martes, 24 de septiembre de 2019

> Notas de cata: Hacienda López de Haro Blanco 2017




El mercado de los vinos blancos cada día se polariza un poco más. En un extremo se sitúa el consumidor ajeno a todo tipo de complicaciones que simplemente desea disfrutar con una refrescante copa de vino blanco sin entrar en disquisiciones aromáticas y que apenas exige una nariz atractiva, un paso por boca agradable y una relación calidad-precio acorde al placer que se le proporciona. En el extremo opuesto está aquel enoaficionado que demanda blancos complejos, grasos, con prolongada evolución en copa, más gastronómicos, con más crianza o elaborados con variedades menos habituales. Este segundo perfil está a su vez dispuesto a invertir mayores cantidades de dinero en una botella, convirtiéndose en el teórico cliente ideal para una bodega. ¿O tal vez esta aseveración no es del todo cierta?


Regresan los blancos riojanos, si es que alguna vez se fueron...

La rentabilidad de una bodega -dejando humildemente a un lado cualquier reflexión sentimental- pasa por vender cada año el vino que elabora. Se puede vender pocas botellas a un alto precio o se puede vender a precio más bajo un número considerable de las mismas. Cada productor elige qué quiere hacer, siempre teniendo en cuenta sus costes, márgenes comerciales y demás factores de la ecuación. Como tantas cosas en la vida, en el medio suele encontrarse la virtud, así que excepto algunos privilegiados de renombre, la mayoría de bodegas optan por elaborar -al menos en territorio español- vinos de clase media, resultones y atractivos, con cierta personalidad, cuanto más distintos a los de la competencia tanto mejor, pero sin olvidar que el mercado nacional no está -ni estará preparado en muchos años, nos tememos- para vinos blancos a precios desorbitados.


  

Un claro representante de esta clase media es el vino que protagoniza este artículo. El Hacienda López de Haro Blanco 2017 está elaborado por el Grupo Vintae en Bodega Classica situada en lo alto de una loma sobre un meandro del río Ebro a su paso por San Vicente de la Sonsierra (La Rioja). Ensamblaje de Viura y otras variedades blancas autóctonas -Malvasía y Garnacha Blanca principalmente- con un breve paso de 2-3 meses de crianza por barrica de roble francés. Amarillo dorado de capa media en fase visual, limpio y brillante, en nariz nos recibió con recuerdos de cera de vela recién apagada, dando paso al poco tiempo a manzanas asadas, tomillo y un fondo de taller de ebanistería. En boca se mostró con una acidez media, un paso alegre más bien estrecho y un ligero amargor final con recuerdos a cáscara de limón y pomelo que le confiere más longitud. 

De impecable elaboración, resulta complejo e interesante sin perder un ápice de facilidad en su paso por boca. Si a ello unimos una presentación fácilmente reconocible y una excelente relación calidad-precio, nadie puede poner en duda que es un vino que tiene el éxito garantizado.


Paisaje desde Bodega Classica (San Vicente de la Sonsierra)


viernes, 6 de septiembre de 2019

> De vinos -y algo más- por Granada



Desde el punto de vista turístico, visitar Granada siempre resulta excitante. Su poderoso pasado histórico y cultural -representado por el majestuoso conjunto monumental de la Alhambra y el Generalife, sin olvidar la imponente Catedral de la Encarnación y la Capilla Real de los Reyes Católicos- justifica plenamente una escapada a la capital granadina.


Exterior de la Capilla Real de los Reyes Católicos

Vista del Albaicín desde la Alhambra

Restaurante-cueva en el Sacromonte

El peculiar urbanismo de ciertos barrios también tiene su atractivo. Es el caso del Albaicín, erigido siguiendo el trazado de un antiguo asentamiento musulmán sobre la colina que domina la margen derecha del río Darro, con esas cuestas empedradas, laberínticas e imposibles de memorizar para ningún turista. Lo mismo puede decirse del barrio del Sacromonte, cuna del pueblo gitano de Granada, donde las casas son mitad construcción y mitad cueva excavada directamente en la montaña y en el interior de las cuales se puede asistir a espectáculos de flamenco bajo los mismos techos de piedra que vieron nacer este arte folclórico tan apreciado dentro y fuera de nuestras fronteras.


Patio de la acequia en el Generalife

Flores en los jardines de la Alhambra

Granada indudablemente tiene un magnetismo único, fruto de esa mezcolanza de culturas y religiones que un siglo tras otro han ido dejando su huella en las costumbres y en la gastronomía. Pasear por la ciudad es un constante estímulo visual pero también olfativo. En los jardines de la Alhambra y del Generalife cada rincón desprende el aroma de una flor distinta, en especial a primera hora de la mañana, con la tierra todavía húmeda, cuando los primeros rayos de sol inciden sobre las plantas aún frescas por el rocío de la noche. 

Interior de una tienda en la Alcaicería
Especias

Al mediodía los aromas más interesantes se pueden percibir en la Alcaicería, antiguo mercado de estrechas callejuelas al lado de la Catedral y del Palacio de la Madraza, donde las tiendas dedicadas al repujado de la piel y a la antigua artesanía de taracea se intercalan con los comercios de venta de especias. Estos últimos no son los más numerosos, pero su presencia aromática es notoria en cada callejón y traslada olfativamente al visitante a tierras exóticas y lejanas. 


Hammam antiguo de la Alhambra

Imágenes aromáticas en El Patio de los Perfumes

La tarde es el momento idóneo para el acicalado y el cuidado corporal, así que puede ser una buena opción dirigirse a alguno de los baños árabes que ofrece la ciudad para recrear el antiguo rito del hammam, donde las sensaciones olfativas van de la mano de las tactiles e incluso de las auditivas. Otra alternativa, más seca y menos costosa, es dar un paseo por la orilla del río Darro y disfrutar de algunos comercios dedicados a la elaboración de perfumes. Alguno incluso ofrece la posibilidad de acceder a los patios interiores, al taller del perfumista y a un museo del perfume.



Una noche en el Albaicín: té, dulces y narguile

Siempre nos ha llamado la atención el modo en que cambian las calles durante la noche, pero esta circunstancia nos ha parecido todavía más acusada en Granada. Hay comercios cerrados durante el día, ocultos por una persiana o unas tablas de madera, que cuando se pone el sol vuelven a la vida. Es el caso de las teterías de las calles bajas del Albaicín, pequeños locales decorados con sumo gusto donde es posible disfrutar de un té y unos dulces árabes mientras se comparte una pipa de agua, también denominada narguile, shisha o cachimba. Son lugares donde el visitante debe acostumbrarse a detener el tiempo, a hablar en voz baja y deleitarse con sabores, aromas y evocaciones que recuerdan a tiempos pasados, a países lejanos, y que sin embargo es posible disfrutarlos a día de hoy en el centro de Granada.


Patio de los Leones, imagen icónica de La Alhambra
Patio de los Arrayanes

Sin embargo, la ciudad de la Alhambra no es un destino precisamente habitual para los que buscamos -como es nuestro caso, casi de manera obsesiva y enfermiza- atractivos relacionados con el vino. Y no es la climatología la responsable de este palpable abandono del consumo de vino de calidad en beneficio de la cerveza -por cierto, magníficamente tirada incluso en la tasca más pequeña- pues siguiendo ese razonamiento, en la vecina y aún más calurosa Córdoba no deberían reinar como lo hacen los vinos de Montilla-Moriles. Es más bien una influencia cultural, en parte consecuencia de los miles de visitantes que la ciudad de Granada recibe cada año -muchos de ellos jóvenes universitarios- lo cual unido a la mínima presencia de vinos autóctonos en la oferta hostelera, decanta claramente la balanza hacia el lado de la cebada fermentada y los refrescos. 


Platos típicos de la cocina granadina y copa de sangría

Como en cualquier otro lugar turístico de la geografía española, es imposible no encontrar tarde o temprano una pizarra con letras de colores donde se anuncien cócteles que tienen al vino como protagonista en su elaboración. La sangría y el tinto de verano son los más populares y sorprende que después de tanto tiempo sigan siendo los preferidos por el visitante extranjero. Si el fin justifica los medios, resulta indudable que esos brebajes sirven para animar al consumo de vino, otro asunto bien distinto es la calidad del vino empleado. Es cierto que después de una calurosa jornada, el cuerpo pide un trago refrescante y los combinados en cuestión satisfacen a todo el mundo, así que no nos reprimimos y decidimos disfrutar de una sangría que prácticamente era una macedonia con vino y hielo.


En cuanto a la procedencia de los vinos presentes en las barras de los bares y tabernas, se impone la dictadura de las tres erres -Rioja, Ribera y Rueda- con alguna honrosa presencia de vinos propios de la zona, escasamente ofrecidos por los camareros. Con cierto interés y perseverancia por parte del comensal, es posible encontrar algún vino autóctono, aunque no abundan. Granada cuenta con más de 5000 hectáreas de viñedo y las 60 bodegas que hay en la actualidad elaboran sus vinos con el sello de la DOp. Granada o con la garantía de alguna de las tres IGPs de la provincia -Altiplano de Sierra Nevada, Cumbres del Guadalfeo y Laderas del Genil. Se elaboran vinos tranquilos con y sin crianza, espumosos y vinos de vendimia tardía, como ese blanco semidulce que ilustra la imagen de más arriba. En relación a los precios, no se puede decir que sean comedidos, algo tal vez motivado por la tradición de acompañar cada bebida con una tapa sin cargo adicional, costumbre que no deja de ser un arma de doble filo. No suele existir una carta de tapas, siendo la cantidad y la calidad de las mismas muy variable. Algunos establecimientos son más generosos que otros, pero esa información no suele estar al alcance del turista. 


Vermut en Bodegas Castañeda

Tras varios e infructuosos intentos, por fin tuvimos la oportunidad de encontrar un rincón con la suficiente habitabilidad como para poder tomar algo -por supuesto de pie, porque conseguir una mesa es imposible- en Bodegas Castañeda, el templo más genuino del taperío granadino. Guirnaldas, farolillos, azulejos y cabezas de toro orlan sus paredes. Varias barricas tras la barra han visto pasar mil veces a una legión de camareros con sus camisas blancas. Dada la hora y absolutamente abducidos por la atmósfera taurina, nos entregamos al gozo y disfrute de un vermut casero de esos que recuperan a cualquier enfermo, preparado en décimas de segundo y servido como acompañamiento a una tapa de arroz con carne. Somos conscientes de que el vermut es en realidad el lado oscuro del vino, su vertiente más aliñada y la que permite menos interpretación en su cata, pero en aquel momento, sumergidos en ese ambiente bullicioso, nos pareció la mejor de las elecciones.



Curiosa colección de botellas antiguas

Jamón ibérico y palo cortado. ¡Olé!

Justo en la calle paralela, hay otro establecimiento que a pesar de su nombre no debe confundirse con el anterior. Antigua Bodega Castañeda es más restaurante que taberna, dispone también de más espacio y de terraza exterior, aunque ya no tiene esa autenticidad cañí. Lo propio es pedir unas raciones y tomarlas con calma, nada que ver con el frenesí y el ajetreo del otro local. En la cristalera exterior llama la atención una interesante colección de botellas antiguas, recuerdos del pasado tabernario y vinatero de varias generaciones de granadinos. A la hora de pedir apostamos por un caballo siempre ganador: ración de jamón ibérico y palo cortado de Montilla-Moriles, una combinación insuperable. 





Un breve desplazamiento de escasos cincuenta metros nos llevó hasta Taberna Salinas, un establecimiento con menos solera pero con una amplia carta de raciones, muy buen servicio y precios más ajustados. Allí por fin, después de calmar la sed con un par de cervezas, pudimos catar con tiempo un vino tinto de la zona que nos recomendaron: Muñana Rojo.  Ubicadas en la Finca Peñas Prietas en la localidad de Graena, Bodegas Muñana son propiedad desde Octubre de 2017 del empresario suizo Urs Hess. Sus 180 hectáreas de viñedo, junto con las 40 hectáreas de olivar, la convierten en la bodega más grande de la provincia de Granada con viñedo en propiedad. Situadas a 1200 metros de altitud sobre suelos arcillosos, gozan de abundantes horas de sol, gran amplitud térmica y proximidad al mar Mediterráneo, condiciones que permiten conseguir procesos de maduración lentos y graduales. La vendimia es manual en cajas, con una productividad máxima de 2 kilogramos de uva por cepa. La crianza en barricas de roble francés y americano se realiza en la oscuridad de cuevas subterráneas con temperatura y humedad constantes durante todo el año. Cultivan variedades blancas -Sauvignon Blanc, Chardonnay, Moscatel- y tintas -Cabernet Sauvignon, Monastrell, Merlot, Tempranillo, Syrah, y Petit Verdot.


      

El Muñana Rojo 2015 se mostró en la copa de un intenso color rojo picota de capa media-alta con ribete granate. Frutas rojas y negras en nariz, con acompañamiento de tostados, notas balsámicas y chocolate. Sabroso y opulento en boca, bastante redondo aunque algo cálido, con el indudable carácter de los tintos del sur. Inconfundible la presencia vegetal de la Cabernet Sauvignon y la potencia de la Monastrell, algo menos reconocible y evidente la Tempranillo. Excelente trabajo de crianza en roble, con taninos muy domados sin perder un ápice de estructura. Así como los tintos cordobeses nos recordaron en parte a los de Extremadura,  tal y como detallamos en una entrada anterior, este tinto del Altiplano de Sierra Nevada nos trasladó un poco más hacia el este, concretamente a esas tierras del interior murciano de las denominaciones de Bullas y Jumilla.

Concluimos aquí la crónica de nuestro breve paso por Granada, dejando en el tintero unas cuantas cosas interesantes que quizás en el futuro se materialicen en un nuevo artículo. Pero esa es otra historia -como escribía Michael Ende al final de cada capítulo de su libro La Historia Interminable- y debe ser contada en otra ocasión...

La Alhambra desde el Mirador de San Nicolás

martes, 20 de agosto de 2019

> La leyenda de Pyrene




La cultura popular del Pirineo está repleta de leyendas y tradiciones, muchas de ellas casi olvidadas con el discurrir del tiempo, en parte por la desaparición de las personas mayores que en realidad eran los verdaderos depositarios de este tipo de relatos y los responsables de trasmitirlos a los niños en forma de cuentos. En la narración de estas fábulas se acostumbraba a entremezclar verdades y mentiras, hechos históricos y figurados, personas y deidades mitológicas. Prácticamente cualquier cosa tenía cabida con la única finalidad de que la narración resultara atractiva para todo aquel que estuviera dispuesto a escucharla.


Ibón de Plan o Basa de La Mora

Muchas de estas leyendas han llegado hasta nuestros días e incluso han derivado en nombres de barrancos, montañas o valles. Es el caso del Ibón de Plan -más conocido como Basa de La Mora- lago de montaña situado a casi 2000 metros de altitud en el Valle de Gistaín a los pies del Macizo de Cotiella y que encierra una leyenda protagonizada por una princesa árabe cuya figura puede ser observada -exclusivamente por los limpios de corazón- saliendo de las aguas cada noche de San Juan, rodeada de joyas y serpientes de colores, mientras ejecuta una hipnótica danza que es capaz de hechizar a quien la contempla.



Miles de años atrás, en esa época perdida en la noche de los tiempos, durante aquellos siglos en que la Tierra no era más que el patio de recreo de los dioses, el norte de la actual península ibérica pertenecía a Túbal, uno de los nietos de Noé. A la hija de Túbal -la hermosa princesa Pyrene- no le faltaban pretendientes, aunque ella reservaba su amor para Hércules, el héroe con quien Pyrene se encontraba en los bosques a espaldas de su padre. Sin embargo, como tantas veces sucede, esta relación no tenía el beneplácito de Túbal, de manera que cuando éste se enteró de la historia amorosa de los jóvenes, desterró a Hércules para mantenerlo alejado de su hija. Sumida en la tristeza por verse alejada de su amado, Pyrene huyó a las montañas donde enfermó gravemente. Avisado Hércules de los males de la princesa por uno de los animales del bosque, apenas llegó a tiempo para verle exhalar su último suspiro mientras una lágrima resbalaba por su rostro hasta caer sobre unas flores que inmediatamente se marchitaron. Abatido y roto de dolor por la pérdida de su amada, decidió darle sepultura allí mismo y cubrió el cuerpo de Pyrene con rocas de grandes dimensiones que con el paso del tiempo conformaron la actual cordillera de los Pirineos. 


  


Irremediablemente seducidos por su nombre, adquirimos una botella de Pyrene, elaborado con Chardonnay y Macabeo en proporciones desconocidas. Blanco sin crianza, perteneciente a la DO. Somontano. Botella borgoñona de color caramelo y tapón sintético de calidad media. Visualmente de un amarillo verdoso con ribete plateado, recuerda a flores amarillas y blancas en nariz, también manzana Golden y pera Conferencia. Piña, yogur de limón y un recuerdo mineral. Refrescante acidez media-alta en fase gustativa, aunque algo cálido en su paso por boca. Notable persistencia y con un ligero amargor final en el postgusto. En general resulta agradable -cumple con holgura lo que se espera de él- aunque le vendría bien algo más de complejidad.


Peña Montañesa

Aún hay quien piensa que -observando con atención las montañas- es posible deducir el lugar exacto en el que yace el cuerpo de la princesa. Muchas son las ubicaciones con las que se ha especulado, y algunos han querido creer que Pyrene duerme su sueño eterno cerca de la localidad de Aínsa y que la Peña Montañesa, con su inconfundible silueta de mujer dormida, oculta la belleza eterna de la más hermosa princesa del Pirineo. Sin embargo, nosotros creemos que un personaje tan emblemático, capaz de regalar su nombre a la más preciosa cordillera de España, merece para su descanso un lugar verdaderamente imponente y éste sin duda deberían ser las cumbres del Parque Nacional de Ordesa, el macizo calcáreo más alto de Europa, una formación rocosa coronada por tres cimas conocidas como las Tres Sorores -Monte Perdido, Cilindro y Pico Añisclo- montañas que indudablemente sólo pudieron ser erigidas por la fuerza sobrehumana de Hércules en el empeño de dar sepultura a su amada. 



Valle de Ordesa. Al fondo, las Tres Sorores

En agradecimiento por tan maravilloso mausoleo, el alma de la princesa hace brotar cada primavera miles de lirios en aquellas laderas -una auténtica alfombra azulada sobre la hierba verde- y ocasionalmente, para que todos los visitantes recordemos su historia, una vez entre un millón, nace un lirio de color blanco como la nieve, en memoria de aquella última lágrima que derramó la princesa Pyrene. 




lunes, 29 de julio de 2019

> Cata vertical inversa de Ignius en Vinos Botica




No es posible comprender los vinos de Ignius si no se conoce personalmente a Javier Sanz.

Parafraseando a un buen amigo, más que un elaborador podría decirse que Javier es un "hacedor" de vinos. Su proyecto se inició hace tres decenios y comenzó donde todo debe comenzar: en el viñedo. Treinta años lleva Javier intentando comprender a sus viñas, veinte trabajando en la bodega y solamente diez -como si fuera poco- elaborando vino. Cuenta en la actualidad con 14 hectáreas de viñedo, inicialmente en cultivo de modo convencional aunque en una clara transición a cultivo de residuo cero en producto. Mínimamente intervencionista por principios -en sus propias palabras es el vino quien decide lo que quiere ser- Javier es un elaborador de acompañamiento, casi vocacional, que permanentemente fija la vista en el pasado, en la memoria de sus ancestros y que persigue con ahínco rememorar los aromas tradicionales de Almonacid de la Sierra. Sus viñas se asientan sobre dos tipos de suelos, carbonatados y ligeramente alcalinos unos, silíceos y algo más ácidos otros.  La altitud y la orientación en la que se ubican las parcelas, todas ellas en la Sierra de Algairén, determina absolutamente el resultado. El ensamblaje de uvas procedente de parcelas de ambos tipos, compensando unas con otras es donde reside la principal dificultad para obtener cada año un vino equilibrado.


Viñedos en la Sierra de Algairén

Con potencial para vendimiar más de 80000 kilogramos al año, en realidad sólo se recogen unos 35000 como consecuencia del aclareo de racimos, y de ellos aproximadamente 2500 kilogramos de uva se utilizan en la elaboración de Ignius, el resto se vende a otros productores de la zona. El cultivo tiene certificación ecológica e inspiración biodinámica. En las calles del viñedo se deja crecer una gramínea llamada avena fatua, planta que cuenta con un poderoso sistema radicular que ayuda a movilizar componentes desde lo más profundo del suelo para ponerlos a disposición de las vides vecinas, un claro ejemplo de simbiosis vegetal de la que Javier se aprovecha. La vendimia se realiza manualmente en cajas al amanecer y las uvas permanecen varias horas en el interior de la bodega antes de ser despalilladas, persiguiendo una aclimatación térmica que permite que las bayas se acostumbren a su nueva casa, como cualquier ser vivo después de un largo viaje. La elaboración de Ignius supone invertir 10-12 meses en inoxidable, 14-16 meses en barrica, otros 8-10 meses más de nuevo en inoxidable para afinarse y aún le espera al vino un mínimo de permanencia en botella durante 12 meses antes de salir a la venta. El tiempo lo es todo para Javier y su vino, de hecho sólo se realiza decantación natural, sin filtrado de ningún tipo, para lo cual el paso de las semanas, los meses y los años es absolutamente imprescindible. Javier acostumbra a decir que él no se dedica a elaborar vino, sino que se limita a "encerrar tiempo en una botella". Precioso...


Un regreso al pasado: crianza en tinajas de barro.

Un par de nuevos proyectos a medio plazo rondan por la cabeza del siempre inquieto Javier. Uno de ellos es la elaboración de un monovarietal de Vidadillo -variedad en recuperación autóctona de Almonacid de la Sierra- para lo cual hace tiempo que se está trabajando en ciertas parcelas. Francamente interesante, el otro proyecto persigue la elaboración de un vino con crianza en tinajas de barro que además se pretende que sea comercializado también en botella de cerámica. Una ofrenda al suelo que provee de los frutos y que también merece cobijar el vino elaborado con ellos hasta el mismo momento de su consumo. Estamos en condiciones de adelantar que este segundo vino con tan peculiar crianza, no dejará indiferente a nadie. Esperaremos ansiosos el momento en que ambos vean la luz, por el momento nos conformaremos -que no es poco- con detallar las notas de cata de las tres añadas consecutivas de Ignius que tuvimos ocasión de disfrutar en Vinos Botica, una coqueta vinoteca situada en pleno casco antiguo de Zaragoza que cuenta con una acogedora sala subterránea para realizar catas. 


Vimos Botica

Sala de catas 

En esta ocasión la cata vertical de tres añadas consecutivas -al contrario de lo que suele ser habitual- se diseñó de modo inverso, es decir, comenzando por el vino de más edad y terminando por el menos evolucionado. El Ignius 2013, del se elaboraron 2222 botellas, se mostró de un intenso color rojo picota de capa altísima con ribete granate insinuando algún reflejo teja. Recuerdos de bombones Mon Cheri y frutas negras. Higos secos, tabaco y torrefactos. Crianza íntegramente efectuada en barrica de roble americano. Marcada mineralidad. Astringencia muy domada, acidez media-alta y gran persistencia en el postgusto. Tremendo...


Tres añadas de Ignius

Una primavera lluviosa en 2014 se tradujo en una mayor afección del fenómeno conocido -con perdón- como "corrimiento fisiológico", un déficit de polinización y fecundación muy habitual en la Garnacha. Sin embargo no fue inconveniente para elaborar un total de 1032 botellas de Ignius 2014, visualmente muy similar a su predecesor de la añada 2013. Ligeramente reducido en el ataque, algo menos aromático y un poco cerrado de inicio. Ciruelas, lácticos y café con leche. Cremoso. Astringencia media-alta y moderada acidez. Persistencia media. Con vida y recorrido en botella. Paciencia... El adolescente Ignius 2015 fue el último vino que tuvimos ocasión de catar. Picota de capa alta con un juvenil menisco rubí. Todavía poco expresivo en nariz, mostró lo que cabría esperar de él. Frutas rojas, aromas fermentactivos y especiados. Algo más agreste en boca, con marcada astringencia y acidez alta. Démosle tiempo, se le prevé una gran longevidad. Para guardar varios años...

Para concluir este artículo, no se nos ocurre mejor modo que reproducir unas reflexiones del propio Javier Sanz, un filósofo que -para nuestra satisfacción- en algún momento tomó la decisión de convertirse en vino.

Poco más se puede añadir...





lunes, 15 de julio de 2019

> Aproximación a los vinos de Portugal: cata en Wine Not?


El histórico aislamiento de Portugal en el extremo occidental de Europa -curiosamente siempre más vinculado a Reino Unido que al resto del continente europeo- ha convertido a nuestro querido vecino del oeste en el último reducto de las variedades autóctonas. Nada menos que 250 castas propias de uva hay registradas en Portugal, aunque algunas de ellas corresponden a cepajes ibéricos que en tierras lusas fueron rebautizados después de su introducción. De unos años a esta parte, la gradual incorporación de variedades foráneas principalmente francesas -Syrah, Chardonnay, Cabernet Sauvignon- anima a las bodegas a abandonar la tradicional costumbre portuguesa de elaborar vinos en ensamblajes múltiples, en beneficio de la elaboración de monovarietales, más aceptados comercialmente sobre todo a nivel internacional.

Mucho se habla de Francia, España e Italia como productores de vino, pero muy poca gente sabe que Portugal tiene el honor de encabezar el ranking de consumo medio de vino anual por habitante en Europa. La mayor parte de la producción portuguesa -unos 6 millones de hectolitros anuales, algo así como la quinta parte de la española- se destina al consumo dentro de sus fronteras, tal vez con las únicas excepciones del Oporto, del Vinho Verde y de los vinos del Alentejo, que disfrutan de una cuota interesante en los mercados internacionales. Tradicionalmente el consumo de vino en Portugal ha sido por proximidad, se consume el vino de la región y habitualmente sin crianza, porque tiene un componente cultural, forma parte de la costumbre y armoniza cariñosamente con la gastronomía del país.




Existen grandes diferencias orográficas, edafológicas y climáticas entre unas zonas vitivinícolas y otras, algo lógico si se tiene en cuenta la geografía portuguesa, los numerosos cursos fluviales que atraviesan el país de este a oeste y los kilómetros de litoral expuesto a la influencia del Océano Atlántico. Comenzando por el norte, el Vinho Verde quizás sea el vino portugués más conocido. Se produce en el extremo noroeste, justo al sur del río Miño que hace de frontera natural con Galicia. Su nombre procede de la antigua costumbre -en la década de los 50 del siglo pasado- de vendimiar muy prematuramente, incluso en el mes de Junio, probablemente con un gran porcentaje de uvas inmaduras, obteniéndose así unos vinos baratos, de gran volumen y marcada acidez.  En la actualidad el Vinho Verde nada tiene que ver con aquello, sigue habiendo quien elabora para grandes cadenas de distribución y en ese caso el precio lo dictamina todo, pero cada vez son más numerosas las bodegas que apuestan por la calidad y gradualmente el Vinho Verde va ganando ese prestigio que nunca debió perder. Climatológicamente es una zona de influencia atlántica y con generosa pluviometría. Las variedades más habitualmente empleadas son Lourerio, Treixadura, Albarinho, Avesso y Arinto. Su elaboración es sencilla, exclusivamente en inoxidable mediante un proceso de maceración carbónica espontánea. Catamos el conocido QG 2018, monovarietal de Loureiro sin crianza que en nariz mostró un predominio de frutas de hueso. Herbáceo y fresco, con un ligero resto de carbónico e incluso una pizca de azúcar residual que lo hacen sumamente fácil. Acidez moderada muy agradable. Sutil amargor final y sorprendente persistencia en el postgusto, mucho más largo de lo esperado.



Por el contrario, la región de Dao es completamente interior y sus vinos carecen de esa influencia marítima. Es una zona montañosa y ventosa, con menor pluviometría, situada al sur del Duero. Su embajador en esta cata fue el Quinta da Garrida Reserva 2017, monovarietal de Encruzado con 6-12 meses de crianza en barrica. Recuerdos de quesería, membrillo y flores blancas. Acidez media. Postgusto medio. Más serio y sobrio, nada que ver con el anterior. Desconocida para nosotros esta variedad de uva, menos folclórica en nariz pero con más recorrido y capacidad de guarda. 



Igualmente sin litoral, la región de Bairrada, casi en la misma latitud que la región de Dao, situada entre ésta y la costa, tiene un clima atlántico bastante exigente aunque de temperaturas suaves y moderada precipitación. Tradicionalmente se elaboran vinos espumosos, aunque catamos un blanco sin crianza, el Eskuadro Kompassu 2016, coupage de María Gomes, Arinto, Bical y Cercial en proporción aproximada 50-20-20-10. Cada variedad se vendimia por separado según su grado de madurez. El resultado es un vino alegre y divertido, con unos cítricos marcados sobre un fondo ligeramente amargo que recuerda a la cáscara de limón. Bajo contenido alcohólico y refrescante acidez. Mineral y marino. La presentación en una botella azulada ayuda a dotarle de esa sensación fresca y oceánica.



La región meridional del Alentejo ocupa casi una tercera parte del país y se divide a su vez en ocho subregiones. Mayoritariamente llana, con suaves colinas y ondulaciones, disfruta de un clima en general cálido, complicado para el cultivo de variedades blancas y donde predomina la elaboración de vinos tintos, frutales y fáciles de beber, aunque en los últimos años son cada vez más numerosos los productores que incorporan en sus ensamblajes variedades internacionales con la intención de dotar a sus vinos de una mayor longevidad a la par que ampliar cuota de mercado fuera de Portugal. En ese sentido el Heredade de Servas 2015 es un claro representante de los nuevos vinos de alentejanos. Coupage de variedades autóctonas -Touriga Nacional, Alicante Bouchet, Trincadeira- a las que se suma la Cabernet Sauvignon con posterior crianza durante 12 meses en barrica. Algo cerrado de inicio, mostró frutas negras y hojas de tabaco. Acidez media y astringencia media en boca. Un más que correcto trabajo en este tinto del Alentejo que se adelanta al futuro. 


Garnacha Tintorera. Fuente: vitivinicultura.net

La Garnacha Tintorera es una variedad originaria de Francia donde nació con el nombre de Alicante Bouchet. Abandonado su cultivo allí, fue adoptada en el sureste de España y en el Alentejo portugués, siendo en este último donde ha demostrado una mejor adaptación. A diferencia de otros monovarietales de este cepaje catados con anterioridad -españoles, no portugueses- donde la astringencia y los taninos secantes eclipsaban al resto de sensaciones, el Vidigueira 2015 nos resultó absolutamente sorprendente. Este último vino de la cata se mostró inicialmente con un ataque levemente alcohólico que dio paso a fruta roja, mentolados y chocolate con leche. Acidez media-alta. Muy redondo y amable. Y todo ello a pesar de tratarse de un semicrianza con tan sólo 6 meses de permanencia en barrica. Magia portuguesa aplicada a la vinificación de la Garnacha Tintorera.

Ponemos aquí el punto y seguido a esta primera aproximación a los vinos portugueses, un maravilloso universo tan cercano como desconocido y que durante tanto tiempo ha sido injustamente ignorado por el consumidor español. Tal vez haya llegado el momento de que comencemos a darle su importancia y a ponerlo en su justo valor.

Nunca es tarde si la dicha es buena -dice el sabio refranero hispano- y a la vista de los vinos que tuvimos ocasión de disfrutar durante la cata en Wine Not?, podemos sin duda afirmar que la dicha, más que buena, será excelente...