jueves, 27 de septiembre de 2018

> Cosas veredes, amigo lector...




En la España de las dehesas y los latifundios, en esas grandes extensiones donde el cereal es el cultivo mayoritario, las variedades de uva que se cultivan poco o nada tienen que ver con los viñedos más septentrionales. 

La Pardina, también denominada Albillo en Castilla y León, cepaje similar a la Airén extensamente cultivada en Castilla-La Mancha, es una variedad blanca muy aromática, productiva y de maduración temprana. Debido a su elevado contenido en glicerol con ella se elaboran vinos ligeramente alcohólicos, si se llevan las fermentaciones al extremo, o semidulces si el consumo de los azúcares por parte de las levaduras es detenido, tal y como sucede en este caso. La Cayetana, también conocida como Jaén, es asimismo otra casta blanca de elevada productividad muy extendida en Badajoz y Huelva. Aporta aromas neutros y su contenido en azúcares puede considerarse como elevado.

En Valencia del Ventoso (Badajoz) la Sociedad Cooperativa San Isidro elabora el vino que protagoniza la presente entrada y que curiosamente sale al mercado sin añada. Comercializado como IGP Extremadura (hasta hace poco VT. Extremadura) llegó a nuestras manos a modo de obsequio por parte de una buena amiga con raíces en tierras extremeñas. Aproximadamente mitad Pardina y mitad Cayetana, el Rivera Ardila Semidulce es en origen un blanco joven sin crianza, sin embargo la botella que descorchamos presentaba un color amarillo dorado muy intenso que nos hizo sospechar una moderada evolución. Se mostró visualmente limpio y brillante. En nariz reveló un punto reductivo con recuerdo a fósforos, persistente a pesar de una prolongada oxigenación en la copa. Al tiempo desplegó aromas a dulce de membrillo, miel de acacia, cera de abejas, mantequilla, yema tostada e incluso orejones. Entrada dulce en boca, conservando por fortuna una acidez media a la que se le debe atribuir todo el mérito de su supervivencia. Final levemente amargo de duración media. Algo desequilibrado, con un contenido alcohólico analíticamente bajo pero demasiado presente desde el punto de vista organoléptico.



Lejos de ser el resultado perseguido por el elaborador -se sobreentiende que es un vino destinado al consumo inmediato- no deja de sorprendernos gratamente cuál ha sido su evolución en botella. Observando su fase visual nos temimos estar ante un vino plano y carente de matices. Por fortuna no fue así. Ciertamente había perdido todos sus recuerdos frutales originales, ganando protagonismo esos aromas de evolución en botella que tanto nos gustan y que nos han hecho disfrutar en otras ocasiones. Merced a la conservación de esa interesante acidez, el paso por boca no resultó en absoluto pesado y aún se le podría catalogar como sugerente.

La cata de este vino nos ha resultado francamente útil para demostrarnos a nosotros mismos que todo vino, por muchas sospechas e incluso indicios de evolución que tengamos, merece siempre ser catado y analizado objetivamente. Es posible que nos llevemos agradables sorpresas, como ha sido en esta ocasión.

Cosas veredes, amigo lector, que farán fablar las piedras...



NOTA: La frase de cierre que también da título al presente artículo, se ha atribuido tradicionalmente al personaje de Don Quijote, aunque al parecer Cervantes nunca la llegó a escribir en su obra. Sí aparece una frase similar en el Romancero del Cid, la cual adaptada y modificada con el paso de los años ha llegado así hasta nuestros días. Tanto nos da, porque lo verdaderamente interesante es el significado de la misma, lo demás son disquisiciones literarias que tal vez deban ser tratadas en otro lugar.

lunes, 17 de septiembre de 2018

> Visita (inesperada) a Finca Constancia




Allí estábamos, en mitad de la meseta castellano-manchega, rodeados de parcelas de viñedo pero con nuestro coche delante de una barrera de acceso cerrada. 

Después de haber intentado comunicarnos sin éxito con la bodega durante los dos días anteriores, haciendo gala de una gran irresponsabilidad por nuestra parte, decidimos presentarnos allí a media mañana del primer domingo del mes de Septiembre. Cierto es que transitar en solitario por los caminos que llevan hasta las instalaciones de Finca Constancia es una sensación francamente placentera. El suave movimiento de las hojas de las vides, el sonido de las cigarras e incluso algún que otro asustadizo conejo recreaban un cuadro incomparable, una preciosa estampa que sin embargo se vio truncada ante la barrera de entrada. Lo teníamos merecido por impertinentes. Castigo divino, murmuró entre dientes alguno de nosotros.

Camino de acceso. Al fondo, las instalaciones de la bodega

Viñedo en espaldera

Profundamente apenados, resignados tan sólo a tomar algunas imágenes, más para aparentar que por otro motivo -la presencia en las redes sociales es inevitable-  nos entretuvimos fotografiando de lejos la bodega y algún viñedo de variedades inesperadas (Zinfandel, Malbec, Montepulciano) cuyo existencia en España desconocíamos, dejando pasar el tiempo porque poco más teníamos que hacer. En un momento dado, vimos a lo lejos una nube de polvo en el camino. Un vehículo se acercaba decididamente hacia donde nos encontrábamos, conducido sin duda por un trabajador de la bodega. Tras el más educado de nuestros saludos, le expusimos cortesmente nuestra situación y no sabemos cómo, pero se produjo el alineamiento astral que nos permitió acceder a las instalaciones. Increíble pero cierto. Una vez franqueada la entrada y aparcado el coche, salió a nuestro encuentro pipeta en mano Beatriz Paniagua -enóloga de Finca Constancia- con quien tuvimos ocasión de charlar muy brevemente, reclamada sin dilación por las primeras fermentaciones de la temporada. Nos quedamos en la agradable compañía de su marido, Carlos Capilla, enólogo y director técnico de la DO. Arribes de Duero, designado por ella con carácter urgente como nuestro acompañante y guía durante la visita. Vaya por adelantado nuestro más sincero agradecimiento a ambos.



Vista del viñedo desde la terraza de la bodega

Entre las cuencas de los ríos Tajo y Alberche, con la Sierra de Gredos al norte y los Montes de Toledo al sur, en el término municipal de Otero, se extienden las más de 200 hectáreas de viñedo propiedad de Finca Constancia, superficie más bien modesta si tenemos en cuenta que estamos en Castilla-La Mancha donde los grandes productores es habitual que superen el millar de hectáreas de viña cultivada. La bodega se diseñó siguiendo el estilo de los châteaux bordeleses, con las instalaciones para la elaboración en el centro de la finca y el viñedo a su alrededor, de tal manera que durante el periodo de vendimia, aún desde el punto más alejado, ningún remolque necesita más de diez minutos de traslado antes de descargar la uva. Son un total de 82 parcelas diferentes que se vendimian y vinifican por separado, de modo que la uva recogida en cada parcela tiene como destino un solo tanque de fermentación. Se elaboran por tanto "vinos de parcela" que expresan los distintos tipos de suelos antes que otros factores más constantes como la altitud o la orientación, en un terreno como éste prácticamente llano.

Variedades de uva por parcelas

El viñedo de Finca Constancia es como el edificio central de la ONU, con representación de muchos países. Tempranillo, Syrah y Cabernet Sauvignon son las variedades que ocupan más hectáreas, seguidas de Verdejo, Cabernet Franc y Moscatel. La superficie destinada al cultivo de Petit Verdot y Graciano no es de gran tamaño, pero a cambio la calidad de la uva, y por tanto de los vinos, es siempre excepcional. Las plantaciones de Chardonnay y Sauvignon Blanc destinadas a la elaboración de una segunda marca de vinos blancos, así como una pequeña viña de Garnacha plantada en vaso recientemente adquirida, completan la diversidad del variado viñedo de Finca Constancia.


Zona social

Wine Bar

El diseño de la bodega fue obra del arquitecto madrileño Gonzalo Tello, diseñador de cabecera de González-Byass, autor también de la bodega recientemente inaugurada en Rueda (Valladolid) y especialista en establecer modernas simbiosis entre los materiales de construcción y la naturaleza. En Finca Constancia se planteó la edificación de tres secciones, cada una con predominio de un material -madera, acero inoxidable y cristal- y destinadas a una actividad enológica diferente. De esta manera en la nave de elaboración predomina el acero inoxidable, en la de crianza domina la madera y en la de embotellado el cristal es el protagonista. La construcción se hizo con el mínimo impacto paisajístico, habilitando espacios subterráneos para no tener que construir hacia arriba y desde luego minimizando los bombeos durante los trasiegos de uva, mosto y vino. La zona social es amplia, luminosa y de un delicioso diseño. Salas de reuniones, salas de catas, tienda y un cómodo wine-bar proporcionan al visitante un remanso de tranquilidad donde poder degustar una copa de vino e incluso son utilizados para la celebración de eventos, bodas y presentaciones publicitarias.


Finca Constancia Selección

La adquisición de la bodega por parte del grupo jerezano González-Byass, durante ese periodo expansivo que le llevó a la compra o construcción de bodegas en varias denominaciones de origen españolas, marcó un antes y un después en el devenir de Finca Constancia. Hasta ese momento, el único vino que se elaboraba en las instalaciones de Otero era el Finca Constancia Selección, un coupage con predominio de la Tempranillo apoyada por otras variedades tintas (Cabernet Sauvignon, Petit Verdot, Graciano, Syrah y Cabernet Franc). La producción de este vino sigue siendo a día de hoy la mayor de la bodega, podríamos decir coloquialmente que es el que paga las nóminas y los créditos. En su favor añadiremos que es un valor refugio, un vino de impecable ejecución año tras año, con una presencia exterior muy elegante y una inmejorable relación calidad-precio. Tratándose de un ensamblaje tan numeroso evidentemente carece de matices varietales, pero es la clara demostración de lo que puede ser un vino español más que correcto, bien equilibrado y con el justo aporte de madera. 


Monovarietales de parcela

En la actualidad el equipo técnico de Finca Constancia explora cada año los resultados obtenidos tras las vinificaciones de determinadas parcelas escogidas, las niñas mimadas de la bodega. Así han visto la luz recientemente tres monovarietales, dos tintos y un blanco, que han sido bautizados con el número de parcela de la que procede la uva. Parcela 23 Tempranillo se elabora con las mejores uvas de esta variedad, cultivadas en suelos calizos, vendimiadas a mano en cajas, fermentación alcohólica en inoxidable, maloláctica en barrica y con 6 meses de crianza posterior en roble francés y americano. Parcela 12 Graciano es un vino original  e inédito, elaborado con esta variedad riojana cultivada sobre terreno granítico -herencia de la cercana Sierra de Gredos- vendimia manual y crianza durante 8 meses en barrica de roble francés. Parcela 52 Verdejo se elabora parte en inoxidable y parte en tina de roble, consiguiéndose tras el coupage final un vino con la fruta y la fresca acidez propias de la variedad adornado con esas sensaciones grasas y untuosas en boca provenientes de la madera.


Barricas giratorias para el Altos de la Finca


El vino de más alta gama de Finca Constancia es el Altos de la Finca, ensamblaje de Petit Verdot y Syrah (60-40) vendimiadas manualmente en cajas, elaborado mediante fermentaciones integrales en barricas giratorias de roble, prensado suave, maloláctica también en roble y crianza de 18 meses de nuevo en roble francés. Sus notas de cata pueden consultarse en este enlace. Es sin duda un vino que no deja indiferente: potente y especiado, pero aterciopelado y sugerente. Destinado a quien busca cosas novedosas y la Petit Verdot no es precisamente una variedad de uva muy habitual en el viñedo patrio. Quizás sea este uno de los vinos que más nos ha sorprendido últimamente, resultado de un trabajo meticuloso tanto en campo como en bodega. Un señor vino...

Fragantia Nº6

En las antípodas del anterior vino, se elaboran otros dos destinados al público más joven. Fragantia Nº6 y Fragantia Nº9 son respectivamente un  blanco de Moscatel y un rosado de Syrah, vinificados delicadamente, deteniendo la fermentación mediante camisas de frío para conservar parte del azúcar de la uva y con una sutil adición de carbónico justo antes del embotellado. Tuvimos el privilegio de poder catar directamente del depósito ese Moscatel, en uno de los detalles de calidad de la visita. El resultado es casi un refresco con bajo contenido alcohólico, el dulzor propio de un mosto y la alegría que proporciona el carbónico. Perfectos ambos para un aperitivo y con el claro objetivo de cautivar al consumidor menos habituado a tomar vino. Dictadura de las modas, adaptación al mercado actual o ambas cosas.


Microvinifaciones
Viñedo experimental

Sin embargo, el futuro de Finca Constancia parece dirigirse hacia la experimentación con nuevas variedades de uva, diferentes marcos de plantación así como distintas técnicas de poda y conducción de la vid. Cepajes como Zinfandel, Carmenere, Nebbiolo o Montepulciano están siendo cultivados desde hace unos años para ver su adaptación en tierras toledanas. Con las bayas recogidas en esos viñedos experimentales, el equipo técnico realiza microvinificaciones cada añada, sin que los resultados obtenidos hayan sido hecho públicos. Podría decirse que el estudio está todavía en pañales, pero no debería sorprendernos que de aquí a unos años la bodega ponga en el mercado algún monovarietal de Malbec, un coupage de variedades italianas o el primer Tannat elaborado en España. 

Hasta entonces seguiremos disfrutando de sus vinos de impecable elaboración y recordaremos con sumo agradecimiento las atenciones que nos dispensaron durante aquella mañana de domingo, porque las cosas agradables que no se esperan, sin duda se valoran el doble.



martes, 4 de septiembre de 2018

> De vinos por Córdoba



Durante los calurosos rigores del verano la ciudad de Córdoba permite una visita más sosegada, menos tumultuosa que en el primaveral mes de Mayo, esa época en la que los cordobeses engalanan aún más si cabe los patios de sus casas para recibir a los turistas en una fiesta consideraba por la UNESCO como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Por el contrario, los meses de Julio y Agosto exigen al visitante un esfuerzo añadido durante sus paseos por el barrio de la Judería, particularmente durante la tarde, en aquellos momentos en que el inmisericorde sol de Andalucía eleva el mercurio hasta sus máximos niveles para regocijo de las cigarras que cantan felizmente desde las ramas de los árboles en las riberas del Guadalquivir. Se torna en necesidad la búsqueda de la sombra, el salmorejo y la siesta, porque todo cobra sentido una vez que se ha vivido en primera persona dicha exigencia térmica.


Colorido patio cordobés

En esos instantes de abatimiento, cuando el sombrero y el abanico no dan más de sí, es una sabia decisión encontrar refugio en los bares y tabernas que por doquier pueblan las calles y plazoletas del centro de Córdoba. En el fresco interior de estos oasis con temperatura controlada, lo más habitual es que nos reciba un camarero ataviado con camisa blanca y delantal, precedido de la simpatía y cordialidad típicas de la zona. Si algo tiene la hostelería cordobesa es unos excelentes profesionales detrás de cada barra.  Nos asaltará en ese mismo momento una terrible duda acerca de lo que en realidad nos apetece, porque lo que el espíritu nos pide a gritos es una botella de agua helada o una jarra de cerveza -conocida como "maceta" por aquellas tierras- aunque dudaremos si debemos bebérnosla o si por el contrario es una idea aún mejor echárnosla "por todo lo alto", utilizando de nuevo una expresión genuinamente andaluza. Conviene tomarse un respiro y dejar que el cuerpo ponga en marcha sus innatos mecanismos de termorregulación antes de adentrarnos en el interesante mundo de los afamados vinos de Montilla-Moriles.


Botas de fino


Patio de las Reales Caballerizas

Al sur de Córdoba capital se extienden las 5000 hectáreas de la zona de producción de esta histórica denominación de origen que ya va camino del centenario. Los municipios de Montilla y de Moriles son las poblaciones con más renombre, pero existen un total de 17 localidades acogidas a esta DO. Veranos tórridos, largos y secos con una media de 3000 horas de insolación al año, seguidos de inviernos suaves y con una irregular pluviometría determinan la importancia de los suelos con predominio de la caliza, expuesta en las zonas de serranía o cubierta por otros mantos en las áreas más bajas y que actúa como reservorio de la humedad proporcionando el sustento a las vides durante la época más seca. La climatología y el suelo delimitan las variedades de uva que se cultivan. En los últimos años, el consejo regulador de la DO. Montilla-Moriles ha dado cabida a numerosas castas blancas (Airén, Verdejo, Moscatel, Torrontés, Chardonnay, Macabeo, Sauvignon Blanc), a pesar de lo cual la reina indiscutible sigue siendo la Pedro Ximénez. 


El cartel lo dice todo...

El origen de esta variedad de uva, con un nombre que bien podría pertenecer a un rejoneador, no está nada claro. Varias leyendas se transmiten de generación en generación sin que ninguna de ellas se concrete en hechos probados. Muy popular es la que narra cómo un soldado de los Tercios de Flandes la trajo a España desde Alemania durante el reinado de Carlos I, emparentando a la uva cordobesa con una prima lejana de la Riesling, pero hay muchas más, a cuál más fantasiosa y divertida. Lo verdaderamente importante es su arraigo y su aclimatación en tierras de Córdoba a partir del siglo XVI, para que a día de hoy podamos disfrutar de ella. Tradicionalmente los vinos más conocidos de Pedro Ximénez -PX a partir de ahora, para abreviar- se han elaborado dejando pasificar las uvas una vez vendimiadas tras alcanzar su madurez con su carga de azúcares al máximo. Esas bayas parcialmente deshidratadas durante su exposición al sol o "asoleo" se llevan a la prensa para obtener un mosto, en realidad casi una melaza, con el que se elaboran los famosos vinos dulces, con o sin crianza dinámica, sin dejar apenas cámara de aire en el interior de las barricas, minimizando así la oxidación para preservar el carácter frutal de la variedad, siendo esta la principal diferencia con los PX de Jerez mucho más oxidativos que los de Montilla-Moriles.


Vino de tinaja en rama

No obstante, aún siendo la más célebre, la descrita previamente no es la única forma de vinificar la PX. Con las uvas maduras recién vendimiadas las bodegas elaboran vinos blancos secos, en la actualidad en inoxidable y con todos los adelantos técnicos, pero antiguamente se realizaba en tinajas de barro semienterradas. Esta costumbre todavía se conserva a nivel particular e incluso en algunas tabernas es posible probar sus vinos jóvenes "de tinaja en rama", monovarietales de PX o en compañía de otras (Airén, Verdejo, etc). El que tuvimos ocasión de catar nos resultó francamente desconcertante. Visualmente opalescente sin llegar a ser turbio, con recuerdos terrosos y húmedos en nariz, ligero y poco voluminoso en boca, aunque refrescantemente ácido sin llegar a molestar. Casi seco en fase gustativa, con un sutil resto de azúcar que la confiere toda la gracia. Un vino extraño para nosotros, quizás por falta de costumbre.


 

Esos vinos base, que al igual que en Jerez se les denomina "mostos", deben ser clasificados antes de ser introducidos en las barricas  o "botas" para iniciar su crianza dinámica, siguiendo el sistema de criaderas y solera, también a imagen y semejanza de la denominación jerezana. Los mejores vinos destinados a crianza biológica "bajo velo de flor" se convertirán en Finos, que a diferencia de los de Jerez no se "encabezan" con alcohol vínico, no es necesario debido al elevado contenido alcohólico que se obtiene con la variedad Pedro Ximénez tras la completa fermentación de sus azúcares, resultando unos vinos organolépticamente más aromáticos y menos alcohólicos que los finos de Jerez. Si el desarrollo de la flor no es suficiente, esos vinos serán destinados a crianza oxidativa y se fortifican con alcohol vínico si es preciso, dando lugar a los Amontillados y Olorosos, según sus periodos de crianza dinámica, así como a los exclusivos y nada baratos Palo Cortado. También se elaboran y comercializan vinos generosos de licor como los Pale Cream, Medium y Cream, resultado de mezclar fino con mosto rectificado, fino con PX y oloroso con PX, respectivamente.


Dos Claveles muy bien acompañado

Sin embargo los tiempos han cambiado y el mercado impone sus reglas. La tendencia actual, particularmente entre los más jóvenes, es inclinarse por el consumo de vinos más ligeros y de bajo contenido alcohólico. En ese sentido, algunas bodegas de la DO. Montilla-Moriles han decidido reinventarse optando por la elaboración de vinos jóvenes semisecos, con algo de azúcar (natural o añadido), un producto muy comercial que rápidamente conquista y seduce, en particular a aquellos consumidores poco habituados a tomar vino. Un claro ejemplo es el Dos Claveles de Bodegas Toro Albalá, convenientemente refrigerado fue un excelente compañero para nuestras tardes y noches cordobesas, solo o acompañando a unas raciones, visualmente de un amarillo muy pálido, reveló flores blancas y frutas de hueso en nariz, acidez media y una entrada sutilmente dulzona en boca. Si a alguien no le gusta es porque no tiene suficiente sed. Parte de su éxito reside en la temperatura de servicio. Imprescindible el uso de cubitera así como refrescar el contenido de las copas cada poco tiempo. Siguiendo estas sencillas recomendaciones, una botella suele quedarse corta.

Cruz Conde Pale Cream

La coctelería es otra de las vertientes por explorar y en ese sentido de nuevo el público joven lleva la ventaja. Deliberadamente transgresores, no tienen prejuicios en atreverse a probar mezclas creativas tomando como base los vinos de Montilla-Moriles. Tan sólo la imaginación pone los límites, aunque a los más puristas les provoque algún que otro sarpullido. ¿Qué hay de malo en elaborar un cóctel con fino o en añadir a un oloroso hielo y una corteza de naranja? A decir verdad no es nada nuevo, las bodegas llevan años elaborando Pale Cream y Medium sin que nadie se lleve las manos a la cabeza, en realidad la única diferencia reside en si la mezcla se efectúa antes o después del embotellado. La eliminación de todos estos tabúes podría atraer a nuevos consumidores, porque al fin y al cabo, las bodegas viven de vender los vinos que elaboran.


Servicio de un Fiti-Fiti. Fuente: www.abc.es

En este contexto, a alguien se le ocurrió inventarse una nueva forma de beber fino y PX. No se sabe muy bien quién fue el responsable, tal vez alguien a quien el fino le parecía demasiado seco y el PX demasiado dulce, incluso pudo ser fruto del error al servir unas copas, quién sabe... El resultado fue el Fiti-Fiti, familiarmente incluso "fiti" a secas, derivación cordobesa del fifty-fifty anglosajón, es decir, mitad fino y mitad PX, servido en catavinos y a temperatura más fría que fresca, ya tendrá tiempo de atemperarse, algo así como un Medium en modo autodidacta. Obviamente las proporciones de cada vino pueden variar en función de las preferencias de cada uno. Hay quien opina que lo ideal es 2/3 de fino y 1/3 de PX, pero en ese caso hubiera sido mucho más complicado buscarle un nombre adecuado. Sus múltiples matices le abren un inabarcable abanico de posibilidades. El carácter seco y punzante del fino le permite servir de acompañante de tapas y aperitivos, pero la entrada dulce y melosa del PX lo convierte en un excelente vino para postres. Incluso puede funcionar bien a modo de copa tranquila, dejándolo expresarse con calma y permitiendole sacar esos aromas a dátiles, higos, café, miel de palma y chocolate tan característicos del PX, aunque sin olvidar por completo los frutos secos y la camomila presentes en el fino. En fase gustativa no resulta tan denso y cremoso como un PX, el fino le otorga frescura y fluidez, de manera que invita a tragos más largos. El anuncio "beber con moderación" adquiere en este caso su máximo sentido...



Para terminar este recorrido por los vinos cordobeses, haremos mención a los denominados hasta hace poco Vinos de la Tierra de Córdoba, ahora rebautizados como IGP Córdoba. Bajo la etiqueta de esta indicación geográfica protegida se elaboran rosados y tintos, con o sin crianza en roble, tomando como base variedades de uva foráneas (Cabernet Sauvignon, Merlot, Syrah, Pinot Noir) y variedades autóctonas (Tempranillo, Tintilla de Rota). Adolecen de la arrebatadora personalidad de los vinos de Montilla-Moriles, tanto por los cepajes empleados como por los procedimientos de vinificación y crianza. Son vinos menos sorprendentes, muy correctos si están bien elaborados, que son de Córdoba pero que bien podrían ser de cualquier otro lugar cálido -de hecho nos recordaron a vinos manchegos y sobre todo a vinos extremeños- corpulentos, con cierta sobremaduración y algo alcohólicos. Menos de una docena de bodegas repartidas por toda la provincia son las responsables de la comercialización de dichos vinos y la mayoría -por no decir todas- elaboran también vinos con Pedro Ximénez, dentro o fuera de la DO. Montilla-Moriles. Este hecho tiene una importancia capital, porque de ninguna manera es posible impedir que los exuberantes componentes aromáticos de la PX colonicen al resto de los vinos, aportándoles esos recuerdos dulzones y tostados que les hacen ser tan peculiares, mucho menos varietales pero indudablemente expresivos de su lugar de origen. 

Ponemos aquí punto y final a este breve recorrido por tierras cordobesas, aunque se nos quedan muchos detalles en el tintero. No hemos entrado en el fondo de las elaboraciones, ni pisado los suelos calizos de los viñedos, nos ha faltado catar más vinos en rama y cientos de cosas más. Sin embargo, aunque el eslogan se acuñó hace muchos años para una marca de Jerez, nos tomaremos la licencia de afirmar que una copa de Pedro Ximénez es la mejor manera de disfrutar del sol de Andalucía embotellado...