jueves, 14 de octubre de 2021

Visita a Bodegas Torrealbilla



La ruta natural para viajar hasta el Real Monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe en Cáceres desde el centro de la península obliga a cruzar en algún momento el cauce del rio Tajo. En la actualidad, con las modernas infraestructuras, tal impedimento no supone ninguna dificultad, pero al principio del siglo XIV el asunto era diferente. En aquel tiempo don Pedro Tenorio, Arzobispo de Toledo, tenía propiedades en la localidad toledana de Alcolea de Tajo y decidió que la construcción del puente para cruzar el rio se realizara -casualmente- cerca de sus tierras. En el año 1380 se iniciaron las obras de un puente fortificado con dos torres de sillería de granito sobre el río Tajo, límite natural entre las provincias de Toledo y Cáceres. Como era de esperar, en torno a ese lugar comenzó a crecer una aldea de trabajadores, artesanos y canteros, todos ellos vinculados a la construcción del puente. Tras éstos llegaron los comercios, las cantinas y demás negocios, surgiendo de manera espontánea y natural una nueva localidad a la que con el  paso del tiempo se le dio -como es lógico- el nombre de El Puente del Arzobispo.



Dejando atrás las construcciones de El Puente del Arzobispo -algunas de cuyas fachadas y monumentos lucen decorados por la cerámica típica de la localidad, rica en verdes y ocres, a diferencia de los amarillos y azules de la cerámica de su vecina Talavera de la Reina- cruzamos el Tajo por el imponente puente. Si el tráfico lo permite, es recomendable hacerlo muy despacio para contemplar el cauce del río que es la columna vertebral de la Península Ibérica y mirar el horizonte que se extiende sin fin hacia tierras extremeñas y andaluzas. Nada más terminar de cruzar el puente, estaremos en la vecina provincia de Cáceres, concretamente en el término municipal de Villar del Pedroso, aunque todavía bastante alejados del núcleo urbano del mismo nombre, pues nuestro destino queda más cerca, a escasos 300 metros de la margen izquierda del Tajo.





La nave de elaboración y crianza de Bodegas Torrealbilla es visible y fácilmente localizable, incluso desde el mismo puente es posible divisar parte del joven viñedo de Tempranillo que rodea a la bodega. A decir verdad, Bodegas Torrealbilla es el resultado de la obstinación y la determinación de Javier Sánchez, empresario sin vínculo alguno con el mundo del vino. Un hombre hecho a sí mismo, artesano del metal en Madrid de lunes a viernes, acompañado por su familia más cercana, cada fin de semana se transforma en bodeguero. Aunque nunca llegan a olvidarse del todo, atrás quedaron los esfuerzos de levantar la bodega de la nada, porque nadie dijo que fuera fácil hacer realidad un sueño. La labor técnica corre por cuenta de Paula Trigueros, ingeniero agrónomo y máster en enología, de manera que puede decirse que ella es la mano que sujeta el pincel con el que se dibujan los vinos de Torrealbilla.






Las instalaciones de Bodegas Torrealbilla son acogedoras a la par que funcionales. Se trata de una bodega para elaborar vino más que para enseñar a las visitas. No obstante, la tienda-recepción resulta agradable de recorrer, bien iluminada y de distribución racional. Da acceso por uno de sus laterales a la sala de catas -espaciosa, acristalada y con vistas al viñedo- sin duda sorprendente por sus dimensiones. La gran sala de elaboración está diseñada para albergar muchos más depósitos de acero de los actuales. Las vinificaciones se realizan en depósitos de acero inoxidable con control de temperatura y se dispone de una capacidad máxima de producción de 45000 botellas anuales. La sala subterránea de crianza con temperatura constante, alberga 40 barricas de roble francés y el diseño de sus paredes forradas de piedra compactada y sujeta por redes metálicas, permite un ambiente tranquilo, sin ecos ni vibraciones, perfecto para la correcta evolución de los vinos.


En cuanto al viñedo, cabe recordar que se trata de un proyecto nuevo, podría decirse que todavía en vías de desarrollo. La viña de Tempranillo que rodea las instalaciones de la bodega dará probablemente este año su primera cosecha, papel que hasta el momento han desempeñado con éxito las 8 hectáreas de viñedo en la falda de la Sierra de Altamira que la bodega gestiona desde sus inicios, una viña mestiza de Tempranillo, Syrah y Cabernet Sauvignon. Hasta el momento no se dispone de viñedo de variedades blancas, así que en lugar de adquirir uva a otros viticultores locales, la bodega ha optado por un original sistema consistente en la adquisición de mosto refrigerado preparado para su vinificación, mayoritariamente Airén -variedad blanca manchega por méritos propios- pero también Gewürztraminer y Eva -uva autóctona extremeña- con las que se elaboran los vinos blancos de Torrealbilla. Por último, también se adquiere Pedro Ximénez, creemos que probablemente de Montilla-Moriles, vino sobre el que se cimenta la elaboración del excelente vermut La Torralvilla, con una receta tan secreta como exitosa.


Detallaremos a continuación nuestras notas y opiniones de todos los vinos que tuvimos la oportunidad de catar durante nuestra visita a Bodegas Torrealbilla. 



VERMUT LA TORRALVILLA
Caoba profundo con ribete ocre. Canela en rama, clavo de olor, nuez moscada, cáscara de naranja, zumo de lima, chocolate, café en grano y miel de palma. Un festival en nariz. Denso, meloso y cremoso, indudable identidad  Pedro Ximénez. Ataque dulce, ágil paso por boca con esa acidez cítrica y un final eterno apoyado en un  moderado amargor. Para degustar más como un Montilla-Moriles que como un vermut, sin hielo ni aderezos, pero para gustos los colores. Sin duda uno de los mejores vermuts que hemos catado. Y además en botella de litro y con una relación calidad-precio inigualable. Excelente.



EL GATO DE MARIETA
Eva, Gewürztraminer y Macabeo (80-10-10). Peculiar nombre para un vino, inspirado en un dibujo realizado en su infancia por la hija del propietario de la bodega. Amarillo pajizo muy claro. Poco exuberante en nariz. Fresco, ácido y menos dulce de lo esperado. Ligero, corto, poco voluminoso en boca. Un vino apto para todos los públicos-tal vez la etiqueta tenga su influjo, después de todo- ideal para acompañar bien frio durante las charlas en las tórridas tardes de verano.




INICIO BLANCO 2020
100% Airén. Amarillo pálido. Frutas de pepita, manzana reineta y pera sanjuanera, cítricos y algún aroma tropical. Anisados e hinojo. Sorprendente recuerdo a frambuesas a copa parada. Generosa acidez. Fresco, ligero y perfumado. Postgusto medio. No hemos catado muchos, pero este monovarietal de la uva blanca manchega por excelencia nos ha parecido más que correcto. Todo un descubrimiento.


INICIO BLANCO COUPAGE
Airén, Macabeo y Moscatel. Amarillo dorado, bastante evolucionado. Presencia de ciertos sedimentos que no benefician en nada a su evaluación. Manzanas asadas, dulce de membrillo, ceras, miel y naranja escarchada. Algo agotado, aunque conserva una acidez correcta. Licoroso a pesar de su escaso contenido alcohólico. Tiene un perfil oxidativo que lo hace divertido de catar, a pesar de tratarse de un vino retirado desde el punto de vista comercial. Curioso.


VIÑA ALTAMIRA 2019
Tempranillo, Syrah, Cabernet Sauvignon (60-20-20). Elaborado con uvas procedentes de varios viñedos situados en la falda de la Sierra de Altamira con una superficie total de 8 hectáreas. 6 meses de crianza en barricas de roble francés. Rojo picota de capa alta con ribete granate. Lágrima abundante, densa y pigmentada. Fruta roja y negra muy maduras. Caramelo, regaliz y pastillas juanolas. Alcohol presente. Ligeramente sobremadurado. Poderoso y opulento en boca. Tacto granular y levemente terroso, recuerda a algunos vinos con crianza en barro, aunque no es el caso. Postgusto medio plus. Perfecto para acompañar embutidos, quesos y carne a la brasa.


INICIO QUERCUS CRIANZA 2019
Tempranillo y Syrah (90-10). Las uvas proceden de las mismas viñas que en el caso del vino anterior, a la espera de que las 9 hectáreas de viñedo que rodean a la bodega se pongan en producción, posiblemente en la próxima vendimia. Crianza mínima de 9 meses en barrica de roble  francés y americano. Rojo picota de capa alta con ribete granate. Lágrima abundante, densa y pigmentada. Esmalte de uñas, fruta negra muy madura, casi en compota. Recuerdos tostados y especiados. Algo cálido en boca, aunque con taninos más domados. Final medio-largo. Elegante, intenso y sabroso.


La inminente puesta en producción del viñedo de Tempranillo en espaldera que rodea las instalaciones con total seguridad va a suponer un salto cualitativo en sus vinos, particularmente en sus tintos jóvenes, sobre todo si se tiene en cuenta la rapidez con que se va a iniciar la vinificación de esas uvas. También la futura optimización del actual laboratorio permitirá anticipar decisiones técnicas con mayor rapidez. El tiempo y el mercado dirán si es necesario adquirir o plantar nuevas viñas, tal vez de alguna variedad blanca, quién sabe...

Una bodega que apenas acaba de iniciar su andadura, con una dirección apasionada y con un equipo técnico joven deseoso de seguir haciendo las cosas bien. Un proyecto francamente interesante al que desde luego no le perderemos la pista, porque anticipa grandes satisfacciones.



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