un destino precisamente habitual para los que buscamos -como es nuestro caso, casi de manera obsesiva y enfermiza- atractivos relacionados con el vino. Y no es la climatología la responsable de este palpable abandono del consumo de vino de calidad en beneficio de la cerveza -por cierto, magníficamente tirada incluso en la tasca más pequeña- pues siguiendo ese razonamiento, en la vecina y aún más calurosa Córdoba no deberían reinar como lo hacen los vinos de Montilla-Moriles. Es más bien una influencia cultural, en parte consecuencia de los miles de visitantes que la ciudad de Granada recibe cada año -muchos de ellos jóvenes universitarios- lo cual unido a la mínima presencia de vinos autóctonos en la oferta hostelera, decanta claramente la balanza hacia el lado de la cebada fermentada y los refrescos. 


Platos típicos de la cocina granadina y copa de sangría

Como en cualquier otro lugar turístico de la geografía española, es imposible no encontrar tarde o temprano una pizarra con letras de colores donde se anuncien cócteles que tienen al vino como protagonista en su elaboración. La sangría y el tinto de verano son los más populares y sorprende que después de tanto tiempo sigan siendo los preferidos por el visitante extranjero. Si el fin justifica los medios, resulta indudable que esos brebajes sirven para animar al consumo de vino, otro asunto bien distinto es la calidad del vino empleado. Es cierto que después de una calurosa jornada, el cuerpo pide un trago refrescante y los combinados en cuestión satisfacen a todo el mundo, así que no nos reprimimos y decidimos disfrutar de una sangría que prácticamente era una macedonia con vino y hielo.


En cuanto a la procedencia de los vinos presentes en las barras de los bares y tabernas, se impone la dictadura de las tres erres -Rioja, Ribera y Rueda- con alguna honrosa presencia de vinos propios de la zona, escasamente ofrecidos por los camareros. Con cierto interés y perseverancia por parte del comensal, es posible encontrar algún vino autóctono, aunque no abundan. Granada cuenta con más de 5000 hectáreas de viñedo y las 60 bodegas que hay en la actualidad elaboran sus vinos con el sello de la DOp. Granada o con la garantía de alguna de las tres IGPs de la provincia -Altiplano de Sierra Nevada, Cumbres del Guadalfeo y Laderas del Genil. Se elaboran vinos tranquilos con y sin crianza, espumosos y vinos de vendimia tardía, como ese blanco semidulce que ilustra la imagen de más arriba. En relación a los precios, no se puede decir que sean comedidos, algo tal vez motivado por la tradición de acompañar cada bebida con una tapa sin cargo adicional, costumbre que no deja de ser un arma de doble filo. No suele existir una carta de tapas, siendo la cantidad y la calidad de las mismas muy variable. Algunos establecimientos son más generosos que otros, pero esa información no suele estar al alcance del turista. 


Vermut en Bodegas Castañeda

Tras varios e infructuosos intentos, por fin tuvimos la oportunidad de encontrar un rincón con la suficiente habitabilidad como para poder tomar algo -por supuesto de pie, porque conseguir una mesa es imposible- en Bodegas Castañeda, el templo más genuino del taperío granadino. Guirnaldas, farolillos, azulejos y cabezas de toro orlan sus paredes. Varias barricas tras la barra han visto pasar mil veces a una legión de camareros con sus camisas blancas. Dada la hora y absolutamente abducidos por la atmósfera taurina, nos entregamos al gozo y disfrute de un vermut casero de esos que recuperan a cualquier enfermo, preparado en décimas de segundo y servido como acompañamiento a una tapa de arroz con carne. Somos conscientes de que el vermut es en realidad el lado oscuro del vino, su vertiente más aliñada y la que permite menos interpretación en su cata, pero en aquel momento, sumergidos en ese ambiente bullicioso, nos pareció la mejor de las elecciones.



Curiosa colección de botellas antiguas

Jamón ibérico y palo cortado. ¡Olé!

Justo en la calle paralela, hay otro establecimiento que a pesar de su nombre no debe confundirse con el anterior. Antigua Bodega Castañeda es más restaurante que taberna, dispone también de más espacio y de terraza exterior, aunque ya no tiene esa autenticidad cañí. Lo propio es pedir unas raciones y tomarlas con calma, nada que ver con el frenesí y el ajetreo del otro local. En la cristalera exterior llama la atención una interesante colección de botellas antiguas, recuerdos del pasado tabernario y vinatero de varias generaciones de granadinos. A la hora de pedir apostamos por un caballo siempre ganador: ración de jamón ibérico y palo cortado de Montilla-Moriles, una combinación insuperable. 





Un breve desplazamiento de escasos cincuenta metros nos llevó hasta Taberna Salinas, un establecimiento con menos solera pero con una amplia carta de raciones, muy buen servicio y precios más ajustados. Allí por fin, después de calmar la sed con un par de cervezas, pudimos catar con tiempo un vino tinto de la zona que nos recomendaron: Muñana Rojo.  Ubicadas en la Finca Peñas Prietas en la localidad de Graena, Bodegas Muñana son propiedad desde Octubre de 2017 del empresario suizo Urs Hess. Sus 180 hectáreas de viñedo, junto con las 40 hectáreas de olivar, la convierten en la bodega más grande de la provincia de Granada con viñedo en propiedad. Situadas a 1200 metros de altitud sobre suelos arcillosos, gozan de abundantes horas de sol, gran amplitud térmica y proximidad al mar Mediterráneo, condiciones que permiten conseguir procesos de maduración lentos y graduales. La vendimia es manual en cajas, con una productividad máxima de 2 kilogramos de uva por cepa. La crianza en barricas de roble francés y americano se realiza en la oscuridad de cuevas subterráneas con temperatura y humedad constantes durante todo el año. Cultivan variedades blancas -Sauvignon Blanc, Chardonnay, Moscatel- y tintas -Cabernet Sauvignon, Monastrell, Merlot, Tempranillo, Syrah, y Petit Verdot.


      

El Muñana Rojo 2015 se mostró en la copa de un intenso color rojo picota de capa media-alta con ribete granate. Frutas rojas y negras en nariz, con acompañamiento de tostados, notas balsámicas y chocolate. Sabroso y opulento en boca, bastante redondo aunque algo cálido, con el indudable carácter de los tintos del sur. Inconfundible la presencia vegetal de la Cabernet Sauvignon y la potencia de la Monastrell, algo menos reconocible y evidente la Tempranillo. Excelente trabajo de crianza en roble, con taninos muy domados sin perder un ápice de estructura. Así como los tintos cordobeses nos recordaron en parte a los de Extremadura,  tal y como detallamos en una entrada anterior, este tinto del Altiplano de Sierra Nevada nos trasladó un poco más hacia el este, concretamente a esas tierras del interior murciano de las denominaciones de Bullas y Jumilla.

Concluimos aquí la crónica de nuestro breve paso por Granada, dejando en el tintero unas cuantas cosas interesantes que quizás en el futuro se materialicen en un nuevo artículo. Pero esa es otra historia -como escribía Michael Ende al final de cada capítulo de su libro La Historia Interminable- y debe ser contada en otra ocasión...

La Alhambra desde el Mirador de San Nicolás

martes, 20 de agosto de 2019

> La leyenda de Pyrene




La cultura popular del Pirineo está repleta de leyendas y tradiciones, muchas de ellas casi olvidadas con el discurrir del tiempo, en parte por la desaparición de las personas mayores que en realidad eran los verdaderos depositarios de este tipo de relatos y los responsables de trasmitirlos a los niños en forma de cuentos. En la narración de estas fábulas se acostumbraba a entremezclar verdades y mentiras, hechos históricos y figurados, personas y deidades mitológicas. Prácticamente cualquier cosa tenía cabida con la única finalidad de que la narración resultara atractiva para todo aquel que estuviera dispuesto a escucharla.


Ibón de Plan o Basa de La Mora

Muchas de estas leyendas han llegado hasta nuestros días e incluso han derivado en nombres de barrancos, montañas o valles. Es el caso del Ibón de Plan -más conocido como Basa de La Mora- lago de montaña situado a casi 2000 metros de altitud en el Valle de Gistaín a los pies del Macizo de Cotiella y que encierra una leyenda protagonizada por una princesa árabe cuya figura puede ser observada -exclusivamente por los limpios de corazón- saliendo de las aguas cada noche de San Juan, rodeada de joyas y serpientes de colores, mientras ejecuta una hipnótica danza que es capaz de hechizar a quien la contempla.



Miles de años atrás, en esa época perdida en la noche de los tiempos, durante aquellos siglos en que la Tierra no era más que el patio de recreo de los dioses, el norte de la actual península ibérica pertenecía a Túbal, uno de los nietos de Noé. A la hija de Túbal -la hermosa princesa Pyrene- no le faltaban pretendientes, aunque ella reservaba su amor para Hércules, el héroe con quien Pyrene se encontraba en los bosques a espaldas de su padre. Sin embargo, como tantas veces sucede, esta relación no tenía el beneplácito de Túbal, de manera que cuando éste se enteró de la historia amorosa de los jóvenes, desterró a Hércules para mantenerlo alejado de su hija. Sumida en la tristeza por verse alejada de su amado, Pyrene huyó a las montañas donde enfermó gravemente. Avisado Hércules de los males de la princesa por uno de los animales del bosque, apenas llegó a tiempo para verle exhalar su último suspiro mientras una lágrima resbalaba por su rostro hasta caer sobre unas flores que inmediatamente se marchitaron. Abatido y roto de dolor por la pérdida de su amada, decidió darle sepultura allí mismo y cubrió el cuerpo de Pyrene con rocas de grandes dimensiones que con el paso del tiempo conformaron la actual cordillera de los Pirineos. 


  


Irremediablemente seducidos por su nombre, adquirimos una botella de Pyrene, elaborado con Chardonnay y Macabeo en proporciones desconocidas. Blanco sin crianza, perteneciente a la DO. Somontano. Botella borgoñona de color caramelo y tapón sintético de calidad media. Visualmente de un amarillo verdoso con ribete plateado, recuerda a flores amarillas y blancas en nariz, también manzana Golden y pera Conferencia. Piña, yogur de limón y un recuerdo mineral. Refrescante acidez media-alta en fase gustativa, aunque algo cálido en su paso por boca. Notable persistencia y con un ligero amargor final en el postgusto. En general resulta agradable -cumple con holgura lo que se espera de él- aunque le vendría bien algo más de complejidad.


Peña Montañesa

Aún hay quien piensa que -observando con atención las montañas- es posible deducir el lugar exacto en el que yace el cuerpo de la princesa. Muchas son las ubicaciones con las que se ha especulado, y algunos han querido creer que Pyrene duerme su sueño eterno cerca de la localidad de Aínsa y que la Peña Montañesa, con su inconfundible silueta de mujer dormida, oculta la belleza eterna de la más hermosa princesa del Pirineo. Sin embargo, nosotros creemos que un personaje tan emblemático, capaz de regalar su nombre a la más preciosa cordillera de España, merece para su descanso un lugar verdaderamente imponente y éste sin duda deberían ser las cumbres del Parque Nacional de Ordesa, el macizo calcáreo más alto de Europa, una formación rocosa coronada por tres cimas conocidas como las Tres Sorores -Monte Perdido, Cilindro y Pico Añisclo- montañas que indudablemente sólo pudieron ser erigidas por la fuerza sobrehumana de Hércules en el empeño de dar sepultura a su amada. 



Valle de Ordesa. Al fondo, las Tres Sorores

En agradecimiento por tan maravilloso mausoleo, el alma de la princesa hace brotar cada primavera miles de lirios en aquellas laderas -una auténtica alfombra azulada sobre la hierba verde- y ocasionalmente, para que todos los visitantes recordemos su historia, una vez entre un millón, nace un lirio de color blanco como la nieve, en memoria de aquella última lágrima que derramó la princesa Pyrene. 




lunes, 29 de julio de 2019

> Cata vertical inversa de Ignius en Vinos Botica




No es posible comprender los vinos de Ignius si no se conoce personalmente a Javier Sanz.

Parafraseando a un buen amigo, más que un elaborador podría decirse que Javier es un "hacedor" de vinos. Su proyecto se inició hace tres decenios y comenzó donde todo debe comenzar: en el viñedo. Treinta años lleva Javier intentando comprender a sus viñas, veinte trabajando en la bodega y solamente diez -como si fuera poco- elaborando vino. Cuenta en la actualidad con 14 hectáreas de viñedo, inicialmente en cultivo de modo convencional aunque en una clara transición a cultivo de residuo cero en producto. Mínimamente intervencionista por principios -en sus propias palabras es el vino quien decide lo que quiere ser- Javier es un elaborador de acompañamiento, casi vocacional, que permanentemente fija la vista en el pasado, en la memoria de sus ancestros y que persigue con ahínco rememorar los aromas tradicionales de Almonacid de la Sierra. Sus viñas se asientan sobre dos tipos de suelos, carbonatados y ligeramente alcalinos unos, silíceos y algo más ácidos otros.  La altitud y la orientación en la que se ubican las parcelas, todas ellas en la Sierra de Algairén, determina absolutamente el resultado. El ensamblaje de uvas procedente de parcelas de ambos tipos, compensando unas con otras es donde reside la principal dificultad para obtener cada año un vino equilibrado.


Viñedos en la Sierra de Algairén

Con potencial para vendimiar más de 80000 kilogramos al año, en realidad sólo se recogen unos 35000 como consecuencia del aclareo de racimos, y de ellos aproximadamente 2500 kilogramos de uva se utilizan en la elaboración de Ignius, el resto se vende a otros productores de la zona. El cultivo tiene certificación ecológica e inspiración biodinámica. En las calles del viñedo se deja crecer una gramínea llamada avena fatua, planta que cuenta con un poderoso sistema radicular que ayuda a movilizar componentes desde lo más profundo del suelo para ponerlos a disposición de las vides vecinas, un claro ejemplo de simbiosis vegetal de la que Javier se aprovecha. La vendimia se realiza manualmente en cajas al amanecer y las uvas permanecen varias horas en el interior de la bodega antes de ser despalilladas, persiguiendo una aclimatación térmica que permite que las bayas se acostumbren a su nueva casa, como cualquier ser vivo después de un largo viaje. La elaboración de Ignius supone invertir 10-12 meses en inoxidable, 14-16 meses en barrica, otros 8-10 meses más de nuevo en inoxidable para afinarse y aún le espera al vino un mínimo de permanencia en botella durante 12 meses antes de salir a la venta. El tiempo lo es todo para Javier y su vino, de hecho sólo se realiza decantación natural, sin filtrado de ningún tipo, para lo cual el paso de las semanas, los meses y los años es absolutamente imprescindible. Javier acostumbra a decir que él no se dedica a elaborar vino, sino que se limita a "encerrar tiempo en una botella". Precioso...


Un regreso al pasado: crianza en tinajas de barro.

Un par de nuevos proyectos a medio plazo rondan por la cabeza del siempre inquieto Javier. Uno de ellos es la elaboración de un monovarietal de Vidadillo -variedad en recuperación autóctona de Almonacid de la Sierra- para lo cual hace tiempo que se está trabajando en ciertas parcelas. Francamente interesante, el otro proyecto persigue la elaboración de un vino con crianza en tinajas de barro que además se pretende que sea comercializado también en botella de cerámica. Una ofrenda al suelo que provee de los frutos y que también merece cobijar el vino elaborado con ellos hasta el mismo momento de su consumo. Estamos en condiciones de adelantar que este segundo vino con tan peculiar crianza, no dejará indiferente a nadie. Esperaremos ansiosos el momento en que ambos vean la luz, por el momento nos conformaremos -que no es poco- con detallar las notas de cata de las tres añadas consecutivas de Ignius que tuvimos ocasión de disfrutar en Vinos Botica, una coqueta vinoteca situada en pleno casco antiguo de Zaragoza que cuenta con una acogedora sala subterránea para realizar catas. 


Vimos Botica

Sala de catas 

En esta ocasión la cata vertical de tres añadas consecutivas -al contrario de lo que suele ser habitual- se diseñó de modo inverso, es decir, comenzando por el vino de más edad y terminando por el menos evolucionado. El Ignius 2013, del se elaboraron 2222 botellas, se mostró de un intenso color rojo picota de capa altísima con ribete granate insinuando algún reflejo teja. Recuerdos de bombones Mon Cheri y frutas negras. Higos secos, tabaco y torrefactos. Crianza íntegramente efectuada en barrica de roble americano. Marcada mineralidad. Astringencia muy domada, acidez media-alta y gran persistencia en el postgusto. Tremendo...


Tres añadas de Ignius

Una primavera lluviosa en 2014 se tradujo en una mayor afección del fenómeno conocido -con perdón- como "corrimiento fisiológico", un déficit de polinización y fecundación muy habitual en la Garnacha. Sin embargo no fue inconveniente para elaborar un total de 1032 botellas de Ignius 2014, visualmente muy similar a su predecesor de la añada 2013. Ligeramente reducido en el ataque, algo menos aromático y un poco cerrado de inicio. Ciruelas, lácticos y café con leche. Cremoso. Astringencia media-alta y moderada acidez. Persistencia media. Con vida y recorrido en botella. Paciencia... El adolescente Ignius 2015 fue el último vino que tuvimos ocasión de catar. Picota de capa alta con un juvenil menisco rubí. Todavía poco expresivo en nariz, mostró lo que cabría esperar de él. Frutas rojas, aromas fermentactivos y especiados. Algo más agreste en boca, con marcada astringencia y acidez alta. Démosle tiempo, se le prevé una gran longevidad. Para guardar varios años...

Para concluir este artículo, no se nos ocurre mejor modo que reproducir unas reflexiones del propio Javier Sanz, un filósofo que -para nuestra satisfacción- en algún momento tomó la decisión de convertirse en vino.

Poco más se puede añadir...