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jueves, 14 de octubre de 2021

Visita a Bodegas Torrealbilla



La ruta natural para viajar hasta el Real Monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe en Cáceres desde el centro de la península obliga a cruzar en algún momento el cauce del rio Tajo. En la actualidad, con las modernas infraestructuras, tal impedimento no supone ninguna dificultad, pero al principio del siglo XIV el asunto era diferente. En aquel tiempo don Pedro Tenorio, Arzobispo de Toledo, tenía propiedades en la localidad toledana de Alcolea de Tajo y decidió que la construcción del puente para cruzar el rio se realizara -casualmente- cerca de sus tierras. En el año 1380 se iniciaron las obras de un puente fortificado con dos torres de sillería de granito sobre el río Tajo, límite natural entre las provincias de Toledo y Cáceres. Como era de esperar, en torno a ese lugar comenzó a crecer una aldea de trabajadores, artesanos y canteros, todos ellos vinculados a la construcción del puente. Tras éstos llegaron los comercios, las cantinas y demás negocios, surgiendo de manera espontánea y natural una nueva localidad a la que con el  paso del tiempo se le dio -como es lógico- el nombre de El Puente del Arzobispo.



Dejando atrás las construcciones de El Puente del Arzobispo -algunas de cuyas fachadas y monumentos lucen decorados por la cerámica típica de la localidad, rica en verdes y ocres, a diferencia de los amarillos y azules de la cerámica de su vecina Talavera de la Reina- cruzamos el Tajo por el imponente puente. Si el tráfico lo permite, es recomendable hacerlo muy despacio para contemplar el cauce del río que es la columna vertebral de la Península Ibérica y mirar el horizonte que se extiende sin fin hacia tierras extremeñas y andaluzas. Nada más terminar de cruzar el puente, estaremos en la vecina provincia de Cáceres, concretamente en el término municipal de Villar del Pedroso, aunque todavía bastante alejados del núcleo urbano del mismo nombre, pues nuestro destino queda más cerca, a escasos 300 metros de la margen izquierda del Tajo.





La nave de elaboración y crianza de Bodegas Torrealbilla es visible y fácilmente localizable, incluso desde el mismo puente es posible divisar parte del joven viñedo de Tempranillo que rodea a la bodega. A decir verdad, Bodegas Torrealbilla es el resultado de la obstinación y la determinación de Javier Sánchez, empresario sin vínculo alguno con el mundo del vino. Un hombre hecho a sí mismo, artesano del metal en Madrid de lunes a viernes, acompañado por su familia más cercana, cada fin de semana se transforma en bodeguero. Aunque nunca llegan a olvidarse del todo, atrás quedaron los esfuerzos de levantar la bodega de la nada, porque nadie dijo que fuera fácil hacer realidad un sueño. La labor técnica corre por cuenta de Paula Trigueros, ingeniero agrónomo y máster en enología, de manera que puede decirse que ella es la mano que sujeta el pincel con el que se dibujan los vinos de Torrealbilla.






Las instalaciones de Bodegas Torrealbilla son acogedoras a la par que funcionales. Se trata de una bodega para elaborar vino más que para enseñar a las visitas. No obstante, la tienda-recepción resulta agradable de recorrer, bien iluminada y de distribución racional. Da acceso por uno de sus laterales a la sala de catas -espaciosa, acristalada y con vistas al viñedo- sin duda sorprendente por sus dimensiones. La gran sala de elaboración está diseñada para albergar muchos más depósitos de acero de los actuales. Las vinificaciones se realizan en depósitos de acero inoxidable con control de temperatura y se dispone de una capacidad máxima de producción de 45000 botellas anuales. La sala subterránea de crianza con temperatura constante, alberga 40 barricas de roble francés y el diseño de sus paredes forradas de piedra compactada y sujeta por redes metálicas, permite un ambiente tranquilo, sin ecos ni vibraciones, perfecto para la correcta evolución de los vinos.


En cuanto al viñedo, cabe recordar que se trata de un proyecto nuevo, podría decirse que todavía en vías de desarrollo. La viña de Tempranillo que rodea las instalaciones de la bodega dará probablemente este año su primera cosecha, papel que hasta el momento han desempeñado con éxito las 8 hectáreas de viñedo en la falda de la Sierra de Altamira que la bodega gestiona desde sus inicios, una viña mestiza de Tempranillo, Syrah y Cabernet Sauvignon. Hasta el momento no se dispone de viñedo de variedades blancas, así que en lugar de adquirir uva a otros viticultores locales, la bodega ha optado por un original sistema consistente en la adquisición de mosto refrigerado preparado para su vinificación, mayoritariamente Airén -variedad blanca manchega por méritos propios- pero también Gewürztraminer y Eva -uva autóctona extremeña- con las que se elaboran los vinos blancos de Torrealbilla. Por último, también se adquiere Pedro Ximénez, creemos que probablemente de Montilla-Moriles, vino sobre el que se cimenta la elaboración del excelente vermut La Torralvilla, con una receta tan secreta como exitosa.


Detallaremos a continuación nuestras notas y opiniones de todos los vinos que tuvimos la oportunidad de catar durante nuestra visita a Bodegas Torrealbilla. 



VERMUT LA TORRALVILLA
Caoba profundo con ribete ocre. Canela en rama, clavo de olor, nuez moscada, cáscara de naranja, zumo de lima, chocolate, café en grano y miel de palma. Un festival en nariz. Denso, meloso y cremoso, indudable identidad  Pedro Ximénez. Ataque dulce, ágil paso por boca con esa acidez cítrica y un final eterno apoyado en un  moderado amargor. Para degustar más como un Montilla-Moriles que como un vermut, sin hielo ni aderezos, pero para gustos los colores. Sin duda uno de los mejores vermuts que hemos catado. Y además en botella de litro y con una relación calidad-precio inigualable. Excelente.



EL GATO DE MARIETA
Eva, Gewürztraminer y Macabeo (80-10-10). Peculiar nombre para un vino, inspirado en un dibujo realizado en su infancia por la hija del propietario de la bodega. Amarillo pajizo muy claro. Poco exuberante en nariz. Fresco, ácido y menos dulce de lo esperado. Ligero, corto, poco voluminoso en boca. Un vino apto para todos los públicos-tal vez la etiqueta tenga su influjo, después de todo- ideal para acompañar bien frio durante las charlas en las tórridas tardes de verano.




INICIO BLANCO 2020
100% Airén. Amarillo pálido. Frutas de pepita, manzana reineta y pera sanjuanera, cítricos y algún aroma tropical. Anisados e hinojo. Sorprendente recuerdo a frambuesas a copa parada. Generosa acidez. Fresco, ligero y perfumado. Postgusto medio. No hemos catado muchos, pero este monovarietal de la uva blanca manchega por excelencia nos ha parecido más que correcto. Todo un descubrimiento.


INICIO BLANCO COUPAGE
Airén, Macabeo y Moscatel. Amarillo dorado, bastante evolucionado. Presencia de ciertos sedimentos que no benefician en nada a su evaluación. Manzanas asadas, dulce de membrillo, ceras, miel y naranja escarchada. Algo agotado, aunque conserva una acidez correcta. Licoroso a pesar de su escaso contenido alcohólico. Tiene un perfil oxidativo que lo hace divertido de catar, a pesar de tratarse de un vino retirado desde el punto de vista comercial. Curioso.


VIÑA ALTAMIRA 2019
Tempranillo, Syrah, Cabernet Sauvignon (60-20-20). Elaborado con uvas procedentes de varios viñedos situados en la falda de la Sierra de Altamira con una superficie total de 8 hectáreas. 6 meses de crianza en barricas de roble francés. Rojo picota de capa alta con ribete granate. Lágrima abundante, densa y pigmentada. Fruta roja y negra muy maduras. Caramelo, regaliz y pastillas juanolas. Alcohol presente. Ligeramente sobremadurado. Poderoso y opulento en boca. Tacto granular y levemente terroso, recuerda a algunos vinos con crianza en barro, aunque no es el caso. Postgusto medio plus. Perfecto para acompañar embutidos, quesos y carne a la brasa.


INICIO QUERCUS CRIANZA 2019
Tempranillo y Syrah (90-10). Las uvas proceden de las mismas viñas que en el caso del vino anterior, a la espera de que las 9 hectáreas de viñedo que rodean a la bodega se pongan en producción, posiblemente en la próxima vendimia. Crianza mínima de 9 meses en barrica de roble  francés y americano. Rojo picota de capa alta con ribete granate. Lágrima abundante, densa y pigmentada. Esmalte de uñas, fruta negra muy madura, casi en compota. Recuerdos tostados y especiados. Algo cálido en boca, aunque con taninos más domados. Final medio-largo. Elegante, intenso y sabroso.


La inminente puesta en producción del viñedo de Tempranillo en espaldera que rodea las instalaciones con total seguridad va a suponer un salto cualitativo en sus vinos, particularmente en sus tintos jóvenes, sobre todo si se tiene en cuenta la rapidez con que se va a iniciar la vinificación de esas uvas. También la futura optimización del actual laboratorio permitirá anticipar decisiones técnicas con mayor rapidez. El tiempo y el mercado dirán si es necesario adquirir o plantar nuevas viñas, tal vez de alguna variedad blanca, quién sabe...

Una bodega que apenas acaba de iniciar su andadura, con una dirección apasionada y con un equipo técnico joven deseoso de seguir haciendo las cosas bien. Un proyecto francamente interesante al que desde luego no le perderemos la pista, porque anticipa grandes satisfacciones.



domingo, 24 de mayo de 2020

> Notas de cata: Luis Oliván Clarete 2019




Toda la vida de Luis Oliván ha girado en torno al vino y tras mucho tiempo dedicado en exclusiva a la vertiente comercial, decidió hace unos años empezar a cumplir su sueño de elaborar sus propios vinos. Orgulloso de su pasado e ilusionado con su futuro, vive su exigente día a día pendiente de sus vinos. Desde el viñedo hasta la mesa del restaurante, todo ese largo camino es supervisado por Luis. Su completa web proporciona toda la información necesaria y un paseo minucioso por ella permite al consumidor comprender fácilmente que cada botella contiene una pizca de sus ilusiones.

Recién llegado a la elaboración -aunque buen conocedor del proceso por el que transita cada botella de vino- no cuenta con viñedos ni bodega en propiedad. Sin embargo, su talante negociador y sus contactos madurados a lo largo de tantos años le han permitido tener acceso a ambas cosas, y lo que es más complicado, en tres zonas geográficas bien alejadas -Somontano, Campo de Borja y Sierra de Madrid- con la firme convicción de elaborar vinos de parcela basándose en una viticultura mínimamente intervencionista. 



Convencido defensor de las castas autóctonas, Luis ha decidido elaborar un "clarete de los de antes", vinificando conjuntamente uvas blancas y tintas procedentes de un mismo viñedo mestizo de Alcañón -blanca- y Moristel -tinta- dos cepajes casi extinguidos de Huesca en vías de recuperación, de nuevo en una apuesta decidida por la tradición y las costumbres más arraigadas a las tierras que de niño le tocó picar en más de una ocasión. Hemos tenido que esperar unos meses desde la presentación pública del resto de sus vinos que recogimos en un artículo anterior, de manera que detallaremos a continuación nuestras notas de cata y opiniones sobre este vino tan peculiar por su elaboración.


De un precioso color rojo frambuesa de capa media, entrega en nariz aromas de frutillos rojos, yogur de fresa, regaliz rojo y unas tímidas chucherías, incluso asoma un albaricoque maduro al ganar temperatura. En boca resulta ligero, alegre y divertido. Muy fresco debido a su acidez, obtenida adelantando ligeramente la vendimia para evitar sobremaduraciones. Poco voluminoso en su paso de boca, nos hubiera gustado un poco más de longitud y persistencia en el postgusto. Un vino ideal para disfrutar durante los meses de calor, armonizado con comidas ligeras o directamente a modo de refresco en cubitera y con la mejor compañía mientras se contempla una puesta de sol.

El verano ya está aquí... 


miércoles, 2 de octubre de 2019

> Jules Wine, detective privado




La visita sin cita previa no cogió por sorpresa a Jules, apenas nada le podía sorprender después de tantos años trabajando como investigador privado.

Por su despacho habían pasado clientes de todo tipo, desde esposas que sospechaban de la infidelidad de su marido hasta empresarios que no terminaban de creerse las bajas médicas de algún empleado. De manera que cuando aquel elegante desconocido de ojos azules y pelo blanco tomó asiento frente a su mesa, Jules se acomodó en su silla y se preparó para escucharle. El desconocido comenzó pidiéndole mantener en secreto su identidad y continuó explicando que era un coleccionista de vinos, pero no de vinos comerciales, sino de vinos raros, de esos que sólo se encuentran en bodegas antiguas y que nunca salieron a la venta. En realidad no podía decirse que fuera un especulador porque los vinos de su colección nunca salían de su casa, se cataban y disfrutaban en la intimidad, sin ostentación alguna, casi de un modo pecaminoso y egoísta.

- Soy un adorador de vinos y tengo un trabajo para usted, señor Wine -le dijo el desconocido mientras se cruzaba de piernas. Jules entornó los ojos intentando evaluar al extraño personaje a la vez que calculaba cuánto tiempo le iba a robar semejante encargo. Necesito que consiga un vino para mi colección y tenga la seguridad de que sabré recompensarle -añadió el desconocido con cierto engreimiento a la vez que retiraba una invisible mota de polvo de la solapa de su traje. La mandíbula de Jules se relajó imperceptiblemente, al parecer el trabajo iba a ser pan comido. Un par de llamadas, dos o tres páginas web especializadas en vinos, en unos días la botella entregada y la minuta abonada. Coser y cantar, vamos...

- No hay problema. ¿De qué vino se trata? -preguntó Jules, seguro de sí mismo como pocas veces.  
- Ahí radica la dificultad de su trabajo y por eso seré inmensamente generoso. El vino que deseo que consiga, probablemente no existe -respondió con sarcasmo el misterioso visitante. 



El nítido recuerdo de la conversación con aquel extraño daba vueltas por la mente de Jules mientras caminaba resoplando por las estrechas calles del centro de Sanlúcar de Barrameda bajo un sol abrasador. Llevaba días recorriendo tierras gaditanas, visitando las principales bodegas elaboradoras del Marco de Jerez, catando vinos deliciosos, pero ninguno terminaba de ajustarse a las características de lo buscado por su cliente. Las exigencias impuestas por el adorador de vinos habían quedado muy claras y Jules no podía dejar de pensar en la mirada seria, casi dictatorial, de aquellos ojos azules. Debía ser un vino único, nunca comercializado, probablemente todavía en el interior de una bota olvidada en un rincón de una bodega pequeña, desconocida y familiar. Tenía que ser una rareza, una joya al alcance de nadie, fruto de un trabajo impecable y capaz de resistir el paso del tiempo. Naturalmente que las bodegas de renombre lanzaban al mercado cada año ediciones limitadas y exclusivas, pero aquel hombre tan inquietante no iba a conformarse con algo que se podía adquirir fácilmente y lo había dejado bien claro.

- No intente engañarme -había advertido días antes el desconocido desde la puerta del despacho de Jules con un dedo acusador apuntando al cielo. Si mi deseo fuera conseguir un vino caro, lo pagaría gustoso y no estaría aquí perdiendo el tiempo hablando con usted -añadió con soberbia. Soy un enfermo, tengo una adicción sin cura ni tratamiento y no estoy dispuesto a conformarme con cualquier cosa -zanjó el desconocido y abandonó la sala sin darle tiempo al detective para poder replicarle.



De manera que allí estaba un desesperado Jules, buscando el fresco interior de las tabernas que rodean el Castillo de Santiago un sofocante mediodía de principios del mes de Septiembre, ansioso por conseguir algún avance mientras deglutía manzanilla, raciones de mojama y alguna "papa aliñá". En realidad estaba a punto de arrojar la toalla, efectuar una simple llamada de teléfono a su cliente y olvidar el asunto. Dejaría de ganar algún dinero, pero tampoco lo necesitaba. Lo verdaderamente doloroso era asumir el fracaso, porque lo malo de perder es la cara que se le queda a uno. Ya le parecía estar escuchando las carcajadas de su cliente al confesarle que no había sido capaz de hacer el trabajo y esa estocada traicionera en el orgullo herido le hizo daño de verdad. 



Llamó al camarero para ordenar una última copa de manzanilla -porque pedir otra bebida en Sanlúcar es poco menos que un insulto- pero en esa fase autodestructiva por la que todos hemos pasado alguna vez en momentos de zozobra, Jules cambió en el último instante de decisión y le dijo al camarero que le sirviera un amontillado. Sorprendido el muchacho por una petición tan inusual, le hizo un gesto con la cabeza a la vez que se llevaba el índice a los labios en un claro signo de discreción.

- El señor sabe de sobra lo que es bueno -dijo el camarero en un susurro y le sirvió una copa de una botella sin etiqueta que sacó del último rincón de la cámara frigorífica. Jules observó aquel vino color oro viejo con tonos caoba y lo acercó a su nariz. De inmediato le envolvieron los aromas a nueces y orejones, los recuerdos a mueble antiguo y a cáscara de naranja escarchada. Tomó un pequeño sorbo y lo mantuvo unos segundos antes de tragarlo para descubrir un equilibrio perfecto entre el velo de flor y la bota de roble. Poesía hecha vino tras décadas de crianza oxidativa en alguna oscura bodega. 

- ¿Dónde puedo conseguir esta maravilla? -preguntó Jules titubeante al camarero, apenas con un hilo de voz, consciente de haber encontrado el Grial que perseguía.
- Nos lo regala un señor mayor con el que mi jefe tiene amistad. Su local está aquí a la vuelta de la esquina, pero no suele venderlo a nadie -afirmó el camarero mientras se alejaba para atender a otro parroquiano.



Un ligero mareo asaltó a Jules al levantarse de la mesa, en parte por las generosas dosis de manzanilla previamente ingeridas, pero sin duda agudizado por la posibilidad real y palpable de llevar a buen puerto el encargo recibido. No tardó en encontrar el despacho de vinos Las Palomas en la cercana Plaza de Abastos. Bastante más le costó convencer al propietario para que le vendiera un par de botellas de aquel elixir. El aspecto agotado y jadeante de Jules al traspasar el umbral ayudó un poco a ablandar al propietario.

- Mire usted, amable señor -comenzó el detective tragando a duras penas saliva. Mi prestigio y profesionalidad dependen de su vino y de su buena voluntad. No me haga preguntas pero... ¡necesito que me venda al menos una botella de su amontillado!

Sin darse cuenta Jules había levantado innecesariamente la voz y apoyado con ambas manos en el mostrador, hablaba casi con violencia escupiendo las palabras. Tras unos segundos de silencio, en los que sólo se escuchaba la voz rasgada de Camarón proveniente de un viejo transistor a pilas, el asustado encargado del despacho de vinos giró sobre sus talones, cogió una botella vacía de un estante y se dirigió a la trastienda. Un emocionado Jules le siguió hasta la penumbra y observó extasiado la nube de polvo que se levantó al retirar un saco de arpillera que ocultaba una bota oscura como la noche, medio escondida en un rincón entre trastos y mangueras. El hombre abrió el grifo y de nuevo Jules percibió esos aromas de ensueño mientras se llenaba la botella. Sin mediar palabra aquel hombre tapó la botella, se la entregó al detective y extendió la mano para recibir su dinero.




La sonrisa de Jules no se borraba de su cara durante el viaje de regreso. En el interior de su maleta, convenientemente envuelta y protegida por varias prendas de ropa, llevaba la garantía del éxito cosechado. Contaba las horas que faltaban para su cita con el adorador de vinos, aquel tipo estirado que se había atrevido a poner en duda el buen hacer de un bregado investigador privado como Jules. Al día siguiente, se encontraron ambos de nuevo cara a cara en el despacho del detective. Entre los dos, sobre la mesa, esperaban la ansiada botella de vino y dos copas vacías. El extraño personaje del pelo blanco se sirvió una copa y dejó de nuevo la botella sobre la mesa, ignorando deliberadamente la copa de Jules, en un claro gesto de desprecio. Envalentonado por su éxito, el detective se sirvió una generosa cantidad de vino en su copa, la acercó a su nariz y cerró los ojos. Tras varios minutos de silencio, el adorador de vinos se levantó de su silla, se ajustó el nudo de la corbata, cogió la botella y dio dos pasos hacia la puerta. Como la vez anterior, repitió el gesto teatral de girarse hacia Jules antes de marcharse y desde la distancia habló con su elegante voz.

- Enhorabuena por su trabajo, señor Wine -murmuró a duras penas. Como le dije, sabré recompensarle. Soy un escritor de prestigio y le garantizo que usted será el protagonista de mi próxima novela. Espero que con ello quede sellada definitivamente nuestra relación profesional.
- No esperaba menos de alguien como usted. Ambos somos unos caballeros -zanjó Jules incorporándose de su asiento mientras apuraba la copa de vino.
- Un pacto entre caballeros, me recuerda a una canción -meditó el misterioso visitante.
- Yo he cumplido mi parte, ahora le toca a usted corresponder -dijo el detective, acercándose a su cliente.
- No lo dude, señor Wine. Quedará plenamente satisfecho -respondió el extraño adorador de vinos despidiéndose de Jules con un  firme apretón de manos.



Varios meses más tarde, Jules se encontraba de nuevo en su despacho, rodeado por el habitual desorden de papeles sobre su mesa cuando sonó el estridente timbre de la puerta y el sobresalto le hizo derramar la copa de vino que tenía a su lado sobre unos informes. Se levantó mascullando improperios, abrió la puerta con desagrado y se encontró con la cara aburrida de un mensajero.

- ¿Es usted el señor Jules Wine? -preguntó el mensajero con hastío.
- Depende de para qué -fue la agria contestación del detective.
- Traigo un paquete para usted. Firme abajo y es suyo -y se marchó a toda velocidad sin dar tiempo a que Jules le respondiera.

El envoltorio del paquete no proporcionaba información alguna. Un papel recio envolvía un objeto rectangular, sin remitente ni nada por el estilo. Jules sacó un cortaplumas del primer cajón de su mesa y con cautela, por si detrás del envío se hallaba un marido despechado deseoso de jugarle una mala pasada, rasgó delicadamente uno tras otro los laterales del paquete. Extrajo suavemente el objeto y de inmediato supo que aquel elegante extraño adorador de vinos había cumplido su palabra. No pudo reprimir una sonrisa al comenzar a leer el primer capítulo:

"La visita sin cita previa no cogió por sorpresa a Jules, apenas nada le podía sorprender después de tantos años trabajando como investigador privado..."




viernes, 6 de septiembre de 2019

> De vinos -y algo más- por Granada



Desde el punto de vista turístico, visitar Granada siempre resulta excitante. Su poderoso pasado histórico y cultural -representado por el majestuoso conjunto monumental de la Alhambra y el Generalife, sin olvidar la imponente Catedral de la Encarnación y la Capilla Real de los Reyes Católicos- justifica plenamente una escapada a la capital granadina.


Exterior de la Capilla Real de los Reyes Católicos

Vista del Albaicín desde la Alhambra

Restaurante-cueva en el Sacromonte

El peculiar urbanismo de ciertos barrios también tiene su atractivo. Es el caso del Albaicín, erigido siguiendo el trazado de un antiguo asentamiento musulmán sobre la colina que domina la margen derecha del río Darro, con esas cuestas empedradas, laberínticas e imposibles de memorizar para ningún turista. Lo mismo puede decirse del barrio del Sacromonte, cuna del pueblo gitano de Granada, donde las casas son mitad construcción y mitad cueva excavada directamente en la montaña y en el interior de las cuales se puede asistir a espectáculos de flamenco bajo los mismos techos de piedra que vieron nacer este arte folclórico tan apreciado dentro y fuera de nuestras fronteras.


Patio de la acequia en el Generalife

Flores en los jardines de la Alhambra

Granada indudablemente tiene un magnetismo único, fruto de esa mezcolanza de culturas y religiones que un siglo tras otro han ido dejando su huella en las costumbres y en la gastronomía. Pasear por la ciudad es un constante estímulo visual pero también olfativo. En los jardines de la Alhambra y del Generalife cada rincón desprende el aroma de una flor distinta, en especial a primera hora de la mañana, con la tierra todavía húmeda, cuando los primeros rayos de sol inciden sobre las plantas aún frescas por el rocío de la noche. 

Interior de una tienda en la Alcaicería
Especias

Al mediodía los aromas más interesantes se pueden percibir en la Alcaicería, antiguo mercado de estrechas callejuelas al lado de la Catedral y del Palacio de la Madraza, donde las tiendas dedicadas al repujado de la piel y a la antigua artesanía de taracea se intercalan con los comercios de venta de especias. Estos últimos no son los más numerosos, pero su presencia aromática es notoria en cada callejón y traslada olfativamente al visitante a tierras exóticas y lejanas. 


Hammam antiguo de la Alhambra

Imágenes aromáticas en El Patio de los Perfumes

La tarde es el momento idóneo para el acicalado y el cuidado corporal, así que puede ser una buena opción dirigirse a alguno de los baños árabes que ofrece la ciudad para recrear el antiguo rito del hammam, donde las sensaciones olfativas van de la mano de las tactiles e incluso de las auditivas. Otra alternativa, más seca y menos costosa, es dar un paseo por la orilla del río Darro y disfrutar de algunos comercios dedicados a la elaboración de perfumes. Alguno incluso ofrece la posibilidad de acceder a los patios interiores, al taller del perfumista y a un museo del perfume.



Una noche en el Albaicín: té, dulces y narguile

Siempre nos ha llamado la atención el modo en que cambian las calles durante la noche, pero esta circunstancia nos ha parecido todavía más acusada en Granada. Hay comercios cerrados durante el día, ocultos por una persiana o unas tablas de madera, que cuando se pone el sol vuelven a la vida. Es el caso de las teterías de las calles bajas del Albaicín, pequeños locales decorados con sumo gusto donde es posible disfrutar de un té y unos dulces árabes mientras se comparte una pipa de agua, también denominada narguile, shisha o cachimba. Son lugares donde el visitante debe acostumbrarse a detener el tiempo, a hablar en voz baja y deleitarse con sabores, aromas y evocaciones que recuerdan a tiempos pasados, a países lejanos, y que sin embargo es posible disfrutarlos a día de hoy en el centro de Granada.


Patio de los Leones, imagen icónica de La Alhambra
Patio de los Arrayanes

Sin embargo, la ciudad de la Alhambra no es un destino precisamente habitual para los que buscamos -como es nuestro caso, casi de manera obsesiva y enfermiza- atractivos relacionados con el vino. Y no es la climatología la responsable de este palpable abandono del consumo de vino de calidad en beneficio de la cerveza -por cierto, magníficamente tirada incluso en la tasca más pequeña- pues siguiendo ese razonamiento, en la vecina y aún más calurosa Córdoba no deberían reinar como lo hacen los vinos de Montilla-Moriles. Es más bien una influencia cultural, en parte consecuencia de los miles de visitantes que la ciudad de Granada recibe cada año -muchos de ellos jóvenes universitarios- lo cual unido a la mínima presencia de vinos autóctonos en la oferta hostelera, decanta claramente la balanza hacia el lado de la cebada fermentada y los refrescos. 


Platos típicos de la cocina granadina y copa de sangría

Como en cualquier otro lugar turístico de la geografía española, es imposible no encontrar tarde o temprano una pizarra con letras de colores donde se anuncien cócteles que tienen al vino como protagonista en su elaboración. La sangría y el tinto de verano son los más populares y sorprende que después de tanto tiempo sigan siendo los preferidos por el visitante extranjero. Si el fin justifica los medios, resulta indudable que esos brebajes sirven para animar al consumo de vino, otro asunto bien distinto es la calidad del vino empleado. Es cierto que después de una calurosa jornada, el cuerpo pide un trago refrescante y los combinados en cuestión satisfacen a todo el mundo, así que no nos reprimimos y decidimos disfrutar de una sangría que prácticamente era una macedonia con vino y hielo.


En cuanto a la procedencia de los vinos presentes en las barras de los bares y tabernas, se impone la dictadura de las tres erres -Rioja, Ribera y Rueda- con alguna honrosa presencia de vinos propios de la zona, escasamente ofrecidos por los camareros. Con cierto interés y perseverancia por parte del comensal, es posible encontrar algún vino autóctono, aunque no abundan. Granada cuenta con más de 5000 hectáreas de viñedo y las 60 bodegas que hay en la actualidad elaboran sus vinos con el sello de la DOp. Granada o con la garantía de alguna de las tres IGPs de la provincia -Altiplano de Sierra Nevada, Cumbres del Guadalfeo y Laderas del Genil. Se elaboran vinos tranquilos con y sin crianza, espumosos y vinos de vendimia tardía, como ese blanco semidulce que ilustra la imagen de más arriba. En relación a los precios, no se puede decir que sean comedidos, algo tal vez motivado por la tradición de acompañar cada bebida con una tapa sin cargo adicional, costumbre que no deja de ser un arma de doble filo. No suele existir una carta de tapas, siendo la cantidad y la calidad de las mismas muy variable. Algunos establecimientos son más generosos que otros, pero esa información no suele estar al alcance del turista. 


Vermut en Bodegas Castañeda

Tras varios e infructuosos intentos, por fin tuvimos la oportunidad de encontrar un rincón con la suficiente habitabilidad como para poder tomar algo -por supuesto de pie, porque conseguir una mesa es imposible- en Bodegas Castañeda, el templo más genuino del taperío granadino. Guirnaldas, farolillos, azulejos y cabezas de toro orlan sus paredes. Varias barricas tras la barra han visto pasar mil veces a una legión de camareros con sus camisas blancas. Dada la hora y absolutamente abducidos por la atmósfera taurina, nos entregamos al gozo y disfrute de un vermut casero de esos que recuperan a cualquier enfermo, preparado en décimas de segundo y servido como acompañamiento a una tapa de arroz con carne. Somos conscientes de que el vermut es en realidad el lado oscuro del vino, su vertiente más aliñada y la que permite menos interpretación en su cata, pero en aquel momento, sumergidos en ese ambiente bullicioso, nos pareció la mejor de las elecciones.



Curiosa colección de botellas antiguas

Jamón ibérico y palo cortado. ¡Olé!

Justo en la calle paralela, hay otro establecimiento que a pesar de su nombre no debe confundirse con el anterior. Antigua Bodega Castañeda es más restaurante que taberna, dispone también de más espacio y de terraza exterior, aunque ya no tiene esa autenticidad cañí. Lo propio es pedir unas raciones y tomarlas con calma, nada que ver con el frenesí y el ajetreo del otro local. En la cristalera exterior llama la atención una interesante colección de botellas antiguas, recuerdos del pasado tabernario y vinatero de varias generaciones de granadinos. A la hora de pedir apostamos por un caballo siempre ganador: ración de jamón ibérico y palo cortado de Montilla-Moriles, una combinación insuperable. 





Un breve desplazamiento de escasos cincuenta metros nos llevó hasta Taberna Salinas, un establecimiento con menos solera pero con una amplia carta de raciones, muy buen servicio y precios más ajustados. Allí por fin, después de calmar la sed con un par de cervezas, pudimos catar con tiempo un vino tinto de la zona que nos recomendaron: Muñana Rojo.  Ubicadas en la Finca Peñas Prietas en la localidad de Graena, Bodegas Muñana son propiedad desde Octubre de 2017 del empresario suizo Urs Hess. Sus 180 hectáreas de viñedo, junto con las 40 hectáreas de olivar, la convierten en la bodega más grande de la provincia de Granada con viñedo en propiedad. Situadas a 1200 metros de altitud sobre suelos arcillosos, gozan de abundantes horas de sol, gran amplitud térmica y proximidad al mar Mediterráneo, condiciones que permiten conseguir procesos de maduración lentos y graduales. La vendimia es manual en cajas, con una productividad máxima de 2 kilogramos de uva por cepa. La crianza en barricas de roble francés y americano se realiza en la oscuridad de cuevas subterráneas con temperatura y humedad constantes durante todo el año. Cultivan variedades blancas -Sauvignon Blanc, Chardonnay, Moscatel- y tintas -Cabernet Sauvignon, Monastrell, Merlot, Tempranillo, Syrah, y Petit Verdot.


      

El Muñana Rojo 2015 se mostró en la copa de un intenso color rojo picota de capa media-alta con ribete granate. Frutas rojas y negras en nariz, con acompañamiento de tostados, notas balsámicas y chocolate. Sabroso y opulento en boca, bastante redondo aunque algo cálido, con el indudable carácter de los tintos del sur. Inconfundible la presencia vegetal de la Cabernet Sauvignon y la potencia de la Monastrell, algo menos reconocible y evidente la Tempranillo. Excelente trabajo de crianza en roble, con taninos muy domados sin perder un ápice de estructura. Así como los tintos cordobeses nos recordaron en parte a los de Extremadura,  tal y como detallamos en una entrada anterior, este tinto del Altiplano de Sierra Nevada nos trasladó un poco más hacia el este, concretamente a esas tierras del interior murciano de las denominaciones de Bullas y Jumilla.

Concluimos aquí la crónica de nuestro breve paso por Granada, dejando en el tintero unas cuantas cosas interesantes que quizás en el futuro se materialicen en un nuevo artículo. Pero esa es otra historia -como escribía Michael Ende al final de cada capítulo de su libro La Historia Interminable- y debe ser contada en otra ocasión...

La Alhambra desde el Mirador de San Nicolás